una mirada

El autobús se detuvo. La puerta se abrió y comenzó a devorar a los primeros de la fila. Ella no era la última, pero casi. Calculé que le faltaban unos veinte segundos para abordar la máquina, esto si no se presentaba algún atraso. Ella avanzó sin percatarse que la observaba desde muy cerca. Supe que si me veía, todo cambiaría. Y esto no era un presentimiento, era una certeza.

La vida es una serie de eventualidades que a la larga termina marcando nuestro destino. Algunas veces nos conduce a momentos maravillosos, pero lamentablemente, no siempre. Desde que nacemos, nuestro devenir está supeditado a nuestro hábitat. Son pocos los que se exoneran de esta norma porque por lo general, estudiamos en centros locales, trabajamos en nuestra ciudad y nos divertimos en lugares específicos que nuestra área nos ofrece. Y a lo largo de todo este ir y venir, caminamos por las mismas calles, visitamos asiduamente algunos lugares predilectos y salimos de la zona muy esporádicamente. Debido a esto, es lógico que nos crucemos con las mismas personas a diario. Si tuviéramos una retentiva extraordinaria, veríamos que esas caras son las mismas que nos han pasado al lado durante todo el año.

Pero ahí estaba ella. No tengo idea de cuántas veces nos habíamos cruzado, tampoco si me esperaba o imaginaba que yo estaba tan cerca. Oteándola quise saber por qué su ropa, su porte, su cabello, su rostro… consternaban mis ideas. De improviso pensé en aquel absurdo dicho que afirma que todos preferimos determinado tipo de mujer. Yo ya había experimentado la falsedad de tal ocurrencia porque en alguna ocasión había sido hechizado por los encantos de una rubia con garbo y en otra, había sido una embrujadora morena la que me había cautivado. Es evidente que algunas mujeres nos atraen mientras que otras no, pero en la gama de las que nos gustan, hay altas, bajas, claras, trigueñas, achinadas, aindiadas, latinas… No hay tipo específico que valga, lo único que hace que nos quedemos con una o con otra, son esas eventualidades que nos envuelven inevitablemente. Todo es circunstancial. Un par de minutos perdidos en nuestro hogar buscando nuestras llaves, pueden evitarnos un accidente o por el contrario pueden causarnos una tragedia. Nada depende únicamente de uno mismo. Todo lo que nos ocurre está ligado al proceder de todo lo que nos rodea, ya sean gentes, animales o cosas.

Cuando ella estaba a punto de abordar el autobús fue cuando sus ojos se encontraron con los míos. Su mirar expresó todo lo que yo había soñado y esa sensación me petrificó. Creí que ella no subiría al bus… En ese instantáneo cruce de miradas descubrimos que éramos complementarios, que nos necesitábamos mutuamente, que juntos podríamos compartir nuestras felicidades… pero sus piernas no se dieron cuenta de toda esta tesis y la impulsaron hacia el interior del transporte.

Creí saber dónde se había sentado y desde ahí, sentí que me buscaba. Los reflejos del vidrio de su ventana no me permitieron ver sus pupilas pero supe que ella veía las mías que comenzaban a llorar porque la acababa de encontrar y no sabía si nos volveríamos a cruzar.

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