LIBRO PRIMERO

PRIMERA PARTE

 

CAPÍTULO PRIMERO

 

QUE DICE QUIÉN ERA NUESTRO FAMOSO Y VALIENTE CABALLERO DON QUIJOTE
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no me acuerdo, hace mucho tiempo vivía un hidalgo que tenía una lanza, un caballo flaco y un perro galgo corredor. Comía carne de vaca, aunque residuos alimenticios casi todas las noches, huevos con chorizos los sábados, lentejas los viernes, alguna paloma los domingos, con lo cual, gastaba casi toda su renta. Lo otro que tenía lo constituían un traje de color oscuro, un pantaloncillo de terciopelo de la época, el cual le cubría los muslos y que usaba en las fiestas. Durante los días de la semana usaba ropas de paño entrefino de color pardo. Vivían con él, una sirvienta de más de cuarenta años, una sobrina que aún no cumplía los veinte, y un mozo que realizaba casi todos los trabajos. Tenía nuestro héroe alrededor de los cincuenta años, lo que en aquella época significaba ser un anciano. Era flaco, seco de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Su apellido era Quijada o Quesada, aunque algunos dicen que era Quijana.
Sepan que casi todo el año se lo pasaba leyendo libros de caballería, que eran abundantes en ese tiempo. Le gustaban tanto, que se olvidaba de todo, y para comprarlos vendía parte de las tierras que le pertenecían. Aquellos libros contaban tales hazañas y traían tales frases, que entre mas enredadas, mas le deleitaban: “La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de vuestra hermosura”, o “los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas les fortifican y les hacen merecedora del merecimiento que merece vuestra grandeza…”

Cuando las frases eran muy enmarañadas, se desvelaba tratando de entenderlas. Mantenía muchas conversaciones con el cura del lugar, un hombre muy inteligente que venía de un pueblo llamado Sigüenza, y también con el barbero del lugar, Don Nicolás.

Como dijimos, don Quijote leía tanto que se pasaba los días y las noches haciéndolo, lo que vino a causarle la pérdida de la razón. Empezó a creer que todo lo que decían los libros era cierto y pensaba continuamente en encantamientos, luchas, querellas, desafíos, heridas, amores, tormentas y disparates imposibles.

Y así, tuvo el pensamiento más extraño que loco dio al mundo, y es que le pareció bueno y necesario hacerse caballero andante e irse por el mundo con sus armas y su caballo, a buscar aventuras y a hacer todo aquello que los caballeros andantes hacían en los libros deshaciendo todo género de agravio y poniéndose en duelos y peligros para, al acabarlos, alcanzar renombre y fama. Se imaginaba coronado, debido al valor de su brazo, en algún reino fabuloso, y con estos agradables pensamientos se dio prisa para poner en efecto lo que deseaba. Lo primero que hizo fue proceder a limpiar aquellas armas que habían sido de sus abuelos y que estaban olvidadas en un rincón. Los implementos que no tenía los hizo de cartón reforzado con barras de hierro, lo que le pareció perfecto. Procedió a probarla, para lo cual, sacó su espada y le dio dos golpes, deshaciendo en un segundo lo que había hecho en una semana. Para asegurarse de evitar este peligro, la volvió a hacer, poniéndole unas barras de hierro por dentro, de tal manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza y, sin querer probarla nuevamente, la tuvo por la mejor celada del mundo.

Luego fue a donde estaba su caballo, el cual le pareció hermosísimo, a pesar de todos los defectos que tenía. Cuatro días pensó en el nombre que le pondría, porque el caballo de un caballero tan famoso, debía tener un nombre maravilloso. Y así, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante, nombre que le pareció alto, sonoro y significativo pues para él, era el primero de todos los rocines del mundo.

Luego quiso ponerse nombre a sí mismo y al cabo de ocho días, decidió llamarse don Quijote. Pero al recordar que los grandes caballeros de los libros tenían dos nombres, decidió llamarse don Quijote de la Mancha, lo que era digno de su linaje y de su patria.

Después pensó que era necesario tener una dama de quien enamorarse, porque el caballero sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Él se dijo:

– Si yo, por mis pecados o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y lo derribo de un golpe, o lo parto por la mitad del cuerpo, o lo venzo y lo rindo, ese gigante tiene que ir a donde mi dulce señora para contarle, con voz humilde y rendida, que yo lo he vencido en singular batalla y que por lo tanto mi señora con su grandeza debe disponer a su gusto, de su suerte.

Feliz estaba don Quijote con esta idea cuando se recordó de una moza labradora llamada Aldonza Lorenzo y decidió llamarla Dulcinea del Toboso, nombre que le pareció músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.

 

 

 

 

CAPÍTULO OCTAVO

 

DEL DESENLACE QUE EL VALIENTE DON QUIJOTE TUVO EN LA AVENTURA DE LOS MOLINOS DE VIENTO.

 

En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel camino.

– La suerte nos acompaña – dijo don Quijote -, porque a esos gigantes pienso hacer batalla y quitarles las vidas, que es un gran servicio a Dios quitar esa simiente de la faz de la tierra.

– ¿Qué gigantes? – dijo Sancho Panza.

– Aquellos que ahí ves – respondió su amo -, esos de los brazos largos.

– Mire señor – respondió Sancho – esas cosas son molinos de viento y lo que parecen brazos son las aspas.

– Bien se ve que no sabes de aventuras – respondió don Quijote -, ellos son gigantes; y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.

Y diciendo esto, espoleó a su caballo, sin atender las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a atacar.

– No huyan, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que los enfrenta.

Se levantó en esto un poco de viento que hizo mover las aspas, lo cual visto por don Quijote, dijo:

– Pues aunque muevan más brazos que el gigante Briareo, que tiene cien, me lo van a pagar.

Y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, arremetió a todo galope y embistió con el primer molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo.

-¡Válgame Dios! – dijo Sancho -. ¿No le dije yo que eran molinos de viento?

– Calla, amigo Sancho – respondió don Quijote -, que las cosas de la guerra están sujetas a continua mudanza, y cuanto más, que ese sabio Frestón anda queriendo quitarme la gloria, al igual que me robó el aposento y los libros.

Y, ayudándole Sancho, tornó a subir en el maltrecho Rocinante. Y ya andando, hablando de la pasada aventura siguieron el camino del Puerto Lápice, en busca de otras muchas y diversas.

– Yo me acuerdo haber leído de un tal Diego Pérez de Vargas, que habiendo roto su espada en una batalla, desgajó un tronco de una encina y así ganó la batalla. Te digo esto, porque pienso hacer lo mismo, y tu serás el afortunado de estar como testigo de tales hazañas.

– Que Dios nos libre – dijo Sancho -, pero enderécese un poco, que va de medio lado.

– Sí – respondió don Quijote -, y si no me quejo del dolor, es porque los caballeros andantes no deben quejarse aunque se le salgan las tripas por la herida.

– Si eso es así, ni modo – dijo Sancho -. De mí sé decir que me he de quejar del más pequeño dolor que tenga, si es que no se aplica eso con los escuderos de los caballeros andantes.

No se dejó de reír don Quijote de la simplicidad de su escudero; y, así, le dijo que bien podía quejarse cómo y cuándo quisiera, sin gana o con ella, que hasta ahora no había leído cosa contraria en la orden de caballería. Sancho le recordó que era hora de comer, a lo que don Quijote respondió que él no tenía ganas pero que comiera cuando quisiera. Sancho se acomodó lo mejor que pudo sobre su burro, y, sacando de las alforjas lo que en ellas había puesto, iba caminando y comiendo detrás de su amo, y de cuando en cuando, empinaba el recipiente de vino, con tanto gusto, que le pudiera envidiar el mejor catador de vinos de Málaga.

Aquella noche la pasaron entre unos árboles, y de uno de ellos desgajó don Quijote un ramo seco que casi le podía servir de lanza, y puso en él el hierro que quitó de la que se le había quebrado. Don Quijote no durmió, pues así lo había leído, pensando en su señora Dulcinea, no así Sancho Panza, que como se acostó con el estómago lleno, su amo tuvo que despertarlo cuando los rayos del sol le bañaban el rostro, y el canto de las aves, sus oídos. Al despertarse tomo un poco de vino, en tanto que don Quijote no quiso desayunar, porque consideró que ya tenía el sustento de sus sabrosas memorias.

– Aquí – dijo don Quijote al ver que ya llegaban al Puerto Lápice -, abundan las aventuras. Mas advierte que, aunque me veas en muchos peligros, no te es lícito pelear contra caballeros andantes, hasta que seas armado caballero. Solo puedes defenderme si la pelea es con gente baja y canalla.

– En esto, mi señor, será bien obedecido – dijo Sancho -, que yo soy pacífico y enemigo de meterme en ruidos y pendencias. Pero si me tocan, no habrá ninguna ley en toda esa caballería que me detenga, pues las leyes humanas permiten que uno se defienda de quien quiere agraviarlo.

– No digo yo menos, pero contra caballeros has de tener a raya tus naturales ímpetus.

– Así lo haré – dijo Sancho – y lo tendré tan presente como el ir a misa los domingos.

Estando en estas pláticas, asomaron por el camino dos frailes de la orden de San Benito, sobre dos mulas. Venían bien protegidos del sol y detrás de ellos, un coche con cuatro o cinco a caballo y dos mozos de mulas a pie. Venía en el coche, como después se supo, una señora que iba a Sevilla, donde estaba su marido, que pronto partiría hacia América con un honroso cargo. Los frailes no venían con ella, pero al verlos, don Quijote dijo a su escudero:

– O yo me engaño, o esta será la más famosa aventura que se haya visto, porque aquellos bultos negros deben ser y son sin duda, encantadores que han secuestrado a una princesa.

-¡No! – dijo Sancho -, son frailes, y el coche debe ser de alguna gente viajera. Mire que digo que mire bien lo que hace, no sea que el diablo lo engañe.

– Ya te he dicho, Sancho – respondió don Quijote -, que sabes poco de asuntos de aventuras. Lo que digo es verdad, ya lo verás.

Y diciendo esto se adelantó y se puso en la mitad del camino y en alta voz dijo:

– Gente endiablada y descomunal, dejen libre a la princesa que en ese coche tienen secuestrada; si no, prepárense a morir como justo castigo por esas malas obras.

Detuvieron los frailes las mulas, y quedaron admirados de aquella figura como de sus razones, y le respondieron:

– Señor caballero, somos religiosos que vamos cerca de este coche, sin saber quien va en él.

– Conmigo no usen mentiras, que yo ya los conozco, engañosos canallas – dijo don Quijote.

Y sin esperar más respuesta, arremetió contra el primer fraile, con tanta furia y valor, que si el fraile no se hubiera dejado caer de la mula, quien sabe si no hubiera caído muerto. El segundo religioso, al ver como trataban a su compañero, comenzó a correr por el campo, más ligero que el mismo viento.

Sancho Panza, que vio en el suelo al fraile, apeándose rápidamente de su asno lo atacó y comenzó a quitarle los hábitos. Se acercaron en esto los dos mozos y le preguntaron por qué le desnudaba. Sancho les respondió que aquello le correspondía como despojos de la batalla ganada por su señor. Los mozos viendo que don Quijote hablaba con los que venían en el coche, arremetieron contra Sancho, le molieron a patadas y le dejaron en el suelo, sin aliento ni sentido. Y, rápidamente, el fraile se levantó y se montó en su mula, en la cual corrió hacia donde lo esperaba su compañero, y sin esperar el fin de todo aquel suceso, continuaron su camino santiguándose de tal manera que parecía que el diablo estaba a sus espaldas.

Don Quijote hablaba con la señora del coche, diciéndole:

– Hermosa, señora mía, ahora puede hacer lo que quiera, que ya los secuestradores han sido vencidos por la fuerza de mi brazo; y para que no sufra pensando en el nombre de este su libertador, sepa que soy don Quijote de la Mancha, caballero andante y aventurero, y cautivo de la sin par y hermosa doña Dulcinea del Toboso; y, en pago del beneficio que he hecho por usted, no quiero otra cosa que pase por el Toboso y cuente a mi señora lo que he hecho por su libertad.

– Vete, caballero – dijo uno de los que acompañaban el coche, tomándolo de la lanza -, que si no dejas de molestar al coche, tendrás que vértelas conmigo.

– Si fueras caballero – respondió don Quijote -, ya yo hubiera castigado tu necedad y atrevimiento.

-¿Que no soy caballero? – replicó el vizcaíno -. Mientes. Arroja esa lanza y saca tu espada y verás que soy hidalgo por tierra, por mar y por el diablo, y mientes si dices otra cosa.

– Ahora lo verás – respondió don Quijote.

Y, arrojando la lanza al suelo, sacó su espada, levantó su escudo, y arremetió al hombre, con determinación de quitarle la vida. El vizcaíno al verlo venir, quiso bajarse de su mula, pero solo pudo sacar su espada y tomar del coche una almohada, que le sirvió de escudo, y luego se fueron el uno contra el otro, como si fueran dos mortales enemigos. La demás gente quiso apaciguarlos, pero no pudo. La señora del coche, admirada y temerosa de lo que veía, pidió al cochero que se desviara un poco, y desde lejos se puso a mirar la rigurosa contienda, en el transcurso de la cual, don Quijote recibió una gran cuchillada encima del hombro.

-¡Oh, señora de mi alma – dijo don Quijote en alta voz -, Dulcinea, flor de la hermosura, socorre a este caballero, que por satisfacer tu bondad, en este difícil trance se halla!

El decir esto, apretar la espada, cubrirse el rostro y atacar al vizcaíno, todo fue al mismo tiempo, con la determinación de arriesgarlo todo a ese golpe.

El vizcaíno al verlo venir, entendió por su brío su coraje y quiso hacer lo mismo, y le aguardó bien cubierto con su almohada, sin poder mover la mula, que de puro cansada no podía dar un paso.

Todos quedaron temerosos y pendientes de lo que habría de suceder después de aquellos tamaños golpes con que se amenazaban, y la señora del coche y las demás criadas suyas estaban rezando para que Dios librara a su escudero, y a ellas, de aquel grandísimo peligro en que se hallaban.

 

 

 

CAPÍTULO DÉCIMO CUARTO

 

DONDE SE PONEN LOS VERSOS DESESPERADOS DEL DIFUNTO PASTOR, CON OTROS NO ESPERADOS SUCESOS

 

CANCION DE GRISOSTOMO

 

                                   Ya que quieres, crüel, que se publique

de lengua en lengua y de una a otra gente…

haré que el mismo infierno comunique

al triste pecho mío un son doliente…

 

Cantaré mi dolor y tus hazañas,

y mi espantable voz gritará al viento

este insufrible y singular tormento

que mata lentamente mis entrañas…

 

Escucha, pues, y presta atento oído

no al sonido musical, sino al rüido

que de lo hondo de mi amargo pecho…

sale, a mi pesar, por tu despecho.

 

¡No hay lamento comparable al mío!

Ni el llanto de una moribunda fiera

turba los sentidos de tal manera,

como lo hace mi Ser, en desvarío.

 

En tanta confusión, mis duras penas…

con lengua muerta y con palabras vivas…

los ecos, llevarán, desde mis venas

a las montañas altas, más esquivas…

 

Un desdén mata, pero una sospecha

destruye la paciencia y la cordura.

Los celos, sin embargo, son la brecha

que encaminan al sabio a la locura.

 

En todo ese mal está la muerte,

mas yo, ¡milagro nunca visto!, vivo

celoso, ausente, desdeñado… escribo

para que el mundo conozca mi suerte.

 

Las sospechas son ciertas, y me matan:

soy: ¡olvido!, de aquella que procuro.

Y aunque estos pensamientos me maltratan

estar sin ella eternamente juro.

 

Pues ¿quién no desconfía, cuando mira

todo ese vil desdén… y las sospechas

se descubre que son verdades hechas

y todo lo demás es cruel mentira?

 

Yo muero, en fin, y porque nunca esperé

buen suceso en la muerte ni en la vida,

el que bien quiere, es más feliz, diré, y

más libre el alma por amor vencida.

 

Y así, gozando la mísera calma

a que me han conducido tus desdenes,

ofreceré a los vientos cuerpo y alma,

sin esperanza de futuros bienes.

 

Tu, que logras, con tantas sinrazones,

que mi vida se torne aborrecible,

evita, en tu mirada infalible

cualquier sombra de tenues nubarrones.

 

Que nada te perturbe, es lo que quiero.

Más bien con risa, la ocasión funesta

festeja, que el fin mío sea tu fiesta,

y tu gozo sea parte de mi entierro.

 

Venga, que es tiempo ya, del hondo abismo,

Eviten cantos tristes, doloridos…

Dejen que cada cual me dé un atisbo

Y piense en el amante destruido.

 

Canción desesperada, no te quejes

cuando mi triste compañía dejes;

antes, pues que la causa do naciste

con mi desdicha aumenta su ventura,

aún en la sepultura no estés triste.

 

Bien les pareció a los que habían escuchado la canción, pero Vivaldo dijo que el relato no concordaba con lo que él había oído del recato y bondad de Marcela, porque en ella se queja Grisóstomo de celos, sospechas y de ausencia, todo en perjuicio del buen crédito y buena fama de Marcela.

– Debes saber, señor – dijo Ambrosio -, que cuando éste desdichado escribió esta canción estaba ausente de Marcela, y como al enamorado ausente no hay cosa que no le fatigue ni temor que no lo alcance, así los celos imaginados lo fatigaban y las sospechas temidas se le tornaban verdades. Y con esto, dejo claro que es cierta la fama de bondadosa que tiene Marcela, a pesar de ser cruel, un poco arrogante y muy desdeñosa.

Iba a leer otro papel que había salvado del fuego, cuando vio a Marcela, tan hermosa, por encima de la peña donde se cavaba la sepultura. Ambrosio indignado le dijo:

– ¿Vienes a ver si con tu presencia vierten sangre las heridas de este miserable a quien tu crueldad quito la vida? Dinos rápido a lo que vienes, o qué es lo que más quieres, que yo sabiendo que los pensamientos de mi amigo nunca dejaron de obedecerte, haré que, aún él muerto, te obedezcan los de todos aquellos que se llamaron sus amigos.

– No vengo a ninguna cosa de las que has dicho – respondió Marcela -, sino para que vean qué equivocados están aquellos que me culpan de la muerte de Grisóstomo. El cielo me hizo hermosa, y por eso, ustedes me aman. Y al amarme, ustedes quieren que yo esté obligada a amarlos. Pero el amor ha de ser voluntario, y no forzoso. Siendo así, ¿por qué quieren que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más porque ustedes me quieren bien? Yo no escogí la hermosura que tengo, y así como la víbora no merece ser culpada por el veneno asesino que tiene, tampoco yo merezco ser reprendida por ser hermosa, que la hermosura en la mujer honesta es como el fuego o la espada afilada, que ni quema ni corta a quien a ellos no se acerca. La honra y las virtudes son adornos del alma, sin las cuales el cuerpo, aunque lo sea, no debe de parecer hermoso. ¿Las debo perder solo porque alguien pretende que las pierda? Yo nací libre, y para vivir libre escogí la soledad de los campos: los árboles son mi compañía y las aguas claras de los arroyos: mis espejos. A los que he enamorado con la mirada, los he desengañado con las palabras. Yo nunca di esperanzas a Grisóstomo, por lo que se puede decir que lo mató su porfía, no mi crueldad. Quéjese el engañado, desespérese aquel a quien le faltaron las prometidas esperanzas, confíese el que yo llame, ufánese el que yo admita; pero no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito. Yo, como ustedes saben, tengo riquezas propias, y no codicio las ajenas; tengo libertad, y no me gusta atarme; ni quiero ni aborrezco; no engaño; no burlo a nadie…

Y diciendo esto, volvió las espaldas y entró al monte, dejando admirados a todos, tanto por su discreción como por su hermosura. Viendo don Quijote el deseo de algunos de seguirla, puso la mano en el puño de su espada y dijo:

– Ninguna persona, se atreva a seguir a la hermosa Marcela, si no quiere caer en la furiosa indignación mía. Ella ya ha mostrado que no tiene culpa en esta muerte y que no quiere condescender con los deseos de ninguno de sus amantes. Es justo que sea honrada y estimada de todos los buenos del mundo.

Nadie se movió ni apartó de allí hasta que, acabada la sepultura y quemados los papeles de Grisóstomo, pusieron su cuerpo en ella, no sin muchas lágrimas de los presentes. Cerraron la sepultura con una gruesa peña, mientras terminaban el epitafio que decía:

 

Yace aquí de un amador

el mísero cuerpo helado,

que fue pastor de ganado,

perdido por desamor.

Murió a manos del rigor

de una esquiva hermosa ingrata,

con quien su imperio dilata

la tiranía de amor.

 

Luego colocaron muchas flores en la sepultura, dieron el pésame a Ambrosio y se despidieron. Lo mismo hizo Vivaldo y su compañero, y don Quijote se despidió de sus huéspedes y de los caminantes, los cuales le pidieron que viniera a Sevilla donde encontraría miles de aventuras. Don Quijote les agradeció, pero les dijo que primero tenía que limpiar de ladrones aquellas sierras, luego de lo cual, determinó ir a buscar a la pastora Marcela para ofrecerle todo lo que él podía en su servicio…

 

 

 

CAPÍTULO VIGÉSIMO PRIMERO

 

QUE TRATA DE LA AVENTURA Y GANANCIA DEL YELMO DE MAMBRINO, CON OTRAS COSAS SUCEDIDAS A NUESTRO CABALLERO

 

En esto comenzó a llover un poco, y quiso Sancho que se entraran en el cuarto de las máquinas, pero éstas se habían ganado el aborrecimiento de don Quijote por la pasada burla, que de ninguna manera quiso entrar; y, así, siguiendo un camino a la derecha, se encontraron en otro como el que habían caminado el día anterior.

De allí a poco, descubrió don Quijote un hombre a caballo, que traía en la cabeza una cosa que relumbraba como si fuera de oro, y apenas lo vio, cuando se volvió a Sancho y le dijo:

– Me parece, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque son sentencias sacadas de la misma experiencia, la cual es la madre de las ciencias, especialmente aquel que dice: “Donde una puerta se cierra, otra se abre”. Lo digo porque si anoche nos cerró la aventura la puerta que buscábamos, engañándonos con esas máquinas, ahora nos la abre de par en par, para otra aventura mejor. Digo esto porque, si no me engaño, hacia nosotros viene uno que trae en su cabeza puesto el yelmo de Mambrino, sobre el cual yo hice el juramento aquel.

– Mire bien lo que dice y mejor lo que hace – dijo Sancho -, que no quiero que otras máquinas nos fastidien y nos aporreen el sentido.

– ¡Que te lleve el diablo! – replicó don Quijote -. ¿Cómo puedes comparas un yelmo con esas máquinas?

– No sé nada – respondió Sancho -, mas si me dejara hablar tanto como antes, quizá le diera las razones necesarias, para que usted viera que se engañaba en lo que dice.

– ¿Cómo me puedo engañar en lo que digo, traidor escrupuloso? – dijo Don Quijote -. Dime, ¿no ves aquel caballero que hacia nosotros viene, sobre un caballo manchado, que trae puesto en la cabeza un yelmo de oro?

– Lo que yo veo y distingo – respondió Sancho – no es sino un hombre sobre un asno pardo, como el mío, que trae sobre la cabeza una cosa que relumbra.

– Pues ese es el yelmo de Mambrino – dijo don Quijote -. Apártate y déjame con él a solas: verás que sin hablar palabra, concluyo esta aventura y queda por mío el yelmo que tanto he deseado.

– Yo tendré el cuidado de apartarme – replicó Sancho.

Lo que pasaba, era que el barbero de aquel lugar, venía de atender a un cliente de un lugar cercano. Había comenzado a llover y el barbero que traía una vasija de latón para mojar la barba, se la colocó encima del sombrero para que éste no se le manchara, y como estaba nueva, desde lejos relumbraba. Venía sobre un asno pardo, como Sancho dijo, y no en caballo manchado como don Quijote creía. Y cuando lo vio cerca, sin advertirle, a todo correr de Rocinante, con la lanza horizontalmente, se abalanzó con intención de pasarle de parte a parte; mas cuando estaba más cerca, sin detener la furia de su carrera le dijo:

– ¡Defiéndete, cautiva criatura, o entrégame a voluntad lo que con tanta razón se me debe!

El barbero, que de repente vio venir aquel fantasma sobre sí, no tuvo otro remedio que dejarse caer del asno; y no había tocado el suelo, cuando se levantó más ligero que un ciervo y comenzó a correr por aquel llano, mas rápido que el viento. Dejó la bacía en el suelo, con la cual se contentó don Quijote. Mandó a Sancho para que trajera el yelmo, el cual, tomándolo en las manos, dijo:

– Por Dios que la bacía es buena y debe ser costosa.

Y, dándosela a su amo, éste se la puso en la cabeza; le dio vueltas, buscándole la parte que cubre el rostro, y, como no se la halló, dijo:

– Sin duda que el pagano a cuya medida se forjó primero esta famosa celada debía de tener grandísima cabeza; y lo peor de ello es que le falta la mitad.

Cuando Sancho oyó llamar a la bacía celada, no pudo contener la risa, pero se acordó de la cólera de su amo y se calló en la mitad de ella.

– ¿De qué te ríes, Sancho? – dijo don Quijote.

– Me río – respondió él – de considerar la gran cabeza que tenía el pagano dueño de esta cosa, que no parece sino una bacía de barbero.

– ¿Sabes qué imagino, Sancho? Que esta famosa pieza de este encantado yelmo por algún extraño accidente cayó en manos de quien no supo conocer ni estimar su valor y, sin saber lo que hacía, viéndola de oro purísimo, debió de fundir la mitad para aprovecharse del precio, y de la otra mitad hizo esta que parece bacía de barbero, como tú dices. Pero sea lo que sea, su transmutación no es importante, pues ya lo arreglaré en el primer lugar donde haya herrero; de todas formas más vale algo que nada, y estoy seguro que servirá bastante para defenderme de alguna pedrada.

– Eso será – dijo Sancho – si no la tiran con honda, como ocurrió cuando perdió el bendito brebaje.

– No me da pena el haberlo perdido, que ya sabes tú, Sancho – dijo don Quijote -, que yo tengo la receta en la memoria.

– También la tengo yo – respondió Sancho -; pero no la probare más en mi vida, aunque me muera. Además no pienso ponerme en peligro para necesitarla, porque pienso guardarme con todos mis cinco sentidos de ser herido ni de herir a nadie. De lo de la manta no digo nada, que semejantes desgracias pueden venir, y, si vienen, no hay que hacer otra cosa sino encoger los hombros, detener el aliento, cerrar los ojos y dejarse ir por donde la suerte y la manta nos lleve.

– Mal cristiano eres, Sancho – dijo oyendo esto don Quijote -, porque nunca olvidas la injuria que una vez te han hecho; deberías saber que es de pechos nobles y generosos no hacer caso de niñerías. ¿Qué pie sacaste cojo, qué costilla quebrada, qué cabeza rota, para que no se te olvide aquella burla? Que viéndolo bien, solo fue una burla, que si no fuera así, ya yo hubiera vuelto allá y te hubiera vengado.

Pero, dejando esto aparte – dijo Sancho -, dígame usted qué haremos con este caballo que parece asno pardo, que dejó aquí desamparado aquél Martino a quien usted derribó, que, según él puso los pies en polvorosa y cogió las de Villadiego, parece que no volverá por él jamás. ¡Y por mis barbas, que es bueno el burro!

– Nunca acostumbro – dijo don Quijote – despojar a los que venzo, ni es uso de caballería quitarles los caballos y dejarlos a pie, si ya no fuera que el vencedor hubiera perdido en la batalla el suyo, que en tal caso lícito es tomar el del vencido, como ganado en guerra lícita. Así que, Sancho, deja ese caballo o asno , que cuando su dueño nos vea alejarnos volverá por él.

– Verdaderamente que son estrechas las leyes de caballería – replicó Sancho -, pues no permiten trocar un asno por otro; y ¿sería posible trocar al menos los aparejos?

– De eso no estoy seguro – respondió don Quijote -, y en caso de duda, hasta estar mejor informado, digo que los trueques, si es que tienes una necesidad extrema.

– Lo es – respondió Sancho.

Y luego habilitado con aquella licencia, hizo cambio de aparejos dejando a su asno mejorado al máximo.

Hecho esto, almorzaron con las sobras que les quedaban, y bebieron del agua del arroyo proveniente de las máquinas que ahora aborrecían por el miedo que les había causado.

Yendo, luego, caminando, dijo Sancho a su amo:

– Señor, ¿podría darme licencia para conversar un poco con usted? Que después que me puso aquel áspero mandamiento del silencio se me han podrido más de cuatro cosas en el estómago, y una sola que ahora tengo en la punta de la lengua no quiero que se malogre.

– Dila – dijo don Quijote – y sé breve en tu razonamiento, que ninguno es bueno si es largo.

– Digo, pues, señor – respondió Sancho -, que he venido considerando lo poco que se gana con estas aventuras que usted busca por estos desiertos y encrucijadas de caminos, donde, aunque gane las más peligrosas, no hay quien las vea, y, así, se han de quedar en perpetuo silencio y en perjuicio de la intención suya y de lo que ellas merecen. Y, así, me parece que sería mejor, que fuéramos a servir a algún emperador o a otro gran príncipe que tenga alguna guerra, en cuyo servicio pueda usted mostrar el valor de su persona, sus grandes fuerzas y mayor entendimiento; que, visto esto del señor que nos contrate, por fuerza nos ha de remunerar a cada cual según sus méritos, y allí no faltará quien escriba sus hazañas, para perpetua memoria. De las mías no digo nada, pues no han de salir de los límites escuderiles; aunque sé decir que si se usa en la caballería escribir hazañas de escuderos, pienso que no se han de quedar las mías entre renglones.

– No te equivocas, Sancho – respondió don Quijote- , pero antes es menester andar por el mundo, como en aprobación, buscando las aventuras, para ganar nombre y fama tal, que cuando se llegue a la corte de algún gran monarca ya sea el caballero conocido por sus obras, y que apenas le hayan visto entrar por la puerta de la ciudad, digan: “Este es el Caballero del Sol”, o “Este, el que venció en singular batalla al gigante Brocabruno”. Así, el rey de aquel reino, dirá: “¡Viva! salgan a recibir a la flor de la caballería que allí viene”. Y luego, a su lado lo llevará al aposento de la señora reina, donde estará la infanta, su hija, que ha de ser una de las más hermosas doncellas de la tierra. Sucederá después de esto, que ella ponga los ojos en los del caballero, y él en los de ella, y, sin saber cómo ni cómo no, han de quedar presos y enlazados en la intrincable ley del amor. Venida la noche, cenará con el rey, reina e infanta, a la cual nunca le quitará los ojos, mirándola a escondidas de los presentes, y ella hará lo mismo, con la misma sagacidad, porque, como tengo dicho, es una doncella discreta. Y lo bueno es que este rey o príncipe tiene una muy reñida guerra con otro tan poderoso como él, y el caballero huésped le pide licencia para servirle en dicha guerra. El rey aceptará y esa noche, será una noche de tristeza pues en el balcón de la infanta, tendrán que despedirse con tanto sentimiento, que parecerá acabar la vida. Y luego, en sus aposentos se tirará sobre su lecho, sin poder dormir debido al dolor de la partida. Madruga, se despide del rey y de la reina y de la infanta; la cual queda muy indispuesta. Ya ido el caballero, pelea en la guerra, vence al enemigo del rey, gana mucha ciudades, triunfa en muchas batallas, vuelve a la corte, ve a su señora por aquel balcón, acuerdan que pedirá su mano al rey en pago de sus servicios; no se la quiere dar el rey porque no sabe quién es; pero, con todo esto, o robada o de otra cualquier suerte que sea, la infanta viene a ser su esposa, y su padre contento, porque ha averiguado que el tal caballero es hijo de un valeroso rey de no sé qué reino, porque creo que no debe de estar en el mapa. Se muere el padre, hereda la infanta, y queda rey el caballero. Aquí viene entonces a cumplir las promesas a su escudero y a todos aquellos que le ayudaron a subir a tan alto estado: casa a su escudero con una doncella de la infanta, que será sin duda la que fue tercera en sus amores, que es hija de un duque muy principal.

– Eso pido, y sin trampas – dijo Sancho.

– No lo dudes, Sancho – replicó don Quijote -, porque del mismo modo y por los mismos pasos que te he contado suben y han subido los caballeros andantes a ser reyes y emperadores. Solo falta saber qué rey de los cristianos o de los paganos tienen guerra y una hija hermosa; pero ya habrá tiempo para pensar en esto, pues, como te tengo dicho, primero hay que ganar fama. También me falta otra cosa: linaje de reyes, o por lo menos ser primo segundo de emperador, porque sin esto, no me querrá el rey dar a su hija por mujer. Bien es verdad que yo soy hidalgo, y a lo mejor por ahí se descubre que soy descendiente de algún monarca, de donde se deduce que soy el quinto o sexto nieto de un rey. Porque te hago saber, Sancho, que hay dos maneras de linajes en el mundo: unos que traen descendencia de príncipes y monarcas, a quienes poco a poco el tiempo ha convertido en gente común, y otros que tuvieron principio de gente baja y van subiendo de grado en grado, hasta llegar a ser grandes señores; de manera que unos eran, y ya no son, y otros son, y antes no eran; y yo podría ser de éstos. De todas maneras, siempre queda la alternativa de robarme a la infanta y llevarla a donde yo quiera, que luego el tiempo o la muerte acabarán con el enojo del padre.

– Ahí cabe – dijo Sancho – lo que algunos desalmados dicen: “no pidas de grado lo que puedes tomar por fuerza”; aunque mejor es decir: “más vale asalto de matón que ruego de hombre bueno”. Lo digo porque si el señor rey, su suegro, no quiere entregarle a mi señora la infanta, no hay mas que, robarla. Pero mientras se arregla ese asunto, el pobre escudero deberá estar en ayunas.

– De eso no hay dudas – dijo don Quijote.

– Bueno, ya me acomodaré – dijo Sancho -. Una vez fui responsable de una cofradía, y la ropa que me ponía me hacía tanto bien, que la gente decía que yo debía ser el presidente. ¿Se imagina cuando use manto de duque, o me vista con oro y perlas? Me verán venir desde lejos.

– Tendrás que cortarte la barba al menos cada dos días.

– Ya contrataré un barbero – dijo Sancho -, y si es necesario lo haré que me siga a todas partes como lo hacen los grandes señores. Bueno, esto déjelo a mi cargo y encárguese usted de convertirse en rey y hacerme a mí, conde.

– Así será – respondió don Quijote.

 

 

 

 

CUARTA PARTE

 

CAPÍTULO VIGÉSIMO OCTAVO

 

QUE TRATA DE LA NUEVA Y AGRADABLE AVENTURA QUE AL CURA Y AL BARBERO SUCEDIÓ EN AQUELLA SIERRA

 

– ¡Ay, Dios! ¡Será posible que este sea el lugar adecuado para la sepultura de este cuerpo que lleva pesada carga contra su voluntad! ¡Que agradable compañía serán estas sierras para que mis quejas lloren esta desgracia que ningún humano tuvo antes, pues no hay nada que me pueda traer consejo en las dudas, alivio en las quejas, ni remedio en los males!

Todo lo oyeron el cura y sus acompañantes, por lo que se levantaron a buscar al que aquello decía, y no habían andado veinte pasos, cuando vieron a un mozo vestido como labrador, al cual se acercaron sin que este los viera, pues en ese momento se lavaba los pies en el arroyo. Les sorprendió la blancura y belleza de los pies, los cuales parecían no estar hechos para pisar esos terrones, ni andar tras el arado como parecía por el vestido. Antes que el muchacho los viera, todos se escondieron tras unas peñas, y cuando terminó de lavarse los pies y secarlos, levantó el rostro, el cual era de una hermosura incomparable, tal, que Cardenio dijo al cura, con voz baja:

– Esta, ya que no es Luscinda, no es persona humana, sino divina.

En esto, se quitó el sombrero, y aparecieron unos cabellos que con seguridad hasta el sol les tendría envidia. Descubrieron entonces, que era una mujer, y delicada, y aún la más hermosa que hasta entonces habían visto. Los largos y rubios cabellos no solo le cubrían las espaldas, sino que todo el cuerpo. La curiosidad de saber sobre ella, los determinó a mostrarse. La muchacha al oír un ruido, los vio, tomó un bulto que a su lado tenía, como de ropa, y quiso huir; pero sus delicados pies la traicionaron y cayó al suelo. Lo cual visto por los tres, corrieron a socorrerla, y el cura fue el primero que le dijo:

– Espera, señora, quienquiera que seas, que los que ves aquí solo queremos ayudarte.

A todo esto, atónita y confusa, ella no respondía palabra. El cura prosiguió:

– Lo que tu vestido esconde, tus cabellos lo delatan. Y debe ser importante la causa que te obliga a disfrazarte y a esconderte en estas soledades en donde te hemos hallado. Cuéntanos tu desgracia, si no para remediar tus males, al menos para aconsejarte, pues ningún mal puede fatigar tanto, que rehuya el consejo bien intencionado que se da al que lo padece. Así que, señora mía, o señor mío, o lo que quieras ser, no te asustes y cuéntanos tu buena o mala suerte, que cada uno de nosotros te puede ayudar a soportar tus desgracias.

Luego de un largo silencio, ella dio un profundo suspiro y dijo:

– Veo que estas soledades no han bastado para esconderme, ni mis cabellos han permitido que mi lengua mienta, así, que de nada me sirve fingir. Les agradezco el ofrecimiento que me han hecho; eso me obliga a contarles mis desdichas, las cuales les causarán, a la vez compasión y pesadumbre, pues no hay remedio para remediarlas, ni consuelo para entretenerlas. Así que, les contaré lo que quisiera callar, si pudiera.

Todo esto dijo la hermosa mujer, con tanta elocuencia, con voz suave, que no menos les admiró su discreción que su hermosura. Sentándose en una piedra, comenzó así:

– En esta Andalucía, hay un duque que tiene dos hijos: el mayor, heredero principal, y de muy buenas costumbres; y el menor, que es heredero de traiciones y embustes. De este duque, es vasallo mi padre, cuya naturaleza es sublime, aunque no tiene fortuna. Mis padres son labradores, gente humilde, españoles puros y cristianos de nacimiento, pero tan ricos en su trato que deberían ser hidalgos, o caballeros, y cuya mayor riqueza era tenerme a mí por hija. De eso pueden suponer cuánto me amaban y cuidaban, y yo les puedo asegurar que ahí no me faltaba nada, y que mi vida era pura felicidad. Es, pues, el caso que, pasando mi vida en ayudarle a mi padre, pero encerrada como en un monasterio, un día me vio don Fernando, que este es el nombre del hijo menor del duque de quien les hablé.

Al escuchar aquel nombre, a Cardenio se le mudó el color del rostro, y comenzó a trasudar de tal manera, que el cura y el barbero, creyeron que le venía la locura, pero se quedó quieto, mirando fijamente a la labradora, la cual prosiguió su historia:

– Este don Fernando, para declararme su voluntad, sobornó a toda la gente de mi casa, y dio y ofreció dádivas y mercedes a mis pariente; los días se volvieron una fiesta en mi calle, y por las noches, la música no dejaba dormir a nadie; sus cartas me llegaban a montón, llenas de enamoradas razones y ofrecimientos, pocas letras y muchas promesas y juramentos. Todo esto no me ablandaba, más bien me endurecía como si fuera mi mortal enemigo; no porque a mí me pareciera mal, sino porque me daba un no sé qué de contento de verme tan querida y estimada por aquel tan importante caballero (que en esto, por feas que seamos las mujeres, me parece a mí que siempre nos da gusto oír que nos llamen hermosas). Mis padres ya lo sabían y me decían que en mi virtud y bondad dejaban y depositaban su honra y fama, y que yo debía considerar la desigualdad que había entre mí y don Fernando, y que por esto, se veía que sus pensamientos más se encaminaban a su gusto que a mi provecho, y que para que aquel caballero la dejase tranquila, me podrían casar con el joven que yo prefiriera. Debido a esto, nunca contesté aquellas cartas, y así, no alentarlo en sus esperanzas de alcanzar su deseo, pero en vez de calmarlo, esto avivó más su lascivo apetito, que así llamaré a esa voluntad que me mostraba; la cual, de haber sido cierta, no la estarían escuchando ahora. Don Fernando supo de las intenciones de mis padres, y una noche, estando yo en mis habitaciones con la compañía de una doncella que me atendía, teniendo bien cerradas las puertas para proteger mi honestidad, no sé cómo, apareció ante mí. Su presencia me turbó y no pude llamar a nadie, aunque creo que él no me hubiera dejado, porque al instante se llegó a mi lado, me tomó entre sus brazos y comenzó a decirme tales cosas, que ahora no sé cómo pudo mentir tanto. Hacía el traidor que sus lágrimas acreditaran sus palabras, y los suspiros su intención. Yo, sin experiencia en esto, comencé a creer aquellas falsedades. Yo le dije que “mi honestidad sería únicamente para el que fuera mi esposo”, y el me contestó, “si no reparas más que en eso, bellísima Dorotea, (que ese es mi nombre), eso será, y que sean testigos de esta verdad los cielos, a quien ninguna cosa se esconde, y esta imagen de Nuestra Señora que ahí tienes”.

Cuando Cardenio le oyó decir que se llamaba Dorotea, se sobresaltó y dijo:

– ¿Qué Dorotea es tu nombre, señora? Otra conozco que debe sufrir tus mismas desdichas, pero ahora continúa, que luego te contaré algo que a lo mejor te lastimará.

Dorotea le pidió que le contara ya, pues lo bueno que le había dejado la fortuna era el ánimo que tenía para sufrir cualquier desastre que le viniera.

– Es solo algo que imagino – dijo Cardenio.

– Sea lo que sea – respondió Dorotea -, lo que en mi cuento pasó es que don Fernando tomó la imagen y la puso por testigo de nuestro desposorio; con gran elocuencia y juramentos extraordinarios me dio la palabra de ser mi marido. Le pedí que lo meditara, pues el duque podría molestarse, y que no se cegara solo por mi hermosura y que si un bien me quería hacer, por el amor que me tenía, era esperar un poco, pues los desiguales casamientos nunca se gozan ni duran mucho como al principio. Esto y muchas otras cosas más le dije, pero él continuaba insistiendo; entonces me dije a mi misma: “Sí, no seré yo la primera que por vía del matrimonio suba de humilde a elevada condición, ni será don Fernando el primero a quien la hermosura, o ciega afición, tome por compañía una pareja desigual. Lo importante entonces, es que ante Dios, seré su esposa. Y creo que si lo despido, tomará mi honra a la fuerza, y quedaré deshonrada y sin él”. Estas y otras razones se revolvieron en mi imaginación, y me inclinaron a hacer aquello, que fue mi perdición. Así que, llamé a mi sirvienta y la puse como otro testigo, mientras don Fernando prometía nuevamente el cielo y la tierra; me apretó más entre sus brazos mientras yo veía a la doncella salir de mis aposentos. Así, dejé de ser doncella y el se transformó en el mayor traidor y mentiroso del planeta. En la mañana, cuando se despidió, me aseguró nuevamente sus intenciones mientras se quitaba un rico anillo y lo ponía en el mío. El se fue, y yo quedé ni sé si triste o alegre, pero sí confusa y pensativa y casi fuera de mí con lo que había pasado, que en ese momento no sabía si era bueno o malo, y no tuve ánimo para reclamarle a mi doncella, que fue quien metió a don Fernando a mis aposentos. Al partir, le dije que podía volver al día siguiente, pues ya era suya. Pero no volvió. Todo aquello me trastornó pero procuraba no mostrarlo para que mis padres no me fueran a preguntar las razones de mi desconsuelo. Pero al final, mis desdichas se mostraron, pues me di cuenta que don Fernando se había casado con una doncella hermosísima, cuyo nombre era Luscinda.

Al oír aquel nombre, Cardenio se encogió de hombros, se mordió los labios, enarcó las cejas y dejó caer por sus ojos dos fuentes de lágrimas. Dorotea siguió su cuento:

– Al oír esto, fue tanta la cólera y la rabia que se encendió en mi corazón, que ganas tuve de salir a las calles y gritar su traición. Pero en vez de esto, me vestí de labrador y fui hasta la ciudad donde sabía que estaba mi enemigo. Llegué en dos días y medio, pues iba a pie; averigüé donde estaba la casa de los padres de Luscinda, y mientras me la señalaban, me contaron todo lo que pasó en la boda. Lo más importante es que luego que ella le dio el sí, se desmayó, y al querer darle aire, le encontraron un papel, donde ella confesaba que no podía ser esposa de don Fernando, porque ya lo era de Cardenio, que según me contaron, era un hidalgo de esa ciudad, y que había dicho sí solo por obedecer a sus padres. La nota decía que se iba a matar, lo cual fue confirmado por una daga que le encontraron; y viendo esto don Fernando, se creyó burlado y tomando la daga quiso matar a Luscinda, cosa que evitaron sus padres y los demás que ahí estaban. Dicen que Cardenio estaba escondido en la boda y que al oír aquel sí, salió de la ciudad desesperado, dejando una carta donde decía sentirse traicionado por Luscinda y que por eso se iría a donde nadie lo encontrara. Cuando Luscinda supo esto, escapó de la casa dejando a los padres perturbados y haciendo lo imposible por encontrarla. Esto me hizo creer que podía recuperar a don Fernando, y que esto que pasaba, eran designios del cielo. Estando en la ciudad, sin saber qué hacer, pues no hallaba a don Fernando, llegó a mis oídos una proclama pública, donde se prometía una recompensa, a quien me hallara. Decían que el labrador que me acompañaba me había sacado de casa, lo que me ofendió bastante, ya que veía cuán desacreditada estaba mi honra. Salí de la ciudad con mi criado, el cual estaba muy asustado por lo que le podía pasar, y entramos a estas montañas, con la intención de no ser hallados. Pero como el mal llama a otro, estando aquí, el mozo quiso aprovecharse y me declaró sus deseos, y, viendo que yo con feas y justas palabras respondía a las desvergüenzas de sus propósitos, dejó aparte los ruegos y comenzó a usar la fuerza. Pero el justo cielo me ayudó y pude empujarlo a un precipicio, donde lo dejé, ni sé si muerto o vivo; y luego me metí en estas montañas, con la intención de huir de todos aquellos que me buscan. Un día, encontré a un ganadero que me contrató como su criado, al cual he servido como mozo todo este tiempo, tratando de estar en el campo para que no descubriera que soy mujer. Pero al fin y al cabo, se enteró y quiso aprovecharse al igual que mi criado, pero esta vez no encontré ningún precipicio ni barranco que me ayudara, por lo que huí y tuve que esconderme de nuevo en estas sierras, donde he querido, con lágrimas y suspiros, rogar al cielo que se apiade de mi desventura y me ayude, ya sea a salir de aquí, o a dejar la vida entre estas soledades, sin que quede memoria de mi tristeza ni de las causas que hacen que se murmure de mí.

 

 

 

CAPÍTULO TRIGÉSIMO SEXTO

 

QUE TRATA DE LA DESCOMUNAL BATALLA QUE DON QUIJOTE TUVO CON UNOS CUEROS DE VINO Y OTROS SUCESOS.

 

Estando en esto, el dueño del albergue, que estaba en la puerta dijo:

– Esto que ahí viene es una hermosa tropa de huéspedes; si ellos se detienen aquí, tendremos fiesta.

– ¿Quiénes son? – preguntó Cardenio.

– Cuatro a caballo – respondió el dueño – con antifaces negros, lanzas y espadas, y con ellos, una mujer vestida de blanco, en una silla especial, con el rostro cubierto, y además, dos mozos a pie.

– ¿Están cerca? – preguntó el cura.

– Tan cerca – respondió el ventero -, que ya llegan.

Oyendo esto Dorotea, se cubrió el rostro y Cardenio entró en el aposento de don Quijote; y casi no habían tenido lugar para esto, cuando todos entraron en la posada. Los que venían a caballo, ayudaron a la mujer a descender, y la colocaron en una silla cerca de donde Cardenio se había escondido. En todo este tiempo, ninguno se había quitado el antifaz, ni dicho una sola palabra: solo que al sentarse, la mujer dio un profundo suspiro y dejó caer los brazos, como persona enferma y desmayada.

Viendo esto el cura, y deseoso de saber quién era aquella gente, se acercó a uno de los mozos y le expresó sus dudas.

– Señor – dijo el mozo -, yo no sé. Yo solo sé que es un señor importante ese que bajó a la señora, y digo esto, porque todos le tienen respeto y se hace solo lo que él ordena y manda.

– Y la señora ¿quién es? – preguntó el cura.

– Tampoco sé – respondió el mozo -, porque hace solo dos días que vamos con ellos, y en todo el camino no le he visto el rostro. Suspira mucho, y da unos gemidos, que parece que con cada uno quiere entregar el alma.

– ¿No has escuchado el nombre de ninguno? – preguntó el cura.

– No – dijo el mozo -, porque todos caminan con tanto silencio, que a veces da miedo. A mí me parece que esa señora va forzada, y que, por su vestimenta, ella es o va a ser monja, y de ahí su tristeza.

Y dejando a este mozo, se fue a donde estaba Dorotea, la cual, se había colocado al lado de la señora y le dijo:

– ¿Te sientes mal, señora mía? ¿ Necesitas que te ayude?

La señora no dijo nada; el que se dirigió a Dorotea fue el caballero a quien todos obedecían, y dijo:

– Nada puedes hacer, señora, porque ella tiene por costumbre no responder ni agradecer nada que se le hace. Y si te responde, a lo mejor serán mentiras.

– Jamás dije mentiras – protestó la dama -, y más bien por decir siempre la verdad, es que estoy así, con esta mi desventura.

Oyó estas razones Cardenio que estaba escondido atrás de ella, y exclamó:

– ¡Dios mío! ¿Qué oigo? ¿Qué voz es esta que ha llegado a mis oídos?

Volvió la cabeza a estos gritos aquella señora, toda sobresaltada, y no viendo quién los daba, se levantó y quiso precipitarse en aquel cuarto, pero fue detenida por el caballero. En este momento, con la turbación por ella experimentada, se le cayó el antifaz y mostró la belleza incomparable y el rostro milagroso que tenía. Sus ojos escudriñaban todo el lugar, y en la forma que lo hacía, bien se diría que era una loca. El caballero la tenía fuertemente asida de los brazos, y en el forcejeo, también a él se le cayó el antifaz, y alzando los ojos Dorotea, descubrió que era don Fernando, y apenas lo hubo conocido, cuando, brotando un “¡ay!” desde lo más profundo de su ser, cayó desmayada en los brazos del barbero.

Acudió el cura y le quitó el sombrero para poderle mojar la frente, y así, la conoció don Fernando, el cual quedó como muerto al verla; Oyó Cardenio el “¡ay!” que dio Dorotea y creyó que era Luscinda, por lo que se precipitó despavorido, afuera del cuarto, y lo primero que vio fue a don Fernando, que sujetaba a Luscinda. También don Fernando conoció a Cardenio, y en este momento, todos quedaron mudos, sin saber lo que pasaba.

Callaban todos y mirábanse todos, Dorotea a don Fernando, don Fernando a Cardenio, Cardenio a Luscinda, y Luscinda a Cardenio. La primera que rompió el silencio fue Luscinda, que dijo a don Fernando:

– Déjame, déjame llegar a aquel de quien no me han podido alejar tus amenazas, tus promesas ni tus regalos. Mira que el cielo ha puesto en estos desolados caminos, a mi verdadero esposo, a quien solo la muerte podría borrar de mi memoria. Y si quieres matarme, hazlo, que morir delante de mi buen esposo, será lo más grande de mi vida.

Dorotea que ya había vuelto en sí, escuchaba a Luscinda, y precipitándose hacia don Fernando, se puso de rodillas y dijo:

– Quizás, por estar sujetando a esta dama, no te has dado cuenta que la que aquí se arrodilla, es aquella a quien tú mantienes en la desdicha. Yo soy aquella labradora humilde a quien tú, por tu bondad o por tu gusto, quisiste levantar al altar para llamarse tuya; soy la que encerrada en los límites de la honestidad, vivió contenta hasta que te entregó las llaves de su libertad, regalo que mal apreciaste y que me ha traído hasta estos perdidos lugares. No vayas a pensar que vine aquí huyendo de mi deshonra, vine, por el dolor y sentimiento de verme de ti olvidada. Tu quisiste que yo fuera tuya y ahora yo no puedo dejar que tu seas mío. Tu no puedes ser de la hermosa Luscinda, porque eres mío, ni ella puede ser tuya, porque es de Cardenio; y más fácil será, obligarte a querer a quien te adora, que obligar a que te quiera la que te aborrece. Tu solicitaste mi descuido, tu rogaste a mi entereza, tu no ignoraste mi calidad, tu sabes bien de la manera que me entregué a ti, y entonces, ¿por qué tanto rodeo en hacerme tan feliz, como lo hiciste al principio? Y si no me quieres por esposa, al menos acéptame por esclava, que con eso seré feliz y dichosa. No me dejes desamparada, y no permitas tan mala vejez a mis padres, que por servir bien a tu familia, no la merecen. Por último te digo, que quieras o no, yo soy tu esposa: testigo son tus palabras y el cielo a quien prometiste amarme eternamente.

Estas y otras razones dijo la lastimada Dorotea, con tanto sentimiento y lágrimas que todos los presentes se sintieron obligados a hacerle compañía. Don Fernando la escuchó sin replicarle palabra, en tanto que Luscinda estaba con muchos deseos de abrazarla para consolarla, pero las manos de don Fernando no se lo permitían. Luego, confuso y asombrado, soltó a Luscinda y dijo:

– Venciste, hermosa Dorotea, venciste; porque no es posible tener ánimo para negar tantas verdades juntas.

Cardenio acudió a sostener a Luscinda, la cual parecía volver a caer, y cogiéndola entre sus brazos, le dijo:

– Si el piadoso cielo quiere que tengas algún descanso, leal, firme y hermosa señora mía, en ninguna parte creo que lo tendrás más seguro que en estos brazos que ahora te reciben.

Al oír esto, Luscinda posó sus ojos en Cardenio, y al mirarlo, casi fuera de sí y sin tener cuenta a ningún honesto respeto, le echó los brazos al cuello y, juntando su rostro con el de Cardenio, le dijo:

– Tu sí, señor mío, eres el verdadero dueño de esta cautiva, que no puede vivir sin ti.

Extraño espectáculo fue este para don Fernando y para los demás. Dorotea creyó que don Fernando quería sacar la espada para atacar a Cardenio, y para evitarlo se abrazó más a él, y sin dejar de llorar, le dijo:

– ¿Qué piensas hacer, refugio mío, en este impensado trance? Tu tienes a tus pies a tu esposa, y la que quieres que lo sea, está en brazos de su marido. Mira si te parece bien deshacer lo que el cielo ha hecho, o si te convendrá querer obligar a la que está embriagada en el licor amoroso y refugiada en el pecho y rostro de su verdadero esposo. Por Dios te pido, que no aumentes tu ira, y que dejes a estos amantes la quietud y el sosiego que el cielo ha querido darles, y en esto, mostrarás la generosidad de tu ilustre y noble pecho, y verá el mundo que tiene contigo más fuerza la razón que el apetito.

Todo esto pasaba sin que Cardenio quitara los ojos de don Fernando, con determinación de defenderse y atacar como mejor pudiera, a todos aquellos que estuvieran en su contra, aunque le costara la vida. Pero a esta sazón acudieron todos, incluido Sancho, y rodearon a don Fernando, suplicándole que mirara bien las lágrimas de Dorotea, y que no permitiera que quedaran defraudadas aquellas esperanzas; que considerara que era un deseo del cielo el que todos se juntaran ahí en tan recóndito lugar; y que advirtiera – dijo el cura – que solo la muerte podría separar a Luscinda de Cardenio, y que aún en ésta, ambos se encontrarían muy felices, y que pusiera los ojos en la bella Dorotea para que pudiera ver que nadie o pocas, la podía igualar. También le recordó el cura, que debía cumplir su palabra, pues cumpliéndola, lo haría con Dios.

En efecto, todos, a estas razones añadieron otras, tales y tantas, que el valeroso pecho de don Fernando se ablandó y se dejó vencer por aquella verdad, que aunque quisiera, no podía negar. En eso, abrazó a Dorotea, diciéndole:

– Levántate, señora mía, que no es justo que esté a mis pies, la que yo tengo en mi alma; y si hasta aquí no he dado muestras de lo que digo, ha sido quizás porque el cielo así lo ha querido, para mostrarme tu amor y para que te tenga en la estima que mereces. Ahora Luscinda alcanzó lo que deseaba, y yo he encontrado en ti lo que necesito; viva ella segura y contenta largos y felices años con su Cardenio, que yo rogaré al cielo que me los deje vivir con mi Dorotea.

Y, diciendo esto, la tornó a abrazar y la besó, con tan tierno sentimiento, que las lágrimas mostraban señales de su amor y arrepentimiento. Y viendo todos, a los cuatro amantes, las lágrimas brotaron tantas, que no parecía sino que algún grave y mal caso a todos había sucedido. Hasta Sancho Panza lloraba, aunque después dijo que lo hacía al comprender que Dorotea no era la princesa Micomicona, de quien él tantas mercedes esperaba. Al final, todo terminó en un abrazo fuerte y sincero de todos los involucrados.

Don Fernando contó luego, que después de hallar aquel papel donde Luscinda decía que era la mujer de Cardenio, la quiso matar, pero que se lo impidieron sus padres, y, que así, se salió de la casa confundido y despechado, con la determinación de vengarse luego. Y cuando supo que Luscinda se había ido de su casa, y se había refugiado en un monasterio, planeó la manera de raptarla, y así, esperó un día a que el portón estuviera abierto, y la sacó, sin que nadie se opusiera, pues el monasterio estaba en el campo y muy lejos del pueblo. Dijo que así cuando Luscinda se vio en su poder, perdió todos los sentidos, y que al volver en sí, no había hecho otra cosa que llorar y suspirar, sin hablar palabra alguna, y que, así, acompañados de silencio y de lágrimas, habían llegado a esta posada, que para él, ahora, era haber llegado como al cielo, pues ahí se habían acabado todas las desventuras de la tierra.

 

 

 

 

CAPÍTULO CUADRIGÉSIMO TERCERO

 

DONDE SE CUENTA LA HISTORIA DEL MOZO DE MULAS CON OTROS SUCESOS ACAECIDOS EN LA POSADA

 

– Marinero soy de amor

y en el mar grande y profundo

navego sin esperanza

de hallar un puerto fecundo.

Siguiendo voy a una estrella

y para ella estoy listo,

es bella y resplandeciente

como ninguno la ha visto.

Yo no sé adónde me guía

y, así, navego confuso,

mi alma, la sigue atenta,

mas de cuidados, abuso.

Cautelas impertinentes,

Honestidad contra un muro,

Son nubes que me la esconden

Cuando más verla procuro.

¡Oh clara y luciente estrella

para todo, eres mi cura!

si acaso desapareces

mi muerte, será segura.

 

Llegando el que cantaba a este punto, le pareció a Dorotea que no sería bien que Clara – la hija del juez – se quedara sin oír aquella buena voz y, así, despertándola, le dijo:

– Perdona que te despierte, pero quiero que oigas esa maravillosa voz.

Al escuchar, se estremeció y se abrazó a Dorotea, diciendo:

– ¡Ay señora de mi alma y de mi vida! ¿Para qué me despertaste? Que lo mejor que me podía pasar era no escuchar a ese desdichado músico.

– ¿Qué es lo que dices, niña? No es más que un mozo de mulas, ese que canta.

– No – dijo Clara -, es un señor de mi ciudad, y el lugar que tiene en mi alma es tan seguro, que si él no quiere dejarlo, lo tendrá eternamente.

Admirada quedó Dorotea y le dijo:

– No te entiendo, Clara. ¿Podrías aclarármelo más? Pero después, que ahora quiero escuchar esa voz que ya comienza de nuevo.

Y viendo que Clara se tapaba los oídos, Dorotea prestó atención y vio que de esta manera seguía:

 

– Dulce esperanza mía,

que rompiendo imposibles y malezas

sigues firme la vía

que tu misma te finges y aderezas:

no te desmaye el verte

a cada paso junto al de tu muerte.

No alcanzan perezosos

honrados triunfos ni victoria alguna,

ni pueden ser dichosos

los que, no contrastando a la fortuna,

entregan desvalidos

al ocio blando todos los sentidos.

Que amor sus glorias venda

caras, es gran razón y es trato justo,

pues no hay más rica prenda

que la que se valora por su gusto,

y es cosa manifiesta

que no es de estima lo que poco cuesta.

Amorosas porfías

tal vez alcanzan imposibles cosas;

y, así, aunque con las mías

sigo de amor las más dificultosas,

no por eso recelo

de no alcanzar desde la tierra el cielo.

 

Aquí se calló la voz y Clara comenzó a sollozar. Luego, se acercó al oído de Dorotea y, así, le dijo:

– Este que canta, señora, es un caballero vecino de la casa de mi padre, enamorado de mí. Desde que me vio, me lo ha dado a entender con tantas señas y tantas lágrimas, que yo he terminado creyéndolo. Entre las señas que me hacía, entendí que quería casarse conmigo, y aunque nunca nos hemos hablado, yo no sé cómo, se dio cuenta de la partida de mi padre, lo que le causó mucha pesadumbre, y a mí también, porque el día que salimos, no pude despedirme de él, ni con los ojos. Pero después de dos días de habernos venido, lo vi en la puerta de una posada, vestido como mozo de mulas, que si yo no lo conociera bien, me hubiera sido imposible reconocerlo. Por eso, es que me muero de pesar, pues sé que viene a pie por causa del amor que me tiene. No sé con qué intención viene, ni cómo ha podido dejar a su padre, siendo el único heredero. Y eso que canta, es de su invención, pues es gran estudiante y poeta. Es por eso que me pongo nerviosa, cuando lo oigo cantar, pues tengo miedo que mi padre se entere de nuestros deseos. En toda mi vida, nunca le he dirigido la palabra y, con todo eso, lo quiero tanto que sé, me será imposible vivir sin él. Pues eso es todo, señora mía, que ese que parece mozo de mulas, es el señor de mi alma.

– Entiendo – dijo Dorotea -, no me cuentes más, y esperemos a que venga el nuevo día, que yo espero, con la ayuda de Dios, encaminar tus deseos para que tengan un final feliz.

– ¡Ay, señora! – dijo doña Clara -, ¿qué final feliz se puede esperar si su padre es tan importante y rico que no permitirá que se case conmigo? Ojalá que él se regrese, ya que al no verlo, y estar tan lejos, quizás se me alivie la pena que siento. No sé cómo me he enamorado, siendo yo tan joven, y él también, que creo somos de la misma edad, y yo apenas voy a cumplir diez y seis años

– Descansemos, señora – dijo Dorotea -, ya verás que en la mañana todo se arreglará.

Cuando la posada estaba silenciosa, la hija del dueño y Maritornes decidieron hacerle alguna burla a don Quijote, que se paseaba frente a la puerta principal haciendo la guardia.

Por un agujero que había en la pared, vieron que don Quijote estaba sobre el caballo, recostado sobre su lanza, dando de vez en cuando tan dolientes y profundos suspiros, que parecía que cada uno le arrancaba el alma; y así mismo oyeron que decía con voz suave, melodiosa y amorosa:

– ¡Oh mi señora Dulcinea del Toboso, extremo de toda hermosura, fin y remate de la discreción, archivo del mejor donaire, depósito de la honestidad y, por último, ideal de todo lo provechoso, honesto y deleitable que hay en el mundo! ¿Qué harás en este momento? ¿Pensarás en tu cautivo caballero, que a tantos peligros, por solo servirte, se expone? Dame noticias de ella, ¡oh luna¡ ¿O es que tienes envidia de su hermosura? Me la imagino paseándose por sus suntuosos palacios, calmando la tormenta que por ella padece, este mi corazón sufrido, qué gloria ha de dar a mis penas, qué sosiego a mi cuidado y, al fin, qué vida a mi muerte y qué premio a mis servicios. Y tú, sol, que ya debes estar apurado por salir y ver a mi señora, te ruego le des mis saludos cuando la veas, pero no la beses, porque me causarás muchos celos.

– Señor mío – dijo la hija del dueño -, acérquese, si es tan amable.

Don Quijote vio aquel agujero desde donde lo llamaban, y su imaginación creyó que la doncella hermosa, hija de la señora de aquel castillo, vencida de su amor tornaba a solicitarlo, y con este pensamiento, por no mostrarse descortés y desagradecido, picó a Rocinante para acercarse a aquel agujero y, al ver a las dos muchachas, les dijo:

– Le tengo lástima, hermosa señora, de que haya puesto su amor en quien no puede corresponderle como usted se merece. Perdóneme, buena señora, busque sus aposentos y no me muestres sus deseos pues me veré obligado a mostrarme desagradecido; y si en mí encuentra otra cosa que no sea amor, pídala, que yo se la daré, aunque me pida un mechón de los cabellos de la Medusa que eran todos culebras, o los mismos rayos del sol encerrados en una vasija de vidrio.

– No necesita nada de eso mi señora, señor caballero – dijo Maritornes.

-¿Entonces qué necesita? – preguntó don Quijote.

– Solo una de tus hermosas manos – dijo Maritornes -, para ahogar su deseo. Mira que su honor está en peligro, y si su padre la ve, seguro que la partirá en mil pedazos.

– ¡Ya quisiera yo ver eso! – respondió don Quijote -. Pero no lo hará, si no quiere ser el más infeliz padre del mundo, por haber puesto sus manos en los delicados miembros de su enamorada hija.

Maritornes corrió a traer el cabestro del burro de Sancho y lo colocó delante del agujero al mismo tiempo que don Quijote se ponía de pie sobre su caballo para alcanzarlo y meter la mano por ahí. Luego dijo:

– Tenga, señora, esta mano, o mejor dicho, este verdugo de los malhechores del mundo; tenga esta mano, digo, a quien no ha tocado ninguna mano de mujer, ni aún aquella que es dueña de todo mi cuerpo. No se la doy para que la bese, sino para que mire la contextura de sus nervios, la trabazón de sus músculos, la anchura y espaciosidad de sus venas, de donde podrá ver la fuerza del brazo que tal mano tiene.

– Ahora lo veremos – dijo Maritornes.

Y amarrando la mano al cabestro, ató el otro extremo al cerrojo de la puerta del pajar, muy fuertemente. Don Quijote al sentir la aspereza de la cuerda en su muñeca, dijo:

– Más parece que la señora me araña y no me acaricia. No la trate tan mal, que ella no tiene la culpa de lo que mi voluntad hace, y no está bien que cargue su venganza en tan poca parte. Mire que el que bien ama no se vale de tan mala venganza.

Esto, nadie lo oía, pues ambas muchachas ya se habían ido muertas de risa.

Estaba, pues, de pie sobre Rocinante, metido todo el brazo por aquel agujero, y atado de la muñeca al cerrojo de la puerta, con gran temor y cuidado pues si su caballo se movía un poco, quedaría colgado del brazo; y, así, no osaba moverse ni un poco y esperaba lo mismo de la paciencia y quietud de Rocinante.

Al verse en ese estado, comenzó a creer que todo eso era un encantamiento, como el anterior, cuando lo molió a palos aquel moro encantado; y maldiciendo para sí su poca discreción y astucia, se lamentaba de haberse dejado engañar por segunda vez. Con todo esto, tiraba de su brazo, con mucho cuidado para no trastornar a su caballo, para ver si podía soltarse, pero estaba tan bien amarrado, que todos sus intentos fueron en vano.

Llamó a todos los caballeros andantes que recordó, a los sabios que podían deshacer aquel encantamiento, a Sancho, que dormía profundamente, pero finalmente, lo alcanzó la mañana tan desesperado y confundido, que bramaba como un toro, pensando que aquel embrujo sería eterno y que él y Rocinante estarían ahí, sin comer ni beber ni dormir, hasta que otro encantador más sabio lo desembrujara.

Pero estaba engañado, pues al rato, llegaron a la posada cuatro caballeros a caballo, bien vestidos y armados. Llamaron a la puerta, con fuertes golpes, lo cual visto por Don Quijote, con voz arrogante y alta dijo:

– Caballeros o escuderos o quienquiera que sean, no tienen que llamar a las puertas de este castillo, que bastante claro está que a tales horas o los que están dentro duermen o no tienen por costumbre abrir las fortalezas hasta que el sol esté más alto. Aléjense un poco y esperen a que aclare el día, y entonces veremos si será justo o no que les abran.

– ¡Qué diablos de fortaleza o castillo es este – dijo uno -, para obligarnos a tales ceremonias? Si eres el dueño, manda que nos abran, que queremos comer y andamos de prisa.

– ¿Les parece que yo tengo talla de propietario de albergue? – respondió don Quijote.

– No sé de qué tienes talla – respondió otro -, pero sí sé que dices disparates al llamar castillo a esta posada.

– Castillo es – replicó don Quijote -, y de los mejores de esta provincia, y adentro hay gente que ha tenido cetro en la mano y corona en la cabeza.

– A lo mejor son actores de los que hablas – dijo otro -, porque en una posada tan pequeña y donde se guarda tanto silencio como en esta, no creo yo que se alojen personas dignas de corona y cetro.

– Saben poco del mundo – dijo don Quijote -, pues ignoran las cosas que pueden pasar en la caballería andante.

Cansados de platicar con don Quijote, volvieron a tocar la puerta con más fuerza; y fue así que el dueño y todos los demás, despertaron. Sucedió mientras tanto, que uno de los caballos recién llegados, se acercó a Rocinante, que, melancólico y triste, con las orejas caídas, sostenía sin moverse a su estirado señor; un poco se movió y don Quijote se deslizó de la silla y quedó colgado del brazo, cosa que le causó tanto dolor, que creyó o que la muñeca le cortaban o que el brazo se le arrancaba. Con la punta de los pies, rozaba el suelo, y por alcanzarlo, se estiraba y fatigaba, acrecentando su dolor.

 

 

 

 

CAPÍTULO QUINCUAGÉSIMO

 

DE LAS DISCRETAS DISPUTAS QUE DON QUIJOTE Y EL SACERDOTE TUVIERON

 

-¡Bueno está eso! – respondió don Quijote -. Los libros que salen con permiso de las autoridades y son leídos por todo género de personas de cualquier estado y condición, ¿son mentiras, aún cuando cuentan los orígenes, los parientes, la edad, las hazañas y toda la vida punto por punto de tal o cual caballero? Calle y no blasfeme. Léalos y disfrútelos. Dígame, ¿qué mayor gozo se puede hallar que leer de un lago de resinas hirviendo, en el cual nadan espantosas criaturas, y que del centro sale una voz triste que dice: “Tú, caballero, quienquiera que seas, que miras el temeroso lago. Demuestra el valor de tu pecho arrojándote en la mitad de su negro y maloliente licor, porque de no hacerlo, no serás digno de ver las grandes maravillas que encierran y contienen los siete castillos de las siete hadas que bajo esta gran negrura yacen”? ¿Y que apenas no ha acabado de oír la tenebrosa voz, cuando ya se sumerge en el bullente lago, sin pensar en los peligros y encomendándose a su señora y a Dios, donde encuentra unos maravillosos campos floridos? Allí le parece que el cielo es más transparente y que el sol luce con claridad más nueva. Los frondosos árboles son más verdes y los cantos de los pájaros más dulces. Aquí descubre un arroyuelo, cuyas frescas aguas, corren sobre menudas arenas y blancas pedrezuelas de oro y perlas. Allá ve una fuente artificial de jaspe y de liso mármol. Más allá ve un castillo cuyas murallas son de oro macizo, y de sus puertas, salen muchas doncellas de coloridos trajes que toman de la mano al caballero para irlo a bañar y vestirlo con perfumada ropa. Esto y mucho más, pero para no alargar el cuento, pararé aquí con esta historia de caballero andante que con toda seguridad causará gusto y maravilla a quien la lea. Le repito, que debe leer estos libros, pues de mí, sé decir, que desde que soy caballero andante soy valiente, prudente, bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de trabajos, de prisiones, de encantos; y hoy me ve encerrado en una jaula como loco, pero mañana me verá, debido al valor de mi brazo, como rey de un algún reino, en donde podré mostrar el agradecimiento que mi pecho encierra. Será entonces, que podré dar a mi escudero, un condado, aunque creo que no tiene habilidad para gobernarlo.

Estas últimas palabras oyó Sancho, por lo que dijo:

– Deme ese condado, señor don Quijote, que yo le prometo que no me faltará habilidad para gobernarlo; y si me falta, contrataré a algunos que me cuiden el reino mientras yo dormiré a pierna suelta, gozando de los ingresos que del condado vengan.

– Eso, hermano Sancho – dijo el sacerdote -, de gozar los ingresos, está bien; pero el administrar justicia solo lo puede hacer el señor del estado, con su habilidad y buen juicio, y principalmente con la buena intención de acertar. Si hay falta en los principios, siempre irán equivocados los medios y los fines.

– No conozco esas filosofías – respondió Sancho -, pero sé que al tener el condado sabré cómo regirlo, pues tengo tanta alma como los demás, y tanto cuerpo como el que más, y tan rey sería yo de mi estado como cada uno del suyo. Así, al tenerlo, haría lo que yo quiera; y al hacer lo que yo quiera, haría mi gusto; y al hacer mi gusto, estaría contento; y al estar contento, no tendría más que desear; y no teniendo más que desear, que se acabe todo y me lleve Dios.

– No son malas filosofías esas, como tú dices, Sancho, pero con todo eso, hay mucho que decir sobre esta materia de gobernar condados.

A lo cual don Quijote replicó:

– Yo no sé si hay más que decir: yo solo me guío en Amadís de Gaula, que hizo a su escudero conde de la Isla Firme, y así, puedo yo sin escrúpulos de conciencia hacer conde a Sancho Panza, que es uno de los mejores escuderos que caballero andante ha tenido.

Admirado quedó el sacerdote de los concertados disparates que don Quijote había dicho y de la necedad de Sancho al desear alcanzar el condado que su amo le había prometido.

Al rato, comenzaron a comer, y estando en esto, de improviso, oyeron un gran estruendo y un sonido de campanas pequeñas que parecían venir de los arbustos cercanos, y al mismo instante vieron salir de entre aquellas malezas una hermosa cabra moteada de negro, blanco y pardo. Tras ella venía un cabrero gritándole, para que se detuviera o volviera al rebaño. La fugitiva cabra, temerosa y despavorida, se acercó a la gente, como a pedir auxilio, y allí se detuvo. Llegó el cabrero y, agarrándola por los cuernos, le dijo:

– ¡Ah, esquiva, montañosa, Manchada, Manchada, traviesa! ¿Qué lobos te asustan, hija? ¡Eres hembra y no puedes estar tranquila, que así es tu condición y la de todas aquellas a quienes imitas! Vuelve, vuelve, amiga, que, si no tan contenta, por lo menos estarás más segura en el rebaño o con tus compañeras: que si tú que las tienes que guiar y encaminar andas sin guía y tan desencaminada, ¿en qué podrán ellas parar?

– Por tu vida, hermano – dijo el sacerdote -, tranquilízate un poco y no te apresures en volver tan pronto al rebaño, que ya que ella es hembra, como dices, ha de seguir su natural instinto, aunque tú te opongas. Toma este bocado y bebe para que calmes tu cólera, y así, la cabra descansará.

Al ver el conejo de monte que le ofrecían, lo tomó y mientras bebía, dijo:

– Espero que por haberme visto platicar con este animal tan seriamente, no me tomen por hombre simple, pues en verdad no tienen misterio mis palabras. Rústico soy, pero no tanto, y sé como se debe tratar a las bestias, y como a los hombres.

– Eso lo veo – dijo el cura -, y yo ya sé que los montes crían letrados y las cabañas de los pastores encierran filósofos.

– A lo menos, señor – replicó el cabrero -, acogen hombres escarmentados; que eso soy, y si quieren oír mi historia, préstenme atención, que les contaré una verdad que acreditará lo que ese señor – señalando al cura – ha dicho, y la mía.

A esto respondió don Quijote:

– Esto me huele a aventura de caballería. Comienza pues, amigo, que todos escucharemos.

– Yo no – dijo Sancho -, que me voy a aquel arroyo con esta comida, donde pienso hartarme por tres días; porque he oído decir a mi señor don Quijote que el escudero de caballero andante ha de comer cuando se le ofrezca, hasta no poder más, porque las aventuras pueden durar hasta seis días, y en ellas no se encuentra nada que merendar.

– Estás en lo correcto, Sancho – dijo don Quijote -. Vete adonde quieras y come lo que puedas, que yo ya estoy satisfecho, y solo me falta darle al alma su postre, como se lo daré escuchando el cuento de este buen hombre.

– También nosotros alimentaremos nuestras almas – dijo el sacerdote.

Y luego rogó al cabrero que comenzara la historia. El cabrero dio dos palmadas sobre el lomo de la cabra, diciéndole:

– Acuéstate junto a mí, Manchada, que hay suficiente tiempo para volver al rebaño.

La cabra pareció entender, porque se tendió a su lado y lo quedó mirando al rostro como queriendo escuchar lo que el cabrero iba a decir. El cual comenzó su historia de esta manera:

 

 

 

 

CAPÍTULO TERCERO

 

DEL RIDÍCULO RAZONAMIENTO QUE PASÓ DON QUIJOTE, SANCHO Y EL BACHILLER SANSÓN CARRASCO

 

Muy pensativo quedó don Quijote, esperando al bachiller Carrasco, de quien esperaba oír las aventuras narradas en aquel libro, como había dicho Sancho, aunque le era difícil creer que existiera tal historia. Con todo eso, imaginó que algún sabio, por arte de encantamiento las habría escrito, si amigo, para engrandecerlas y levantarlas sobre las mas señaladas de caballero andante; si enemigo, para aniquilarlas y ponerlas debajo de las más viles que de algún vil escudero se hubieran escrito, ya que – decía entre sí – nunca hazañas de escuderos se escribieron; y si fuera verdad que la tal historia existiera, siendo de caballero andante, por fuerza había de ser grandilocuente, alta, insigne, magnífica y verdadera.

Con esto se consoló un poco, pero no tanto al pensar que su autor era árabe, según aquel nombre de Cide, y de ahí, que no se podía esperar verdad alguna, porque todos son embaucadores, falsos y mentirosos. Tenía temor de que sus amores hubieran sido tratados con alguna indecencia; deseaba que se mencionara su felicidad y el decoro que siempre había guardado a su señora Dulcinea, menospreciando reinas, emperatrices y doncellas, teniendo a raya los ímpetus de los naturales impulsos sexuales; y así, envuelto y revuelto en estos pensamientos, le hallaron Sancho y Carrasco, a quien recibió con mucha cortesía.

Era el bachiller, aunque se llamaba Sansón, pequeño, aunque muy astuto; pálido, pero de muy buen entendimiento; de unos veinte y cuatro años, carirredondo, de nariz chata y de boca grande, señales todas de ser de condición maliciosa y amigo de donaires y de burlas, como lo mostró al ver a don Quijote, poniéndose delante de él de rodillas, diciéndole:

– Deme su grandeza las manos, señor don Quijote de la Mancha, que es usted uno de los más famosos caballeros andantes que ha habido, y habrá, en toda la redondez de la tierra. Bien hizo Cide Hamete Benengeli, al escribir la historia de sus grandezas, y mejor hizo el curioso que tuvo el cuidado de traducirlas del árabe a nuestro vulgar castellano, para universal entretenimiento de las gentes.

Don Quijote lo levantó y le dijo:

– Entonces, ¿es verdad que hay una historia mía y que fue un moro y sabio el que la compuso?

– Es tan verdad, señor – dijo Sansón -, que creo que el día de hoy se han impreso más de doce mil libros de la tal historia: si no, dígalo Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso, y aun hay fama que se están imprimiendo en Amberes; y a mí se me hace que no ha de haber nación ni lengua donde no se traduzca.

– Una de las cosas – dijo a esta sazón don Quijote – que más debe de dar contento a un hombre virtuoso y eminente es verse, en vida, andar con buen nombre por las lenguas de las gentes, en un libro. Dije con buen nombre, porque, siendo al contrario, ninguna muerte se le iguala.

– Si por buena fama y si por buen nombre va – dijo el bachiller -, solo usted aventaja a todos los caballeros andantes; porque el autor y el traductor tuvieron cuidado de pintarnos muy al vivo su gallardía, el ánimo grande en acometer los peligros, la paciencia en las adversidades y el sufrimiento tanto en las desgracias como en las heridas, la honestidad y continencia en los amores tan platónicos suyos y de mi señora doña Dulcinea del Toboso.

– Nunca – dijo a este punto Sancho – he oído llamar con “don” a mi señora Dulcinea, sino solamente la señora Dulcinea del Toboso, y ya en esto anda errada la historia.

– En eso – respondió el bachiller – hay diferentes opiniones, como hay diferentes gustos: unos gozan la aventura de los molinos de viento; otros, la de las máquinas ruidosas; estos, la descripción de los dos ejércitos, que después parecieron ser dos manadas de carneros; aquellos alaban la del muerto que llevaban a enterrar a Segovia; uno dice que a todas se aventaja la de la libertad de los galeotes; otro, que ninguna iguala a la de los dos gigantes, con la pendencia del valeroso vizcaíno. No se le quedó nada – continuó Sansón – al sabio en el tintero: todo lo dice y todo lo apunta, hasta lo de las cabriolas que el buen Sancho hizo en la manta.

– En la manta no hice yo cabriolas – respondió Sancho -; en el aire sí, y aun más de las que yo quisiera.

– A lo que yo imagino – dijo don Quijote -, no hay historia humana en el mundo que no tenga sus altibajos.

– Con todo eso – respondió el bachiller -, dicen algunos que han leído la historia que se divirtieron con los infinitos palos que en diferentes encuentros dieron al señor don Quijote.

– Ahí entra la verdad de la historia – dijo Sancho.

– Eso lo pudieron callar – dijo don Quijote -, pues las acciones que ni mudan ni alteran la verdad de la historia no hay para que escribirlas.

– Así es – replicó Sansón -, pero una cosa es escribir como poeta, y otra como historiador: el poeta puede contar o cantar las cosas, no como fueron, sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir, como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna.

– Pues si dice las verdades ese señor moro – dijo Sancho -, seguro que mencionará los palos que a mí me dieron, pues, como dice el mismo señor mío, del dolor de cabeza han de participar los miembros.

– Pícaro eres, Sancho -, respondió don Quijote -. No te falta memoria cuando la quieres tener.

– Si yo quisiera olvidarme de los garrotazos que me han dado – dijo Sancho -, los moretones, que aún están frescos en las costillas, me lo recordarían.

– Calla, Sancho – dijo don Quijote -, y no interrumpas al señor bachiller, a quien suplico continúe diciendo lo que se dice de mí en la referida historia.

– Y de mí – dijo Sancho -; que también dicen que soy uno de los principales presonajes.

– Personajes, que no presonajes, Sancho amigo – dijo Sansón.

– ¿Otro reprochador de vocablos tenemos? – dijo Sancho -. Si sigue corrigiéndome, no acabaremos en toda la vida.

– De acuerdo, Sancho – respondió el bachiller -; tú eres la segunda persona de la historia, y lo bueno es oírte hablar, aunque también se dice que lo bueno es ver cómo creíste que podía ser verdad el gobierno de aquella isla ofrecida por don Quijote, aquí presente.

– Nunca es tarde – dijo don Quijote -, y mientras más viejo, con la experiencia que dan los años, estarás más idóneo y más hábil para ser gobernador, Sancho.

– Por Dios, señor – dijo Sancho -, la isla que yo no gobierne con los años que tengo no la gobernaré con los años de Matusalém. Lo malo está en que la dicha isla se esconde, no sé dónde, pero sé que no me falta el coco, o sea la cabeza, para gobernarla.

– Encomiéndalo a Dios, Sancho – dijo don Quijote -, que todo se hará bien, y quizá mejor de lo que piensas, pues no se mueve la hoja de un árbol sin la voluntad de Dios.

– Así es – dijo Sansón -, que, si Dios quiere, no le faltarán a Sancho mil islas que gobernar.

– Gobernadores he visto por ahí – dijo Sancho – que a mi parecer no llegan a la suela de mi zapato, y, con todo eso, los llaman “señoría”, y se sirven con cubiertos de plata.

– Esos no son gobernadores de islas – replicó Sansón -, sino de otros gobiernos más enclenques, que los que gobiernan islas por lo menos han de saber gramática.

– Con la grama bien me acomodo yo – dijo Sancho -, pero con la tica no me meto, porque no la entiendo. Pero dejando esto del gobierno en las manos de Dios, que me coloque en donde yo más sirva, digo, señor bachiller Sansón Carrasco, que no se imagina cuánto placer me ha dado saber que el autor de la historia haya hablado de mí, y de tal manera que no me enojan las cosas que de mí se cuentan: pero le aseguro, como buen escudero, que de haber dicho de mí cosas que no fueran muy de cristiano viejo, como soy, tendría que oírme.

– Para eso tendrías que hacer milagros – respondió Sansón.

– Milagros o no milagros – dijo Sancho -, que cada autor mire, cómo habla o cómo escribe de las personas, y no ponga atroche y moche lo primero que se le ocurra.

– Uno de los defectos que le ponen a la historia – dijo el bachiller – es que su autor puso en ella una novela titulada El Curioso Impertinente, no por mala ni por mal razonada, sino por no encajar con su historia, señor don Quijote.

– Yo apostaré – replicó Sancho – que ese árabe ha mezclado el agua con el aceite.

– Creo – dijo don Quijote – que no ha sido sabio el autor de mi historia, sino algún ignorante hablador, que a ciegas y sin pensar se puso a escribirla, salga lo que saliera, como aquel pintor que al pintar un gallo, tenía que escribir junto al cuadro: “Este es gallo”, porque de otra manera nadie lo sabría. Y ojalá no sea así mi historia, y necesite de comentarios para que se pueda entender.

– Eso no – respondió Sansón -, porque es tan clara, que no hay nada incomprensible en ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran; y, finalmente, es tan trillada y tan leída por todo género de gentes, que apenas han visto algún rocín flaco, cuando dicen: “Allí va Rocinante”. Todos la han leído: no hay mansión donde no se halle un don Quijote, unos lo toman si otros lo dejan, estos lo embisten y aquellos lo piden. Finalmente dicha historia es del más gustoso y menos perjudicial entretenimiento que hasta ahora se halla visto porque en toda ella no se descubre ni por error, una palabra deshonesta ni un pensamiento menos que católico.

– Escribir de otra manera – dijo don Quijote – , serían mentiras, y los historiadores que de mentiras se valen no valen ni un centavo; y yo no sé lo qué movió al autor a anexar novelas y cuentos ajenos, habiendo tanto que escribir de los míos. Pues solo en manifestar mis pensamientos, mis suspiros, mis lágrimas, mis buenos deseos y mis acometimientos tendría un volumen tan grande, que pequeña quedaría al lado, la obra monumental de Alfonso de Madrigal. En efecto, creo que para escribir libros, de cualquier suerte que sean, es menester un gran juicio y un maduro entendimiento. Decir gracias y escribir donaires es de grandes ingenios, pero la historia es como cosa sagrada, porque ha de ser verdadera, y donde está la verdad, está Dios, que es pura verdad; pero, no obstante esto, hay algunos que así componen y arrojan libros de sí como si fueran galletas.

– No hay libro tan malo – dijo el bachiller -, que no tenga algo bueno.

– No hay duda en eso – replicó don Quijote -, pero muchas veces acontece que los que tenían gran fama por sus escritos, al ponerlos en teatro la perdieron del todo o la menoscabaron en algo.

– La causa de eso es – dijo Sansón – que, como las obras impresas se miran despacio, fácilmente se ven sus faltas. Los hombres famosos por sus ingenios, los grandes poetas, los ilustres historiadores, muchas veces son envidiados por aquellos que tienen por gusto juzgar los escritos ajenos sin haber dado algunos propios a la luz del mundo.

– Eso no es de maravillar – dijo don Quijote -, porque muchos teólogos hay que no son buenos para el púlpito y son buenísimos para ver las faltas de aquellos a quienes predican.

– Certísimo, señor don Quijote – dijo Carrasco -, pero quisiera yo que los tales censuradores fueran más misericordiosos y menos escrupulosos, y consideren lo mucho que estuvo despierto el autor para dar a la luz su obra; y, así, digo que es grande el riesgo a que se expone el que imprime un libro siendo de toda imposibilidad imposible componerlo de tal manera que satisfaga y contente a todos los que le lean.

– El que de mí trata – dijo don Quijote – a pocos habrá alegrado.

– Al revés, que, incontables son los que han gustado de tal historia; y algunos han puesto falta y dolo en la memoria del autor pues se le olvidó contar, en la primera edición, quién fue el ladrón que hurtó el asno a Sancho, que allí no se lee, y solo se supone que se lo hurtaron, y de allí a poco le vemos a caballo sobre el mismo burro, sin haber aparecido. También dicen que se olvidó poner lo que Sancho hizo con aquellos cien escudos que halló en la maleta en Sierra Morena, que nunca más los nombra, y hay muchos que desean saber qué hizo con ellos, o en qué los gastó que es uno de los puntos sustanciales que faltan en la obra.

Sancho respondió:

– Yo, señor Sansón no estoy ahora para ponerme en cuentas ni cuentos, que tengo un vacío en el estómago, y necesito dos tragos de vino añejo, para no perder el control: en casa lo tengo, mi mujer me aguarda; así que cuando acabe de comer volveré y satisfaré su curiosidad y la de todo el mundo, tanto de la pérdida del jumento como del gasto de los cien escudos.

Y sin esperar respuesta ni decir otra palabra se fue a su casa.

Don Quijote pidió y rogó al bachiller se quedara a hacer penitencia con él, o sea a comer, a lo cual, el bachiller aceptó, quedándose y añadiendo a su dieta ordinaria, un par de pichones. En la mesa se habló de caballerías, y al terminar el banquete, durmieron la siesta, que finalizó con la vuelta de Sancho.

CAPÍTULO CUARTO

 

DONDE SANCHO RESPONDE LAS PREGUNTAS DEL BACHILLER CARRASCO

 

Volvió Sancho a casa de don Quijote y, volviendo a la pasada conversación, dijo:

– A la pregunta sobre el hurtó del burro, le digo que la noche misma que huyendo de la Santa Hermandad nos entramos en Sierra Morena, después de la aventura sin ventura de los galeotes, y de la del difunto que llevaban a Segovia. Pues ahí, mi señor en su caballo y yo sobre mi asno, molidos y cansados de las pasadas refriegas, nos pusimos a dormir como si fuera sobre cuatro colchones de pluma; mi sueño fue tan pesado, que alguien llegó me colocó sobre cuatro estacas y me quitó del asno sin que yo lo sintiera.

– Eso es cosa fácil, y le sucedió a Sacripante cuando, estando en el cerco de Albarca, con ese mismo truco le sacó el caballo de entre las piernas aquel ladrón llamado Brunelo.

– Amaneció – prosiguió Sancho -, y apenas me hube desperezado, cuando desequilibrando las estacas, di conmigo en el suelo una gran caída; busqué el burro, y no lo vi; se me llenaron de lágrimas los ojos, e hice una lamentación que, si no la puso el autor de nuestra historia, puede hacer cuenta que no puso cosa buena. Al cabo de no sé cuantos días, viniendo con la señora princesa Micomicona, reconocí mi asno, y venía sobre él en ropa de gitano Ginés de Pasamonte, aquel embustero y grandísimo maleante que soltamos, mi señor y yo, de la cadena.

– No está ahí el yerro – replicó Sansón -, sino en que antes de haber aparecido el burro, el autor dice que Sancho iba a caballo en el mismo asno.

– A eso – dijo Sancho – no sé qué responder, sino que el historiador se engañó, o quizás el editor.

– Así es, sin duda – dijo Sansón -, pero ¿qué se hicieron los cien escudos? ¿Se esfumaron?

Sancho respondió:

– Yo los gasté en mi familia, y por ellos mi mujer ha tenido paciencia con mi profesión de escudero: que si al cabo de tanto tiempo hubiera regresado sin dinero y sin burro, negra ventura me esperaba; y si hay más que preguntar, aquí estoy, que responderé al mismo rey en persona, y nadie tiene que meterse en saber si traje o no traje, si gasté o no gasté: que si los palos que me dieron se pagaran, otros cien escudos no podrían pagarme la mitad; y que cada quien se ponga la mano en la conciencia y se deje de juzgar lo blanco por negro y lo negro por blanco, que cada uno es como Dios lo hizo, y aun peor, muchas veces.

– Yo tendré cuidado – dijo Carrasco – de decir al autor que cuando la imprima de nuevo no se olvide de esto que el buen Sancho ha dicho, que servirá para realzar un poco más lo que en ella está escrito.

– ¿Hay otra cosa que enmendar es esa leyenda, señor bachiller? – preguntó don Quijote.

– Sí debe de haber – respondió él -, pero ninguna debe de ser de la importancia de las ya referidas.

– Y por ventura – dijo don Quijote – ¿promete el autor segunda parte?

– Sí – respondió Sansón -, pero dice que no la ha hallado ni sabe quién la tiene, y, así, estamos en duda si saldrá o no.

– ¿Y a qué se atiene el autor?

– A que – respondió Sansón – la buscará con todo su empeño, para luego imprimirla.

A lo que dijo Sancho:

– ¿Al dinero y al interés mira el autor? Difícil será que haga algo bueno porque las obras que se hacen aprisa nunca se acaban con la perfección que requieren. Ojalá que ese señor moro, mire lo que hace, que yo y mi señor le daremos tanta materia para que pueda componer no solo segunda parte, sino cien. Debe de pensar el buen hombre, sin duda, que ya no queremos salir, pero lo que yo le sé decir es que si mi señor siguiera mi consejo ya estaríamos en esas campañas deshaciendo agravios y enderezando tuertos.

No había terminado de decir esto Sancho, cuando llegaron a sus oídos relinchos de Rocinante, los cuales tomó don Quijote por buen agüero, y determinó de hacer en tres o cuatro días otra salida, y declarando su intención al bachiller, le pidió consejo para ver por donde comenzar su jornada; el cual le respondió que se fuera a la ciudad de Zaragoza, donde las fiestas de San Jorge, le harían ganar fama sobre todos los caballeros aragoneses, que eran los mejores del mundo. Le advirtió que anduviera más atento en sus aventuras, porque su vida ya no era suya, sino de todos los que necesitaban su amparo y su socorro.

– De eso reniego, señor Sansón, – dijo a ese punto Sancho -, porque tiempos hay de acometer y tiempos de retirar; no ha de ser una sola cosa siempre. Y más, que mi señor mismo me ha dicho, si mal no me acuerdo, que la valentía está en el centro entre lo que es la cobardía y la temeridad: y si esto es así, no quiero que huya sin tener un por qué, pero tampoco quiero que acometa solo por temeridad. Pero sobre todo le aviso a mi señor que si me voy con él ha de ser con la condición que él se lo ha de batallar todo, y que yo solo tengo que cuidar su limpieza y su comodidad; pero pensar que tengo que poner mano en la espada, aunque sea contra villanos malandrines, es un desaguisado. Yo, señor Sansón, no pienso ganar fama de valiente, sino del mejor y más leal escudero que jamás sirvió a caballero andante; y si mi señor don Quijote, obligado por mis muchos y buenos servicios, quisiera darme alguna isla de las muchas con las que nos encontraremos por ahí, recibiré mucha merced en ello; y si no me la da, ni modo, que no voy a vivir a la sombra de otro, sino de Dios. Sancho nací y Sancho pienso morir; pero si con todo esto, de repente y sin mucho riesgo, me da el cielo alguna isla, u otra cosa semejante, no soy tan necio, que la deseche; que también se dice: “Si te dan una vaquilla, corre con la soguilla”.

– Hermano Sancho – dijo Carrasco -, has hablado como un catedrático; pero, con todo eso, confía en Dios y en el señor don Quijote, que te ha de dar un reino, y no una isla.

– Da lo mismo – respondió Sancho -; aunque sé decir al señor Carrasco, que darme un reino no es echarlo en saco roto, pues ya me he tomado el pulso a mí mismo y me hallo con salud para regir reinos y gobernar islas, y mi señor lo sabe.

– Mira, Sancho – dijo Sansón -, que esos puestos cambian a la gente, y podría ser que al convertirte en gobernador no reconozcas ni a la madre que te parió.

– Eso puede ocurrir – respondió Sancho – con los que nacieron viles, pero no con los que tienen sobre el alma una gruesa capa de cristiano bueno, como yo la tengo. ¡No, sabiendo cómo soy, sé que no seré desagradecido!

– Dios te oiga – dijo don Quijote -, pero eso se verá cuando el gobierno venga, que ya me parece verlo.

Dicho esto, rogó al bachiller que, si era poeta, le hiciera el favor de componerle unos versos para despedirse de su señora Dulcinea del Toboso. El bachiller respondió que haría lo posible, pues él no era uno de los tres y medio poetas famosos que había en España. Quedaron es esto y en que la partida sería dentro de ocho días.

Encargó don Quijote al bachiller que guardara el secreto, especialmente al cura y al maestro Nicolás, y a su sobrina y al ama, para que no impidieran su honrada y valerosa determinación. Todo lo prometió Carrasco, y con esto, se despidieron.

 

 

CAPÍTULO DÉCIMO PRIMERO

 

DE LA ESTRAÑA AVENTURA QUE LE SUCEDIÓ A DON QUIJOTE CON LA CARRETA DE “LAS CORTES DE LA MUERTE”

 

Muy pensativo iba don Quijote considerando la mala jugada que le habían hecho los encantadores al transformar a su Dulcinea en aquella aldeana, y no saber qué remedio tendría que aplicar para volverla a su estado original; y estos pensamientos le llevaban tan fuera de sí, que sin sentirlo soltó las riendas a Rocinante, el cual, sintiendo la libertad que se le daba, a cada paso se detenía a pacer y a descansar. De su embelesamiento lo sacó Sancho Panza, diciéndole:

– Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres, pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias. Repóngase, y vuelva en sí, y coja las riendas a Rocinante, y avívese y despierte, y muestre aquella gallardía que conviene que tengan los caballeros andantes. ¿Qué diablos es esto? ¿Qué abatimiento es este? Mas vale que se lleve Satanás a todas las Dulcineas del mundo, que a un solo caballero andante.

– Calla, Sancho – respondió don Quijote -. Calla, digo, y no digas blasfemias contra aquella encantada señora, que de su desgracia y desventura yo tengo la culpa por la envidia que me tienen los malos.

– Así lo creo yo – respondió Sancho.

– Tú pudiste ver, Sancho – replicó don Quijote -, su hermosura. Aquel embrujo no te enturbió la vista: solo contra mí y contra mis ojos se ensaña la fuerza de su veneno. Pero, con todo esto, veo Sancho, que me pintaste mal su hermosura: porque, si mal no me acuerdo, dijiste que tenía los ojos de perlas, y los ojos que parecen de perlas antes son de pescado que de dama; y, estoy seguro que los de Dulcinea deben ser verdes esmeraldas, rasgados, con dos celestiales arcos que les sirven de cejas; y esas perlas quítalas de los ojos y pásalas a los dientes, que sin duda te equivocaste, Sancho, tomando los ojos por los dientes.

– Todo puede ser – respondió Sancho -, porque también me turbó a mi su hermosura como a usted su fealdad. Esto me hace pensar, señor mío, que cuando usted venza a algún gigante u otro caballero y le mande que se vaya a presentar ante la hermosura de la señora Dulcinea: ¿adónde la han de hallar? Me parece que los veo andar por el Toboso como almas en pena, buscando a mi señora Dulcinea, y aunque la encuentren en mitad de la calle no la conocerán más que a mi padre.

– Quizá, Sancho – respondió don Quijote -, el encantamiento es solo contra mí, y en uno o dos de los primeros que yo venza y le envíe, sabremos si la ven o no, mandándoles que vuelvan a mí a contarme lo sucedido.

– Digo, señor – replicó Sancho -, que me parece bien eso que ha dicho, y así, si ella solo a usted se le transforma, la desgracia será solo suya; pero mientras la señora Dulcinea tenga salud y contento, nosotros por acá nos conformaremos y lo pasaremos lo mejor que podamos, buscando nuestras aventuras y dejando al tiempo que haga las suyas, ya que él es el mejor médico de estas y otras enfermedades.

Iba a responder don Quijote cuando un carro de cómicos salió por el camino. Estos iban vestidos con extraños y diversos disfraces. El que guiaba la carreta era un feo demonio, y en la plataforma, el primero que vio don Quijote fue la misma Muerte; junto a ella venía un ángel con grandes alas; al lado un emperador con su corona de oro en la cabeza; acostado estaba Cupido, sin venda en los ojos pero con sus flechas y arco. Venía también un caballero armado listo a pelear, pero en vez de celada, traía un sombrero lleno de plumas de colores. Y además venía un grupo de otros personajes con diferentes trajes y máscaras. Todo aquello alborotó a don Quijote y asustó a Sancho, pero luego alegró a don Quijote pues creyó tener ante sí una peligrosa y nueva aventura, por lo cual, se colocó delante de la carreta, y dijo:

– Carretero, cochero o diablo, o lo que seas, dime quién eres, a dónde vas y quién es la gente que llevas en tu carricoche.

– Señor – dijo el cochero -, nosotros somos actores y ayer representamos “Las Cortes de la Muerte” en aquella aldea, y hoy la representaremos en ésta que aparece allá a la derecha; y como ambas aldeas están tan cercanas, no nos hemos quitado los disfraces. Aquel joven va de Muerte; el otro de Ángel; aquella mujer, que es la directora, va de Reina; el otro, de soldado; aquel, de Emperador, y yo, de Demonio. Si otra cosa quiere saber, pregúnteme, que yo sabré responderle, que como soy demonio, todo lo sé.

– Por la fe de caballero andante – dijo don Quijote – que cuando los vi imaginé que una gran aventura se me presentaba. Vayan con Dios, buena gente, y hagan su fiesta, y díganme si en algo les puedo ayudar, pues desde muchacho fui aficionado a las máscaras y a la farándula.

Estando en estas pláticas, llegó uno de los actores disfrazado de payaso, con muchos cascabeles, y en la punta de un palo traía tres vejigas de vaca hinchadas; este mamarracho se acercó a don Quijote haciendo muecas, moviendo el palo y sonando los cascabeles, lo que asustó a Rocinante y lo hizo correr despavorido a través del campo sin que don Quijote lo lograra detener. Sancho, considerando el peligro que corría su señor, saltó del asno y a toda prisa fue a ayudarlo; pero al llegar a su lado, don Quijote ya estaba en el suelo, y junto a él, Rocinante, también caído.

El payaso al ver al asno solo, saltó sobre él y lo hizo correr hacia la aldea a la cual se dirigían. Miraba Sancho la carrera de su burro y la caída de su amo, y no se decidía a cual ayudar primero; pero, como buen escudero, más pudo el amor a su señor que el cariño de su asno, aunque le dolía ver a aquel mamarracho golpeando a su querida bestia. Con esta tribulación llegó a donde don Quijote, lo ayudó a subir en Rocinante, y le dijo:

– Señor, el Diablo se ha llevado al burro.

– ¿Qué diablo? – preguntó don Quijote.

– El de las vejigas – dijo Sancho.

– Pues ya pagará – dijo don Quijote -, aunque se esconda en los más hondos y oscuros calabozos del infierno. Sígueme, Sancho, que la carreta va despacio, y con esas mulas pagarán la pérdida del burro.

– No haga eso, señor – rogó Sancho -, calme su cólera, que, según veo, ya el Diablo ha dejado al asno, y vuelve hacia mí.

– Con todo eso – dijo don Quijote -, será bueno castigar lo hecho por aquel demonio, aunque pague el Emperador.

– Quite eso de su imaginación – dijo Sancho -, y siga mi consejo, que es que nunca se meta con comediantes, que es gente protegida por la ley: ya he visto a uno preso por dos muertes, y salir libre sin multa. Sepa usted que, como son gentes alegres y de placer, todos los favorecen, todos los amparan, ayudan y estiman.

– Pues a pesar de eso – replicó don Quijote – no se me ha de escapar ese Demonio comediante fanfarrón, aunque lo favorezca todo el género humano.

Y dirigiéndose a la carreta, les gritó:

– Deténganse, turba alegre y regocijada, que les quiero enseñar cómo se tratan los burros y animales que sirven de caballería a escuderos y caballeros andantes.

Tan fuertes eran los gritos, que los de la carreta adivinaron las intenciones del que los daba, y así, saltaron temerosos de la carreta y tomaron piedras para defenderse. Don Quijote que los vio puestos en tan gallardo escuadrón y con aquellas piedras listas a lanzarlas, se detuvo, y pensó el modo de acometer tal aventura con el menor peligro para su persona. En esto, Sancho lo alcanzó, y viéndolo con intención de atacar, le dijo:

– Bastante locura sería intentar tal empresa: para batalla de piedras lo único bueno es meterse dentro de una campana de bronce; y también debe considerar que es más temeridad que valentía acometer un hombre solo a un ejército donde está la Muerte y pelean en persona emperadores, y a quienes ayudan buenos y malos ángeles; y si esto no lo hace quedarse tranquilo, sepa que ahí no hay ningún caballero andante.

– Ahora sí – dijo don Quijote – has dado en el clavo. Yo no puedo ni debo sacar mi espada, contra quien no es caballero andante. A ti, Sancho, te toca tomar venganza del agravio que a tu asno se le ha hecho. Ve, que desde aquí yo te ayudaré con mis gritos y advertencias saludables.

– No hay razón, señor – dijo Sancho -, para tomar venganza; yo le pediré a mi asno, que ponga su ofensa en las manos de mi voluntad, la cual es de vivir pacíficamente los días que me quedan de vida.

– Pues si esa es tu determinación – dijo don Quijote -, Sancho bueno, Sancho discreto, Sancho cristiano y Sancho sincero, dejemos estos fantasmas y vámonos en busca de nuestras aventuras.

Volvió las riendas luego, Sancho tomó su burro, los comediantes volvieron a su carreta y todos prosiguieron su viaje.

 

 

 

CAPÍTULO VIGÉSIMO CUARTO

 

DONDE SE CUENTAN OTRAS MENUDENCIAS IMPERTINENTES PERO NECESARIAS PARA ENTENDER ESTA HISTORIA

 

El Primo se asustó del atrevimiento de Sancho y de la paciencia de su amo, y creyó que se debía al contento de haber visto a su señora Dulcinea; porque si no fuera así, aquellas palabras de Sancho merecían que fuera molido a palos, pues le parecía que había andado muy atrevido con su señor, a quien dijo:

– Yo, señor don Quijote, doy por bien empleada la hazaña que acaba de hacer, porque con ella he conseguido cuatro cosas. La primera, haberlo conocido. La segunda, haber sabido lo que encierra la cueva de Montesinos, lo cual me servirá para mi libro el Ovidio español. La tercera, haber descubierto en toda esa conversación que tuvo Durandarte con Montesinos, que los naipes ya se usaban en tiempos de Carlomagno. La cuarta es haber sabido con certitud el nacimiento del río Guadiana.

– Tiene razón – dijo don Quijote -, pero quiero saber, a quién dedicará esos libros.

– A algún señor importante de España – dijo el Primo.

– No hay muchos – dijo don Quijote -, y no porque no lo merezcan, sino que no quieren admitirlo, para no obligarse a la satisfacción que parece se debe al trabajo y cortesía de sus autores. Pero busquemos donde quedarnos esta noche.

– No lejos de aquí – dijo el Primo -, hay una capilla, donde vive un ermitaño que nos puede alojar.

– ¿Tiene gallinas ese ermitaño? – preguntó Sancho.

– Casi todos los ermitaños de ahora, las tienen – dijo don Quijote -. Los de antes eran los que comían hojas de palma y raíces. Pero con esto no quiero decir que los de antes eran mejores que los de ahora, lo que pasa es que al rigor y la escasez de antes no llegan las penitencias de hoy, pero todos son buenos.

En eso vieron venir a un hombre a pie que caminaba muy de prisa y que le daba con una vara a un mulo cargado con lanzas. Al estar cerca, don Quijote le dijo:

– Detente, buen hombre, que parece que vas más de prisa de lo que puede ese macho.

– No me puedo detener – dijo el hombre -, porque esas armas que aquí llevo se necesitan para mañana. Pero si quiere saber para qué las llevo, en un alojamiento cerca de la ermita estaré, y ahí podré contarle todas esas maravillas.

Así, la curiosidad de don Quijote los obligó a dirigirse a la posada y no a la ermita, a donde llegaron antes del anochecer.

Cuando iban hacia el alojamiento, alcanzaron a un jovencito que caminaba lentamente. Llevaba la espada sobre el hombro, y en ella, amarrado un bulto, al parecer con sus vestidos. Usaba ropa similar a la utilizada en la corte, y su edad sería de unos diez y ocho años; se notaba alegre de rostro y al parecer muy ágil. Don Quijote le dijo:

– Sin mucha ropa va usted, señor galán. ¿Podría decirnos a dónde va?

– La poca ropa que llevo es a causa del calor y la pobreza – dijo el joven -, y voy a la guerra.

– Por el calor lo creo – dijo don Quijote -, por la pobreza no.

– Señor – dijo el joven -, esta ropa que llevo es todo mi vestuario. A varios kilómetros de aquí, me uniré a una compañía de infantería. Lo otro que le puedo decir, es que quiero tener por amo y por señor al rey, y servirle en la guerra.

– ¿Y lleva algún salario ganado? – preguntó el Primo.

– Pues he tenido siempre la mala suerte de servir a gente que me ha pagado muy poco.

– ¿Cómo es posible – preguntó don Quijote -, que en ese tiempo que serviste no hayas conseguido un buen uniforme?

– Dos he tenido – dijo el joven -, pero al dejar de servirles, me los han quitado.

– Notable tacañería – dijo don Quijote -. Pero, con todo eso, debes sentirte feliz, porque no hay otra cosa en la tierra más honrada ni de más provecho que servir a Dios, primero, y luego al rey, especialmente con las armas, con las cuales no se alcanza riqueza, sino honra. Pero por ahora, sube a las ancas de mi caballo, para que cenes con nosotros y puedas seguir tu camino en la mañana.

El joven aceptó el ofrecimiento, y cuando llegaron a la posada, Sancho se alegró de ver que su amo no había confundido el humilde alojamiento con un suntuoso castillo. Al entrar, don Quijote preguntó al dueño, por el hombre de las armas, el cual le dijeron que estaba en la caballeriza acomodando a su animal.

 

 

 

 

CAPÍTULO TRIGÉSIMO NONO

 

DONDE LA TRIFALDI PROSIGUE SU ESTUPENDA Y MEMORABLE HISTORIA

 

La Dolorida prosiguió:

– En fin, al cabo de muchas preguntas y respuestas, ella continuaba oponiéndose al casorio pero las autoridades sentenciaron a favor de él y se la entregaron como legítima esposa, lo que ocasionó tanto enojo a la reina doña Maguncia que tres días después, la enterramos.

– Debió de morir, sin duda – interrumpió de nuevo Sancho.

– ¡Pues claro – respondió ella – que en Candaya no se entierran las personas vivas, sino las muertas!

– Ya se ha visto – replicó Sancho -, enterrar un desmayado creyéndolo muerto, y a mí me parece que la reina Maguncia estaba obligada a desmayarse primero y no a morirse, que con la vida muchas cosas se remedian y no es tan grande la falta de la infanta al casarse con un criado, puesto que muchas así lo han hecho, y viendo bien las cualidades de ese caballero, me parece que no ha sido tan grande el disparate. Además, mi señor me ha contado que es normal el que los caballeros, y más si son andantes, se conviertan en reyes y en emperadores.

– Razón tienes, Sancho – dijo don Quijote -, porque un caballero andante está en la mejor posición para convertirse en el mayor señor del mundo. Pero siga contando, que creo que falta la parte más amarga de esta dulcísima historia.

– Y es tan amarga – respondió la condesa -, que en su comparación son dulces las plantas venenosas más desagradables. Muerta, pues, la reina, y no desmayada, la enterramos; y apenas la cubrimos con la tierra, se nos apareció sobre un caballo de madera el gigante Malambruno, primo hermano de Maguncia, que además de cruel es encantador, y en venganza por la muerte de su hermana, ahí los embrujó a todos, convirtiendo a Antonomasia en mona de bronce, y a él, en un espantoso cocodrilo de un metal desconocido. Y hecho esto dijo: “No recobrarán su forma original estos dos atrevidos amantes hasta que el valeroso de la Mancha venga a luchar conmigo en singular batalla”. Luego, sacó una espada y colocándola en mi cuello me hizo ver que me cortaría la cabeza. Mi temor me hizo decir tantas cosas que a lo mejor por eso no siguió con su intención, pero al momento mandó llamar a todas las dueñas, estas que están conmigo, y nos hizo el embrujo en nuestros rostros, que ahora verán.

Y luego la Dolorida y las demás dueñas se quitaron los velos, y mostraron sus rostros todos poblados de barbas, unas rubias, otras negras, otras blancas y otras moteadas, ante lo cual, el duque y la duquesa se mostraron admirados, y don Quijote y Sancho, pasmados.

– De esta manera – continuó la Trifaldi – nos castigó aquél malandrían y malintencionado Malambruno. ¿Adónde podemos ir con barbas? ¿Quién nos ayudará? ¡Oh dueñas y compañeras mías, en desdichado punto nacimos, en hora desafortunada nacimos!

Y diciendo esto, dio muestras de desmayarse.

 

 

 

CAPÍTULO QUINCUAGÉSIMO SÉTIMO

 

QUE TRATA DE CÓMO DON QUIJOTE SE DESPIDIÓ DEL DUQUE Y DE LO QUE PASÓ CON ALTISIDORA

 

Ya le parecía a don Quijote que aquella ociosidad no le era conveniente, por lo que pidió permiso a los duques, para partir. Se las dieron muy a su pesar, y cuando ya se iban, la duquesa le dio las cartas de su mujer a Sancho, el cual lloró con ellas y dijo para sí:

– ¿Qué dirá ahora mi Teresa, al ver que he dejado mi gobierno para seguir a mi amo? Pero me alegro al ver que mi Teresa correspondió con cortesía a la gentileza de la duquesa.

Don Quijote, habiéndose despedido de los duques la noche anterior se presentó armado en la plaza del castillo. Todos salieron a mirarlo, incluso los duques. Sancho iba sobre su burro, con sus alforjas llenas de monedas, las cuales se las había dado el mayordomo del duque, para lo que fuera necesario, y esto aún no lo sabía don Quijote.

En esto, se oyó la voz de la desenvuelta y discreta Altisidora, que en son lastimero dijo:

 

– Escucha, mal caballero,

te has burlado, monstruo horrendo,

de esta hermosa doncella

que además de enamorada,

es humilde, dulce y tierna.

Te llevaste mis suspiros

que si de fuego ellos fueran,

abrasarían mil Troyas

si esas mil Troyas hubieran.

También te llevas tres gorros

y unas ligas de mis piernas

que son como el mármol puro:

muy lisas, blancas y negras.

De ese Sancho tu escudero

las entrañas sean tan tercas

y tan duras, que no salga

de su encanto Dulcinea.

Tus más finas aventuras

que en desventuras se vuelvan,

que en sueños tus pasatiempos,

y en olvidos tus firmezas.

 

Mientras esto oía don Quijote, el duque, imaginando la burla, se dirigió a él y dijo:

– No me parece bien, señor caballero, que habiendo recibido aquí en mi castillo un buen acogimiento, te hayas atrevido a llevarte eso que la doncella dice. Regrésale las ligas; si no, yo te desafío a mortal batalla, aunque malandrines encantadores me cambien el rostro.

– No quiera Dios – dijo don Quijote – que yo desenvaine mi espada contra Su Excelencia, de quien tantos favores he recibido. Devolveré los gorros, pues Sancho me ha dicho que él los tiene; las ligas es imposible, porque ni yo las he recibido ni él tampoco; y si esta joven quiere revisar las alforjas, que lo haga. Yo, jamás he sido ladrón y está doncella habla como enamorada, de lo cual, yo no tengo la culpa, por lo que no tengo que pedir perdón ni a ella ni a Su Excelencia, a quien le pido licencia para seguir mi camino.

– Ve con Dios – dijo la duquesa -, y esperamos volverte a ver. Y apresúrate, que a cada momento aumenta más el fuego en el pecho de las doncellas que te miran; y en cuanto a Altisidora, ya tendré tiempo de llamarle la atención.

– Una sola palabra y no más quiero decir – dijo Altisidora -, ¡oh don Quijote!, y es que te pido perdón por lo de las ligas, ya que me he dado cuenta que las traigo puestas, y he caído en el descuido de aquel que yendo sobre el burro, creía que lo había extraviado.

Don Quijote bajó reverencialmente la cabeza saludando a los duques, picó a Rocinante y seguido de Sancho, se alejó del castillo, buscando el camino a Zaragoza.

 

 

 

CAPÍTULO SEPTUAGÉSIMO

 

QUE TRATA DE COSAS PARA LA CLARIDAD DE ESTA HISTORIA

 

Durmió Sancho aquella noche en una cama portátil en el mismo cuarto de don Quijote, hecho que lamentaba pues sabía que su amo no lo dejaría dormir con sus preguntas y respuestas, y no estaba para eso, porque los dolores recién pasados le pedían que durmiera en una choza solo y no en un rico palacio acompañado. Su temor le salió verdadero, pues apenas se acostó don Quijote, cuando le dijo:

– ¿Qué te parece, Sancho, lo que nos sucedió esta noche? Grande y poderosa es la fuerza del amor desdeñado, como tú mismo lo has podido ver, y que le causaron la muerte a Altisidora.

– Que se muera cuánto quiera y cómo quiera – dijo Sancho -, y que me deje en mi casa, pues yo no la enamoré ni desdeñé en mi vida. Lo que yo no me explico es qué tiene que ver la salud de esa caprichosa doncella con los martirios de Sancho Panza. Ahora sí que veo que es verdad que hay encantadores en el mundo, y que Dios de ellos me libre, pues yo no me sé librar. Con todo esto, suplico a usted me deje dormir y no me pregunte más, si no quiere que me arroje por una ventana abajo.

– Duerme, Sancho – dijo don Quijote -, si es que te dejan los dolores recién pasados.

– Ninguno de esos dolores – dijo Sancho – es fuerte, pero déjeme dormir que el sueño es alivio de las miserias de los que los tienen despiertos.

– Bien – dijo don Quijote -, y que Dios te acompañe.

Mientras tanto, el duque recordaba cómo había venido el bachiller Sansón Carrasco a contarle, primero la derrota que había sufrido como Caballero de los Espejos, y después, la derrota de don Quijote a manos del Caballero de la Media Luna, y cómo don Quijote venía para su aldea, a cumplir una penitencia de un año, tiempo en el cual se esperaba que mejorase de su locura. De aquí surgió la idea de hacerle otra burla, ya que gustaba mucho de las ocurrencias de Sancho y de don Quijote; y tomando todas las previsiones del caso, se preparó para lo que acababa de pasar.

Y mientras Sancho dormía a pierna suelta, don Quijote velaba, y en eso, entró a su cuarto Altisidora, vestida igual que como estaba en el túmulo. Ante su presencia, don Quijote turbado y confundido se encogió y cubrió con las sábanas, y mudo como estaba, no acertó a hacerle ninguna cortesía. Altisidora se sentó en una silla, a su lado, y después de dar un gran suspiro, con voz tierna y debilitada le dijo:

– Cuando las mujeres importantes y las recatadas doncellas pasan sobre lo que su honra dicta y dan permiso a la lengua para decir todo lo que desean, en una situación muy difícil se colocan. Yo, señor don Quijote, soy una de estas, maltratada, vencida y enamorada, pero además, sufrida y honesta: tanto, que por serlo, reventó mi alma y perdí la vida. Dos días después que me desdeñaste, caí muerta; y si no fuera porque el amor, teniéndome lástima, puso en manos de tu escudero un remedio, que me abrió las puertas de este mundo.

– Ojalá – dijo Sancho -, que el amor hubiera depositado el remedio en ni asno, y yo estaría muy agradecido. Pero, dígame señora, ¿qué es lo que vio en el otro mundo? ¿Qué hay en el infierno? Pues el que muere por su gusto, ese debe ser su destino.

– Lo cierto – dijo Altisidora – es que yo no debí morir del todo, pues no entré en el infierno, que si allá hubiera entrado, no creo que hubiera podido salir, aunque quisiera. La verdad es que llegué a la puerta, a donde estaban jugando unos doce diablos a la pelota. Y lo que más me admiró, era que aunque ganaran o perdieran, en aquel juego todos gruñían, todos regañaban y todos se maldecían.

– Eso no es de admirar – dijo Sancho -, porque los diablos, jueguen o no, nunca pueden estar contentos, ganen o no.

– Así debe de ser – dijo Altisidora.

– Muchas veces le he dicho, señora – dijo don Quijote -, que a mí me duele el que haya puesto sus pensamientos en mí, pues yo nací para ser de Dulcinea del Toboso, y pensar que otra hermosura puede ocupar su lugar en mi alma es pensar lo imposible. Suficiente desengaño es el que ha tenido, así que retírese a los límites de su honestidad, pues nadie puede alcanzar lo imposible.

– ¡Viva el señor don bacalao – se enojó Altisidora -, alma de demente, semilla de durazno, más terco y duro que una discusión con un sabelotodo, que si tengo que atacarte, te voy a sacar los ojos! ¿Piensas acaso, don vencido y don molido a palos, que yo me he muerto por ti? Todo lo que ha pasado esta noche ha sido un teatro, que yo no soy mujer que no tiene admiradores, y que no podría morirse por un hombre, aunque fuera el único en la tierra.

– Eso está bien – dijo Sancho -, que eso de morirse de amor es cosa de risa: bien lo pueden ellos decir, pero hacerlo, que se lo crea santo Tomás, el Dídimo.

Estando en estas pláticas, entró el músico, cantor y poeta que había cantado en el túmulo, el cual, haciendo una gran reverencia a don Quijote, dijo:

– Señor caballero, quiero que me cuente y tenga entre sus admiradores, porque desde hace mucho tiempo soy aficionado a su fama y a sus hazañas.

– Dígame quién es – inquirió don Quijote -, para que mi cortesía responda a su gentileza.

El mozo respondió que era el músico y cantor de la noche anterior.

– Por cierto – replicó don Quijote – que usted tiene muy buena voz, pero lo que cantó no me parece que no estaba muy a propósito, porque ¿qué tienen que ver los versos de Garcilaso con la muerte de esta señora?

– No se maraville de eso – dijo el músico -, que es muy usual que entre los poetas malos de ahora, se escriba como se quiera y que se hurte de quien se quiera, encaje o no con el tema en discusión.

Y cuando don Quijote iba a responder, entraron los duques y sostuvieron con ellos una larga y agradable conversación. Estando en esto, don Quijote les suplicó le dieran permiso para irse aquel mismo día, porque a los vencidos, les convenía estar en una miserable pocilga y no en un palacio real. La duquesa preguntó por Altisidora. Él respondió:

– Señora mía, sepa que el mal de esta doncella nace de su ociosidad. Yo le pido que la ponga a tejer, para que su imaginación no se dispare y siempre ande por el buen camino.

– Y yo sé – dijo Sancho -, que las doncellas ocupadas más se preocupan por acabar sus tareas que en pensar en amores. Y eso lo sé bien, pues cuando estoy labrando la tierra, no me acuerdo de mi Teresa, a quien quiero más que a las pestañas de mis ojos.

– Eso es muy cierto – dijo la duquesa -, y yo haré que mi Altisidora se ocupe de aquí en delante de tejer, pues lo hace de maravilla.

– No hay para qué, señora – protestó Altisidora -, usar ese remedio, que las crueldades que me ha hecho este monstruo malandrín se me borrarán de la memoria sin ningún artificio; y con su permiso, quiero irme de aquí, para dejar de ver, no esa triste figura, sino ese feo y abominable rostro.

– Eso me parece bien – dijo el duque -, “porque aquel que dice injurias, cerca está de perdonar”.

Altisidora hizo muestras de limpiarse las lágrimas con un pañuelo y, haciendo reverencia a sus señores, salió del cuarto.

– Mala suerte, pobre doncella – dijo Sancho -, pues te metiste con un alma de piedra y con un corazón de pino. ¡Si te hubieras metido conmigo, otro gallo te cantara!

Se acabó la plática, se vistió don Quijote, comió con los duques, y partió esa misma tarde.

 

 

 

CAPÍTULO SEPTUAGÉSIMO CUARTO

 

DE CÓMO DON QUIJOTE ENFERMÓ Y DE SU TESTAMENTO

 

Como las cosas humanas nunca son eternas, así llegó el fin de don Quijote cuando menos se lo esperaba; porque o ya fuera por la melancolía de saberse vencido o ya por la disposición del cielo, que así lo ordenaba, lo invadió una calentura que lo tuvo seis días en cama, durante los cuales fue visitado muchas veces por el cura, el bachiller y el barbero, sus amigos, sin quitársele de la cabecera Sancho Panza, su buen escudero.

Estos, creyendo que la pesadumbre de verse vencido y de no haber cumplido su deseo en la libertad y desencanto de Dulcinea le tenían de aquella suerte, por todas las vías posibles procuraban alegrarlo, diciéndole el bachiller que se animara y levantara para comenzar su pastoril ejercicio, para el cual ya tenía compuestos unos versos, y que ya había comprado dos famosos perros para guardar el ganado, uno llamado Barcino y el otro Butrón. Pero don Quijote seguía con sus tristezas.

Llamaron sus amigos al médico, le tomó el pulso, y después de revisarlo, le dijo que atendiera la salud del alma, porque la del cuerpo corría peligro. Don Quijote lo oyó con ánimo sosegado, pero no así su sobrina, su ama y su escudero, los cuales comenzaron a llorar tiernamente, como si ya lo tuvieran muerto delante. El médico opinó que eran las melancolías y las decepciones lo que lo acababan. Don Quijote rogó que lo dejaran solo, porque quería dormir un poco. Así lo hicieron, y después de dormir durante seis horas seguidas, el ama y la sobrina pensaban que ya no despertaría. Pero despertó y, dando un grito, dijo:

– ¡Bendito sea Dios, que tanto bien me ha hecho!

Estuvo atenta la sobrina a lo que decía, y le preguntó:

– ¿Qué es lo que dice, tío?

– Las misericordias, sobrina – respondió don Quijote -, son las que en este instante ha usado Dios conmigo, a quien, no las impiden mis pecados. Yo, ahora tengo juicio libre y claro, sin las sombras oscuras de la ignorancia que sobre él me pusieron los detestables libros de caballerías. Ya conozco sus disparates y lo único que me pesa es que este desengaño haya llegado tan tarde, lo que me impide leer otro tipo de libro que sea una luz para el alma. Yo me siento morir, sobrina, y quisiera hacerlo dando a entender que mi vida no ha sido tan mala y que no estoy loco. Llámame a mis amigos que quiero hacer mi testamento.

En eso entraron el bachiller, el barbero y el cura, y apenas fueron visto por don Quijote, éste les dijo:

– Felicítenme, buenos señores, pues ahora ya no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron fama de bueno. Ya no soy enemigo de Amadís de Gaula; ya no me gustan las historias de la andante caballería; ya me doy cuenta de mi locura y del peligro en que me puso el haberlas leído; ya, gracias a Dios, las detesto.

– ¿Ahora, señor don Quijote – dijo el bachiller -, que tenemos noticias de que Dulcinea está desencantada, usted sale con eso? ¿Y ahora que estamos listos para ser pastores, quiere usted hacerse ermitaño? Calle, vuelva en sí y déjese de cuentos.

– Los que he vivido hasta ahora – dijo don Quijote -, han sido en mi daño. Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda prisa: dejen las burlas afuera y tráiganme un confesor que me confiese y un notario que haga mi testamento; y, así, suplico que mientras el señor cura me confiesa vayan por un notario.

Se miraron unos a otros, admirados delas razones de don Quijote, y, aunque con dudas, le quisieron creer; y una de las señales por donde conjeturaron que se moría fue el haber vuelto con tanta facilidad de loco a cuerdo, porque a las razones dichas, agregó otras tan bien dichas, tan cristianas y con tanta orden, que todos quedaron convencidos que ya estaba cuerdo.

Y mientras el cura lo confesaba, el bachiller fue por el notario, con el cual regresó acompañado de Sancho Panza. Este, al ver a la sobrina y a la ama llorosas, comenzó a hacer pucheros y a derramar lágrimas. Cuando el cura salió del cuarto, dijo:

– En verdad se muere, y en verdad está cuerdo. Entren para que haga el testamento.

Estas nuevas hicieron reventar las lágrimas de los ojos de la sobrina, el ama y Sancho, porque aquel hombre que se moría, siempre fue de apacible condición y de agradable trato, y por esto no solo era bien querido por los de su casa, sino por todos aquellos que lo conocían.

Estando todos en el cuarto, y después que el notario hiciera el encabezamiento del testamento y llegando a las cláusulas del mismo, don Quijote dijo:

– Es mi voluntad que de ciertos dineros que Sancho Panza tiene, dado que hicimos ciertas cuentas con él, quiero que no se le pida cuenta alguna, y que se quede con el sobrante, si es que lo hay, y que buen provecho le haga; y si, estando loco le ofrecí un gobierno de una isla, ahora que estoy cuerdo, bien pudiera darle un reino, porque la sencillez de su condición y fidelidad de su trato lo merece.

Y volviéndose a Sancho, le dijo:

– Perdóname, amigo, por haberte hecho parecer loco como yo, haciéndote caer en el error de mi creencia al pensar que hubo y hay caballeros andantes en el mundo.

– ¡Ay! – dijo Sancho llorando -. No se muera, señor mío, y siga mi consejo de vivir muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otra manos le acaben sino las de la melancolía. Mire no sea perezoso y levántese para que nos vayamos al campo vestidos de pastores, como ya lo habíamos planeado: quizás detrás de alguna mata hallaremos a la señora Dulcinea desencantada. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que lo derribaron, por haber yo atado mal las correas de la silla de Rocinante; y además usted ya debe de haber leído, que es normal que los caballeros sean derribados y que el que es vencido hoy, será vencedor mañana.

– Así es – dijo el bachiller -. El buen Sancho está en lo correcto.

– Señores – dijo don Quijote -, vámonos poco a poco, que en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Lo que quiero decir, es que las ilusiones pasadas ya no existen en el presente. Yo fui loco y ahora estoy cuerdo; fui don Quijote y ahora soy Alonso Quijano el Bueno. Quédense con mi arrepentimiento y guárdenme la estimación que de mí se tenía. Y sigamos señor notario:

“Dejo mis bienes en su totalidad, a Antonia Quijana mi sobrina, que está presente, quien se hará cargo de los gastos que fuera necesario hacer; y lo primero que quiero pagar es el salario que debo a mi ama, por el tiempo que me ha servido, dándole además una buena bonificación. Dejo encargados al señor cura y al bachiller, para que hagan cumplir mi testamento.

“Es mi voluntad que si Antonia Quijana quiere casarse, se case con alguien a quien se haya investigado y que no sepa nada de libros de caballería; y si se casa con alguien que sepa de libros de este tipo, que sea desheredada, y todo sea distribuido en obras de caridad.

“Suplico al señor cura y al bachiller, que si conocen al autor verdadero de ese libro titulado La Segunda Parte de las Hazañas de Don Quijote de la Mancha, de mi parte le pidan, perdón por haberlo hecho escribir tantos disparates.

Cerró con esto el testamento y, sufriendo un desmayo, se estiró cuan largo era en la cama. Todos se alborotaron y acudieron a sus remedios, y en los tres días siguientes que vivió después de este momento, se desmayaba muy a menudo. Pero a pesar de todo el alboroto, la sobrina comía, brindaba el ama y se regocijaba Sancho, que esto de heredar algo borra en el heredero la memoria de la pena que deja el muerto.

Y así, llegó la muerte de don Quijote. El notario dijo que nunca había leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiera muerto en su cama tan tranquilamente y tan cristiano como don Quijote; el cual, entre compasiones y lágrimas de los que ahí estaban, entregó su espíritu.

Viendo esto el cura, pidió al notario que diera fe de la muerte, para evitar que algún otro autor lo resucitase falsamente y continuara haciendo inacabables historias de sus hazañas.

Este fin tuvo el ingenioso hidalgo de la Mancha, pero pongamos aquí los llantos de Sancho, sobrina y ama y el epitafio escrito por Sansón Carrasco:

 

Yace aquí el hidalgo fuerte

que a tanto extremo llegó

de valiente, que se advierte

que la muerte no triunfó

en su vida, con su muerte.

Tuvo a todo el mundo en poco,

fue el espantajo y el coco

del mundo, en tal coyuntura,

que acreditó su ventura:

morir cuerdo y vivir loco.

 

FIN

 

 

 

 

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