En el metro

Une cigarette, s’il vous plaît – me había repetido ya como tres veces. Sus ojos moribundos habían aparecido momentáneamente, una vez, en la esquivez de los míos. Yo apuraba mis pasos hacia el fondo del andén en una infructuosa tentativa de fuga. Me seguía, impulsado quizás, por la terquedad de su sed.

Aunque no recuerdo habérmelo encontrado antes, no creo que esa fuese la primera vez. Esa noche, en Charles-de-Gaulle-étoile, sumergido – como casi siempre – en la insensibilidad cosmopolita, caminaba por el andén de la ruta que me conducía a mi apartamento. El estaba allí, agobiado y harapiento, ante los ojos que no ven y los oídos que no oyen, interpelándolos, recriminándolos, insultándolos… Me hubiese agradado evitarlo pero supe que no podría: su mirada pantanosa se había clavado en mí.

Une cigarette – insistía.

Fume pas – le aseguré sin saber qué hacer para desalentar su persecución.

Un franc, un franc… – continuó hasta detenerse cerca de mí en el extremo del pasillo.

– No tengo –insinué ante tanta insistencia.

Un petit franc – rogó.

“¡Pucha, qué jode éste!” pensé. – De verdad, no tengo –le repetí.

Seulement un petit franc – insistió.

– ¡Escucha! No tengo. Sinceramente no tengo – afirmé –, no soy turista, soy estudiante – agregué -. Otro día… mañana tal vez –dije sin pensar.

– ¡Tal vez!, ¡tal vez! – repitió molesto. Cierto temor comenzaba a apoderarse de mí. – ¡“Tal vez” quiere decir algo! ¿Sabes lo que quiere decir “tal vez”? ¡No!, no lo sabes… ni puedes saberlo. Tú – me imputó –, tú eres de esos – señaló a los otros que estaban ahí -, ¡y esos nunca piensan! Tú dices “tal vez” por decir no importa qué. Sin embargo ¿sabes?, “tal vez” es una palabra magnífica. Con ella puedes decir “si” queriendo decir “no”… O lo contrario… ¡Mira!, puedes engañar, alentar, sembrar dudas, provocar… bueno, “tal vez” es algo… pero tú no lo puedes comprender – aseguró mientras yo escuchaba fingiendo no hacerlo, tratando de disimular mi incomodidad y procurando no hacer nada que alentara su ira.

Un joven africano se detuvo cerca de nosotros. El alcohólico se le acercó a pedirle un cigarrillo. Al ver que le regalaban uno me alegré creyendo que eso me libraría de él. Noté cómo el africano le encendía el cigarro, luego de lo cual, el borracho tornó su atención hacia mí.

– ¿Ves? El sí es simpático – me increpó -. Tu est un con – me insultó mientras se me acercaba. Sentí temor y enojo, sin saber cuál de estos dos sentimientos me dominaba más. – Tú eres un judío – afirmó. Esto me cayó en gracia y me devolvió la calma – pero yo no tengo nada contra ellos – me aseguró.

– ¡Bah! – exclamé -, en Paris me confunden con árabe y ahora tú crees que soy judío – le dije en voz alta. El joven negro, atento a lo que ocurría, me sonrió. Algo en su expresión parecía decirme: “no le prestes atención”. – Soy latinoamericano – le expliqué. Una sonrisa sarcástica apareció en el rostro del borracho. – ¿Acaso no oyes mi acento? – le pregunté y noté que estaba confuso. No respondió nada por un rato, en el cual creí que ya me dejaría tranquilo.

– Tú – se dirigió a mí -, si yo me caigo o me tiro a los rieles ¿serías capaz de bajar el interruptor de la corriente?

– ¡No sé mi amigo! –, respondí un poco molesto -, tírate si quieres ver lo que hago.

– ¿Harías algo? – inquirió algo exaltado y sin esperar respuesta agregó: – ¡Ah! Lo único que te interesa es que llegue el tren para que yo deje de joderte, ¿no?

– Pues sí. Tienes toda la razón – me sonreí.

– ¡Voilà, le latinoamericain est sincère! – exclamó -. ¿Sabes ? Je suis un clochard, un… clo… chard – repitió lentamente -. Pero no, no, no, no, no. Tu no comprendes… él – señaló al joven de color – él sí comprende. Un clochard. ¿vois tu? – me mostró una bolsa plástica donde se entreveía una manta azul -, esto es mi casa – exclamó.

– Y ésta la mía – lo molesté mostrándole mi paraguas.

– Cambiemos – me sugirió. Tras mi silencio se rió y se burló: -¡eso lo vendo!

– Descubro que no eres tonto – le dije.

– Claro que no – contestó. – Suis un clochard… ¡y a mucho orgullo! – alardeó. – Lo importante en la vida es hacer bien su oficio. Yo soy un clochard y cumplo con mis obligaciones lo mejor que puedo. Sí, soy un borracho… pero para ti esto es incomprensible. Tú te ves bien – concluyó.

– ¿Bien de qué?! – quise saber.

– Tú estás bien – aseguró. – Yo duermo aquí, ésta es mi casa – alzó la bolsa. Tú no comprendes y por eso me niegas un franco… – el estruendo que hacía el metro al aproximarse lo obligó a callarse. – Vaya, vete, ahí está tu metro – me ordenó. – Vaya vete – mientras me increpaba, el negro le tendió un franco antes de entrar al vagón.

– ¡Vete, vete! – me repetía

– Si quieres conversar me quedo – ofrecí, quizás porque tocó mi orgullo con aquello de que yo era incapaz de comprenderlo. Noté que mi proposición lo había dejado atónito y cuando lo invité a sentarse a mi lado, observé que no sabía qué hacer. Cuando lo hizo, me percaté que tenía un párpado ligeramente inflamado y me envolvió un nauseabundo olor a licor putrefacto.

– Yo no tengo nada contra los judíos – se disculpó -, y es más, me llamo David. Me dieron ese nombre porque mi abuelo era judío.

– Yo tampoco tengo nada contra ellos. Acaso sigues sin notar mi acento. Oyéndome hablar ¿aún crees que soy judío?- esperé un momento y ante su silencio – soy latino – agregué.

– Si – asintió, no sé si con certeza o con dudas. Luego continuó: -¿sabes? Hoy es el día de los muertos –. Pareció reflexionar y al cabo de unos segundos suspiró -. Para mí es un día de celebración… bueno… no exactamente de celebración… pero muy importante… soy muy piadoso… soy católico y le puedo quebrar la jeta a quien me diga que no lo soy. A veces soy violento – me mostró el puño cerrado. Seguí muy atento su movimiento por si ocurría algo imprevisto -. A veces es necesario serlo…

Bien sûr – susurré no muy convencido.

– Sí. ¿Sabes? Yo voy en dirección contraria a la tuya, pero me pasé a este lado, pues un tipo me estaba jodiendo mucho. No sé qué se hizo… ya no lo veo… se evaporó… es un culero… c’est un pédé – gritó.

– ¿Para dónde vas? – le pregunté intentando que se calmara.

– A “Franklin Roosvelt”, la siguiente estación. Allí duermo… ¿sabes por qué?

– No – le respondí, aunque pensé que podía ser por las limosnas turísticas que en esa zona podía conseguir.

– Es caliente… es caliente… El calor es importante. ¡Ah! Yo amo el calor – suspiró mientras se abrazaba a sí mismo -. ¿Sabes? Hoy es el día de los muertos. ¿Comprendes? – me miró como buscando descifrar algo en mí -. Yo no tengo padres… Murieron. ¿Y sabes qué es lo que más coraje me da? –, respiró profundamente -, murieron en un accidente… y yo conducía… Tengo 29 años – parecía tener 40 – y no puedo olvidarlo… Por eso soy clochard, por eso me ves así, ¿ves? –. Tomó lo que quedaba de solapas de su derruido traje – esto, esto me lo dio una dama… no es de mi medida – en efecto se notaba -, me lo dio porque la ayudé a bajar la basura desde un quinto piso… allí vive la vieja, ¡la pobre!, sola, si ascensor, sí, sin ascensor, créemelo… es duro –se lamentó. Y claro que yo lo entendía, pues mi apartamento quedaba en un sexto piso del boulevard Raspail -. Pero mira – acarició el traje – me sirve… me da calor…

Pasó un momento sin que nadie hablara. El siguiente vagón se atrasaba mucho y ya comenzaba a inquietarme. Me recriminé pensando que a lo mejor el que dejé ir, había sido el último.

– Tú eres simpático… bueno – dudó, sin duda recordando que yo le acababa de negar una moneda -, bueno, un poco – se retractó. Aquello me cayó en gracia pero antes de poder decir algo me dijo que me confiaría una cosa. – Te mostraré un tatuaje – y mientras lo decía se iba levantando la manga, hasta que descubrí una figura en el centro de su antebrazo. – Esto quiere decir Jean-Marie David, mi nombre… una parte de mi nombre, porque tengo otros dos. Los franceses acostumbramos a tener un montón de nombres ¿sabías? – dijo a la vez que se ponía de pie y comenzaba a despojarse de su traje. Aquello atrajo la atención de la gente pues parecía el preámbulo de una pelea entre el borracho que murmuraba incomprensibles palabras y yo que estaba a su lado. Yo estaba inmóvil, cauteloso, sin saber qué hacer pero desconfiando de los movimientos de aquel loco. Una vez con su traje entre sus manos, tornó a sentarse y lo colocó dulcemente en la banca.

Fait attention, no lo vayas a olvidar – le dije.

-No te preocupes – contestó -, esta es mi casa. Mira – me mostró su tatuaje -, este me lo hice a los nueve años. Representa a mi madre – besó la figura tatuada -, ¡esta es mi madre! Aquí la siento – de sus ojos rodaron unas lágrimas. Volvió a besar el tatuaje y supe que era una flor de cinco pétalos. Luego descubrí otro dibujo que parecía ser la cabeza de un dragón -, este, este es una bobería de joven, me lo hice con unos amigos… yo soy zurdo, por eso me tatué el brazo derecho – me explicó -, yo mismo me los hice… con una candela y una aguja… ¡Ay! Mi madre… ¿sabes lo que es perder a la madre y al padre al mismo tiempo? –. Pareció escudriñar en mis ojos -, parece que me comprendes… ¿similitud? – preguntó.

-No – me apresuré a corregirlo -, mis padres viven… pero me imagino tu situación… -, lo vi llorar en silencio. – ¿Dónde te llevas generalmente? – inquirí.

-En “Franklin” o en “George V”.

-Bueno, yo paso por ahí a menudo, tal vez te vea un día de estos – dije pensando en cierta ropa que yo ya no usaba y que podría serle útil.

– Tal vez – repitió. El estruendo del metro al acercase llenó el ambiente. – Vete, vete si quieres, es tarde… ese creo que es el último – me dijo. Vi la hora y supe que él tenía razón.

-Sí, es tarde, pero espero volverte a ver por ahí, David -. Me levanté y sin meditarlo le tendí mi mano.

-Estoy sucio – me informó, como si yo no lo supiera.

-Yo sé- le afirmé.

– No, estoy sucio. Merci, merci beaucoup – me dijo y no me dio su mano.

Me monté al vagón. No sé por qué, pero aquella conversación me había hecho bien. Levanté mi mano para despedirme y supe que era blanco de muchas miradas. El tren comenzó a moverse y mientras avanzaba, vi a aquel ser humano sentado en la banca de aquel andén, acompañado de sus recuerdos en aquél día tan especial, el día de los muertos… su propio día.

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