Houdini

Dormía cuando un repugnante canto me despertó. – ¡No, no crean que fue una de esas canciones que hablan de narcotraficantes y amores prohibidos! -. Fue el canto insidioso de un Aedes Aegypti al cual tengo aversión desde niño.

No los quiero aburrir con la historia de mi infancia. Solo recordaré unas pequeñas cosas para entrar en contexto. La casa que alquilaban mis padres era de madera y tenía tantas aberturas que no solo las inclemencias del tiempo nos visitaban sino que también un ejército de roedores, cucarachas y otras alimañas que entraban por senderos poco visibles pero al parecer muy bien planificados. Mi madre –como parece genético en las mujeres -, le tenía un terror paralizante a los ratones y un odio escandaloso a arácnidos, ortópteros y lepidópteros, con especial temor tenebroso a las gigantes mariposas negras, pues aseguraba eran portadoras de malos augurios. Mi padre parecía inmune a las visitas de estos pequeños seres y solo lo molestaba la intrusión a la casa de los perros, chanchos o gallinas que mi madre criaba. A mí no me incomodaba esa caterva de invasores, pues desde mi más tierna infancia, mi cerebro se acostumbró a sus avances exploratorios, no logrando conceder la misma benevolencia a ese canto sórdido, penetrante y espanta-sueños de los portadores del Dengue.

Toda mi vida fue una lucha sin tregua contra los zancudos, por eso, en mi adultez, cuando pude construir mi casa, evité la madera y puse mucho esmero en sellar las únicas aberturas por donde podía ser invadida: los intersticios de las puertas y ventanas. Los zancudos se las ingeniaban para entrar. Quizás lo hacían cuando uno de nosotros entraba o salía de la casa. Era inevitable. Pensé muchas veces en esos mecanismos que al abrir la puerta producen un vendaval pero mi capacidad económica solo me permitía imaginarlo. Utilicé todo tipo de trampas que los amigos me proponían llegando a descubrir la falta de eficacia en todas ellas. Así que sin poder remediarlo, yo siempre estaba en guerra contra ellos. Ha sido un combate cruento y sin compasión. Ellos me enviaron alguna vez, si no recuerdo mal, o quizás un par de veces, al hospital, y yo, sin misericordia, envié a todo el que pude atrapar a formar parte del reciclaje atómico universal.

Ya viejo, cuando las circunstancias de la vida me habían ubicado en la tranquilizadora soledad de mi retiro, empecé a rodearme de las inevitables manías de la vejez: tenía mi taza predilecta, mi silla, mi lugar especial, mis cosas en el mismo sitio… Usaba mis calcetines dañados para que los nuevos me duraran más… Bueno, no enumeraré todas esas folias. ¡Son tantas! Sé que todo esto parece una locura, sin embargo, todo eso me permite vivir a gusto conmigo mismo y eso es lo único que me importa. Los escasos amigos, los vecinos o mis pocos parientes cuando me visitan tienen la libertad de pensar lo que se les antoje, pero para mí, la tranquilidad de mis días es lo único valedero en la vida. Es cierto que siempre hay muchas cosas que lo incomodan a uno, pero unas de ellas sobrepasan las expectativas; por ejemplo creo que no hay nada comparable a ese menoscabo del sosiego que causan en ciertas ocasiones los descendientes de los dípteros que alguna vez incomodaron a Tutankamón, Nefertiti o a Cleopatra. Pensando en esto, la verdad es que no sé si realmente ese “Aegypti” que llevan por apellido se lo apropiaron por haberse criado en los charcos del Nilo, ni sé tampoco si molestaron a estos faraones, pero si tengo certeza que esos malignos seres tienen su origen en la región etiópica en África, donde aún vuelan con su impertinente zumbido manteniendo sus primitivas características silvestres.

Volviendo a mi narración, he averiguado que las manías de la vejez no aparecen espontáneamente, sino que siempre fueron compañeras nuestras y que su manifestación se vuelve más evidente en esos años, ya sea por soledad, costumbre o acomodamiento. Pero para no hacerles largo el cuento, mi manía principal está dirigida contra mis enemigos más acérrimos, y es la que, cada noche, me hace dormir apacible e ininterrumpidamente, manteniéndome lejos de esas jeringas succionadoras. Mi manía más útil y amada es el uso de un mosquitero. A propósito e intentando poner el significado correcto a las palabras, diré que no es un mosquitero, porque no me defiende de los mosquitos. Me protege de los zancudos. De donde se puede afirmar, que lo que yo tengo es un zancudero que me aísla de los cantos disonantes de esos bichos voladores y me pone a salvo de su insaciable hambre reproductiva.

Aclarado ese asunto, quiero hacer un paréntesis, solo para agregar, que de vez en cuando mis esporádicos visitantes humanos, mal esconden su sonrisa maliciosa cuando entrevén en mi dormitorio el zancudero que cuelga sobre mi cama. Pero eso nunca me importó porque ese artilugio me permite gozar tranquilamente, cada noche, del sinfín de sueños que acompañan mi dormir como si yo fuese un neonato.

Una noche, metido en mi refugio, estaba soñando las misma historias sub-supra-reales que noche a noche me han acompañado desde hace muchos años, pero que no les puedo narrar porque su magia-locura-fantasía no me permite recordarlas. De esos sueños apenas tengo visualizaciones puntuales que capto cuando las ganas de hacer pipí me hacen despertar a medianoche. En esos momentos sé que estoy soñando algo, trato de amarrarlo a mi mente e intento recordarlo cuando vuelvo a posar mi cabeza en la almohada. Sé que lo recordaré, y por eso hago un esfuerzo mental inexplicable que creo termina ligando mi sutil recuerdo con lo previamente soñado y me hace dormir de nuevo con la seguridad de que la historia interrumpida se ha reanudado, aunque yo ya no la recuerde en la mañana.

Pues bien, esa noche, dormía apaciblemente cuando de pronto, el ruido a-sinfónico de Houdini interrumpió mi soñar. Al despertar, mi primera impresión fue que a lo mejor mi oído estaba muy cerca de la tela que me protegía y procedí a acomodarme en el centro de la cama. Eso haría que ningún zumbido, canto o murmullo me alcanzase. Estaba reconciliándome con el sueño cuando de nuevo, el maléfico sonido se incrustaba en una de mis orejas y zarandeaba mi tímpano. De alguna forma, Houdini había burlado la trampa. Con el enojo nocturno que ya se imaginarán, salté de la cama y busqué el interruptor eléctrico. Una vez calmadas mis retinas por la intromisión brusca y acelerada de la luz, busqué un insecticida que siempre tengo a mano y procedí a buscar dentro del zancudero al destructor de sueños. El área no era tan grande, pero Houdini parecía no estar por ningún lado. Me pareció lógico pensar, que él había abandonado la zona de guerra al mismo tiempo que yo salía pronunciando las correctas palabras de rigor.

Aquella búsqueda duró unos minutos y al no encontrarlo ahí, busqué fuera de la trampa. Pero mi dormitorio es grande y con miles de recovecos donde podía esconderse y ya sabía yo, que Houdini no se arriesgaría a encontrarse con mi rociador. Después de perder otros pocos minutos, realicé una nueva inspección dentro de la trampa y al no encontrar nada, apagué la luz y me acomodé en la almohada sabiendo que no recuperaría aquel sueño que había perdido, porque esta vez ni siquiera recordaba de qué iba. Bajé el telón de mis párpados e instantáneamente, el sonido indeseado irrumpía en la oscuridad como burlándose de mí. Era inaudito. En ese preciso instante y sin saber cómo, una sospecha con tres posibilidades se esbozó en mi imaginación. La primera me indicaba que Houdini era muy inteligente. La segunda, que era invisible, y la tercera que mis neuronas me estaban haciendo una jugarreta de mal gusto. Aposté por las primeras, pues la última, aunque probable, no tenía antecedentes, y eso me tranquilizó un poco. Y así, emulando a los grandes estrategas militares, abandoné el campo de batalla para planear mi acción siguiente. Cautelosamente me escurrí de la cama, dejando encerrado al inteligente o invisible Houdini. Me proveí de una colcha y me fui a dormir a la sala, cerrando convenientemente la puerta del dormitorio y colocando una toalla en la base de la misma para evitar un posible escape de ese mi enemigo sagaz.

No dormí bien. Mis pensamientos estaban puestos en Houdini y en el pronto amanecer. Cuando la luz del alba se me anunció, fui a buscarlo. Mi intención era evitar que esta vez escapara de mi trampa. Revisé todo escrupulosamente y le di vuelta a todo lo que podía moverse, pero no lo encontré. Descolgué el zancudero, lo lavé, cambié todos los blancos de la cama y volví a colocar con extrema precaución, mi tela protectora. Aunque Houdini fuera invisible o muy inteligente, no había posibilidad de que hubiera quedado dentro de la red. Esto era una certeza total.

Esa noche, después de realizar otro examen cuidadoso me metí en mi cama y dormí como un bebé recién nacido. Houdini no volvió. Seguramente aceptó el empate. O quizás descubrió que yo era más inteligente que él, y que a pesar de su invisibilidad, jamás podría ganarme.

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