I

«No me comprenden – ra­zona­ba -, ¿o será que les gusta fastidiarme?, ¡no!, no lo creo. ¡No comprenden, eso es! Esperan que yo haga lo que ellos quie­ren, ¡no ven que soy distinto! ¡Soy yo! ¿Por qué me torturan? ¿Por qué no me dejan seguir mi camino?, ¿por qué?, ¡no lo en­tienden! ¡Es mi vida! No quiero estudiar, ¿por qué se obstinan en obli­gar­me? ¡No quiero! ¡No qui­ero y basta! ¡no me gusta!, ¡váyanse al diablo si quieren pero no me jo­dan..!». Metió la cabeza bajo la al­mohada tratando de huirle a la luz que se filtraba por las cortinas de la ventana y a estas ideas que lo perseguían. «­¡Qué hogar..! – pensó -, ¡ja, ja!, ¡ho­gar! – se reprochó -, ¡infierno!, ¡sí, infierno es esto! ¿A­caso papá no es el demonio mis­mo?». Rafael se volteó, colo­có la almohada sobre su ca­ra, unos segundos después la quitó, la mantuvo sobre su pecho y terminó tirán­do­la al suelo; se acostó de lado, luego boca abajo, otra vez giró sobre sí mis­mo hasta quedar boca a­rriba; al rato se es­tiró, se encogió, se sen­tó y volvió a tender­se… Estaba desvelado, más que de costumbre, y en sus ojos parecía verse el sitio por donde las energías derrochadas se habían escabullido. «Hoy sí estoy jodido. Me siento como…, como na­da. Sí, eso es, me sien­to nada; apenas quiero mover­me… Quisi­era volar, no, volar no, sino estar allá, en el espacio, ingravitando, no-gravi­tan­do, ¡qué sé yo cómo se di­ce!, flotando quizás, no sentir nada y de­jarme llevar, per­derme, despreo­cupar­me, es­fumarme». Queriendo ahuyentar el cansancio, hizo mil intentos para dor­mir, pero el torbellino que agi­taba su mente no se lo per­mitía, «¿qué puedo hacer?, ¿irme?, no, ¡no!, ¿adónde irí­a?»; se sentó. Algo le incomodaba en el pecho, un vacío, una pesantez que parecía incrementarse lentamente. No supo explicarselo, pero no sopor­tó más y se levantó dispuesto a alejarse de aquel ambiente que lo sofocaba. Salió del cuarto pero lo detu­vo, en las escaleras, una ocasional brisa que le acarició el rostro haciéndolo olvidar mo­mentáneamente sus penas. Res­pi­ró pro­fundamente y se recostó en la barandilla donde su mundo se evaporó por un instante, un instante que sirvió para borrar algunas horas en pocos minutos.

El silencio que se le adhería al cuerpo le recordaba que era domingo. Cada siete días se repetía la escena: su padre en el fútbol, sus hermanos a saber dónde, su madre en el culto y él, desde el mismo lugar, contemplando todo sin prestar la más mínima atención. Su mirada perdida en la última pincelada que el resplandor de la tarde daba a los techos de las casas que se preparaban para desvanecerse en las sombras de la noche. «Que soy malagra­decido y ruin, di­cen, que no les quie­ro…» su mente volvía a trabajar sin que él pudiese evi­tar­lo. «Andá a oír música», se dijo, «distraete; no le parés bola1 a esas pen­dejadas2«, pero no se movió, más bien continuó esculpido en aquellas escaleras de la casa.

«Mi padre – se explicó -, ¡es un viejo de ideas anti­cuadas e incorrectas! Como es chafarote3 nos tra­ta como subal­ternos, nos pre­senta la misma cara que a ellos y a lo mejor espera que le salu­demos mili­tar­men­te cada vez que le en­con­tre­mos. Si nos dice algo, ¡gri­ta!, para pedir, ¡ordena!, ca­rece de tiempo para es­cu­charnos o está ocupado, nos da por obliga­ción, ¡no por cariño! Si se encuentra en casa, hay es­tado de sitio y por las no­ches, to­que de queda. No hay día de dios que no guerree y nos somete a tra­bajos forzados siempre que puede. Que yo recuerde – se lamen­tó -, nunca nos ha regalado una sonrisa, menos una conversación. Miedo, si, miedo es lo que siempre le tuve, ¿por qué?, mm…, no sé…, ahora lo desprecio y lo contradigo solo por joder… Por eso lo llamé ladrón, ¿y no es cierto pues? En este país ¿qué militar no lo es? » se levantó y se en­cami­nó a la cocina.

– ¡Mierda! – exclamó al no encontrar nada que satis­faciese su apetito -. ¡A­quí sólo las cucarachas se ali­mentan! – gri­tó en di­rección al cuarto de sus pa­dres.

– ¿Qué pasa? – preguntó su madre. Se asomó. Estaba prepa­rándose para salir.

– ¡Nada! – gritó furio­so Rafael. Pa­teó la puerta y salió refunfuñando.

– ¡Puta! mejor pegame – ex­clamó Doña Antonieta.

Rafael apenas oyó el repro­che. Salió casi cor­ri­endo, de­seando la sole­dad, con tal de poder ol­vidar. «¡Ah!, usted no de­bería de­cir nada – incriminó -, a usted solo le interesan sus a­sun­tos. Entre el negocio y la religión, usted olvidó sus obligaciones de madre. Usted cree que con dar­nos de co­mer, con traernos tonte­ras y regalarnos plata, es­tamos felices. ¡Pues no!, ¡no basta! – caminaba lentamente, con las manos en las bolsas y la cabeza gacha. Aca­rició su peinado, – us­ted ni siquiera sabe lo que me gusta, ¡usted no sabe nada de mí! ¡nada, nada!».

Rafael rondaba los catorce años, no cuidaba su aseo personal y manifestaba en su mirada un desaire poco común. Tacitur­no, egoísta, débil y vol­tario, sentía – como todos los de su edad – la nece­si­dad de hacerse notar. Esto, le ha­cía lucir orgulloso la som­bra apenas perceptible de su bigote, su peinado pun­tiagudo, su vestimenta des­proporcional a su talle y su llamativa ra­dio-graba­dora portá­til. Sus dudas de adolescente fluían entre sus amigos con chabacanería, chistes, bromas, alcohol y drogas, todo alternado reiteradamente hasta altas horas de la noche.

Las cam­panas de la igle­sia lo despertaron de su en­simismamiento. Notó que el alum­brado eléctrico ya ba­ñaba el ambiente con su mortecina luz y que al­rededor de las bombillas fluo­res­centes revolo­teaban grupos de insectos que buscaban en aquel punto luminoso, el día que aca­baba de desapa­recer. Encaminó sus pasos hacia el callejón sombrío donde se congregaba con su pandilla. Era una callejuela del extremo norte del barrio, donde los vestigios de la otrora área verde, estaban aniquilados por coloridas y fortificadas casas de ladrillo, que poco a poco iban aplastando las últimas mal clavadas tablas carcomidas, que con mucha dificultad evitaban que el viento apagase el candil que ardía, en el interior de aquel espacio lleno de hambre, de frío y de miseria.

Al pasar la esquina vio al grupo de sus amigos y a medida que avanzaba, percibió las sombras del mentiroso «Siete Polvos», el inquieto «Tor­tía Loca», el bailarín «Tararira», el gra­ndulón «Caba­llón», el haragán «Moco Seco», el bo­cón «Tromp’e Mula» y el ren­co «Pat’e Cabra». Al aproximarse más, escuchó a «Siete Pol­vos», que acentuaba sus pa­la­bras para mostrar la cer­teza de su relato, – ¡yo la conoz­co! – afirmaba, y ponía realce en sus gestos al decir – ¡yo mismo la vi! -. La narración era atendida especialmente por «Tromp’e Mula» quien enamorado platónicamente de la joven mencionada, es­cuchaba molesto y desconcertado, las aseveraciones de su camarada.

Al ver que notaban su presencia, Rafael saludó con un ligero movimiento de la cabeza, sin extraer las manos de los bolsillos del pantalón ni expresar palabra alguna…

– ¡Ajá!¡»Comandante Cerón»! – dijo «Pat’e Cabra», resaltando la frase, pues sabía que a Rafael le fastidiaba este mote -. ¿Qui’ubo?4 – agregó.

Rafael no contestó, se limitó a observar severa­mente a su interlocutor, quien comenzó a reírse con descaro y malicia.

– ¡Ah «Poca Paja»! – agregó «Siete Polvos» con desaprobación -, ¡hablá hombre! – continuó, resaltando esta última palabra y golpeando suavemente con su palma, la espalda de Rafael.

Rafael ignoró la solicitud logrando desviar la atención del grupo hacia otro tema. El aire retumbaba con el ritmo estridente y jacarandoso de «Radio Vibración», mientras «Tortía Loca», que como los demás usaba el pelo largo, sucio y desgreñado, movíase según los acordes radiales. Elevaba ligeramente su pierna derecha a la vez que giraba el resto del cuerpo a la izquierda, mientras su antebrazo derecho llevaba la mano, que con los dedos seguía el compás musical, hasta la altura del hombro, para luego ejecutar la misma operación en el otro sentido. Su cabeza inmóvil que lucía un sombrero de felpa de alas gachas tan sucio que apenas se descubría su color original, le daba un cariz extraño y gracioso que lo hacía parecer el payaso del grupo.

“Tararira” canturreaba, tratando de imitar la voz del cantante norteamericano que ahogada en las notas del sintetizador se volvía ininteligible. Su rostro enjuto, trigueño y fatigado por el ocio, le proporcionaba un aspecto afligido y su descuida dentadura pintaba su risa con un color inverosímil, que más que manifestar el gozo del alma, asustaba a quien no le conocía.

Alguien mencionó algo desagradable de Adela, la hermana de «Caballón», muchacho bastante bobo, corpulento y colérico quien se levantó furioso y retó al «ju’e puta» que estaba hablando papadas… Una bronca más, relajo, risas, palabras altisonantes, gritos, golpes, y quince minutos después, el incidente guardado en el olvido. La escena se repetiría luego, igual que ayer, anteayer y la semana pasada.

Los coloquios continuaron, ahora era un chiste, después una broma seguida de una ofensa, alegatos eufóricos, los resultados del fútbol, empujes de provocación, carcajadas burlescas y al final una alusión sexual. La fuerza indomable que avasalla al adolescente también se abría camino entre los recovecos dejados por la droga y el alcohol, y la visita a los burdeles surgía como tema especial en esas ocasiones. Rafael había visto a las mujeres sólo en revistas, pero visitar una mancebía y estar con una, le causaba una sensación rara, mezcla de ganas y temor.

– “La Chona”, ¡es vergona! -, afirmó “Moco Seco” -, te va a encantar.

– Como “La Tila” no hay ninguna – alegó “Siete Polvos” -, ella te va a enseñar todo lo necesario – le dijo a Rafael.

«Moco Seco» acababa de terminar un par de chistes y comenzaba a imitar a uno de los políticos en campaña elec­toral.

– ¡Correligionarios! – dijo con acentuada voz -, estamos aquí, en este arrobador paraje…

– Ya va robando algo, éste – inter­rumpió «Tromp’e Mula».

– ¡Callate hombre! – gritó “Tortía Loca”.

– Bueno – continuó -, como les decía mi muy amados seguidores, estamos en este esplendoroso paraje de este mi muy entrañablísimo terru­ño…

– ¡Puta voj5!, usá palabraj6 fácilej7. Ponete a mi nivel…- dijo “Caballón”.

– Callen a este cabrón o lo hago desaparecer en cuanto llegue al poder.

– Ta8 bien. Candado en la jeta9. Ya ven que no esiste10 la tal democracia – se rió.

– A ustedes – continuó “Moco Seco” -, lanzo mi suplicante voza­rrón – tosió -, pues son ustedes la única esperanza que tiene mi Patria, de verme rico y poderoso, gordo e inmune, lleno de títulos y honores. Bueno, sepan que si votan por mí, ya no habrán cárceles pues no habrán crimina­les. También sepan que no habrán pobres porque no habrá desempleo. No habrá desempleo porque no habrá trabajo. No habrá traba­jo porque… porque… ¿por qué no habrá trabajo? Bueno no sé, mis asesores así lo han co­piado en esta hoja de papel que estoy leyendo. Quiero asegurarles, que no habrán enfermedades pues matare­mos a los enfermos. No habrá guerras, ni cor­rup­ción, ni militares, ni abogados, ni drogas…

– Ya jodiste vos – lo interrumpió “Pat’e Cabra”.

– Perdiste mi voto – gritó “Tararira”.

– Perdete político – solicitó “Siete Polvos”.

– Ají11 no je12 vale – dijo Caballón”.

Todos agarraron a «Moco Seco» y entre risas y patadas lo zarandearon hasta cansarse.

– ¡Miren esa cosita que viene ái13! – dijo «Tortía Loca» al ver venir una muchacha gordita que avanzaba con paso corto y meneo de vaivén.

– ¡Adiós mamacita! – piropeó «Tarari­ra», modificando la voz para hacerla mas agradable pero no logrando ocultar el tono burlón de su lisonja.

Al no haber respuesta, las impreca­ciones y los insultos no se hicieron esperar.

– ¡Imbéciles! – vociferó la joven indignada y angustiada.

– ¡Adiós elefante tierno! – se oyó.

– ¡Hey, nalgas de hipopótamo! – ex­clamó otro.

Las carcajadas del grupo inundaban la noche.

– ¡Nacatamal mal envuelto! – gritó uno más, mientras «Caballón» preguntaba al grupo si andaban charraj14 o pasta15.

– Mañana guá16 conseguir yerba17 – dijo «Tortía Loca» -, y de la güena18 – afirmó.

La noche huyó y la madrugada invadió la callejuela. El barrio quedó desierto y silente aunque de vez en cuando era herido por los lejanos lamentos perrunos y por ocasionales susurros que no dejaban adivinar su origen. De tiempo en tiempo pasaban los últimos borrachos dominicales que, solos o en reducidos grupos, avanzaban tropezándose y entonando especies de cantos que adornaban el ritmo de su bamboleo o el golpe indoloro de una caída.

La conversación giraba de nuevo sobre los mismos asuntos cuando Rafael decidió regresar a casa. Como siempre, los candados sellaban los portones, por lo que tuvo que saltar la verja metálica que temblequeando bajo la acción de sus movimientos, aguzó a los perros que gruñendo ferozmente, brotaron de la sombra.

– ¡Tigre!, ¡Campeón! – los acarició. Su voz flaqueó al finalizar la palabra. Esto le pasaba a menudo, no lo podía evitar. Se apenó momentáneamente, pero al saberse solo, recuperó la confianza y se rió de sí. Las fieras, con demostraciones de cariño, lo acompañaron hasta las escaleras, en donde fueron absorbidos otra vez por la oscuridad. Llegó a su cuarto y empujó la puerta. Esta, chirrió endia­bladamente. Encendió la lámpara y notó que Miguel, su hermano menor, aún no había regresado. Sin desnudarse se ten­dió en la cama, inundó de oscuridad el cuarto, cerró los ojos y antes de darse cuenta el sueño lo devoró completamente.

 

II

 

En su confusión, Rafael percibía únicamente un sosiego general en el que sus juegos íntimos alcanzaban la cúspide del placer. Esther, su vecina de tersa piel trigueña, pelo corto, ojos grandes y carnosos labios, era lo real, ¿qué importancia podía tener en aquel momento el lugar o los objetos que lo rodeaban? Una leve sonrisa se esbozaba en ella y en su dulce mirada se bosque­jaba la inopinada presencia del deseo. Rafael con una destreza de la que no se sabía poseedor, le desabotonó la blusa que al caer, dejó ver parte de la be­lleza escondida.

– ¿Cómo se quita esto? – preguntó mientras forcejeaba con los ganchitos del sostén.

– ¡Ah, inútil! – reprochó ella con tono pícaro y cariñoso. Lo quedó viendo fijamente, desafiando con su expresión la incapacidad de aquél.

– ¡Ya! – suspiró triunfalmente a la vez que deslizaba dicha prenda para mostrarla a Esther, que ahora resplan­decía bajo el hechizo de su desnudez.

Rafael no pensaba, se dejaba llevar por la dicha embriagadora del momento. No supo cómo había desaparecido la falda como tampoco supo dónde habían comenzado sus caricias. Su mano se paseaba por la candidez de su seno, ya con delicadeza extrema, ya con exaltado frenesí, en tanto sus labios besaban el otro, des­cubriendo que allí ardía también un fuego vivo, igual al que le corría por las venas y le enloquecía el alma. Ora cosquilleaba el botoncillo desafiante, ora lo besaba y en su demencia temporal llegó incluso a lastimarlo desenfrenadamente. Aquel apetito sexual adolescente que lo dominaba, le producía el desconcierto de no saber qué hacer ahora que tenía aquel latiente cuerpo enredado con el suyo. Sus manos esquiaron hasta los muslos, desde donde buscaron el centro de las palpitaciones rítmicas que lo trastornaban. Era indescriptible lo que sentía, todo, absolu­tamente todo, dejaba de existir. Todo era un ensueño, todo se le esfumaba y todo reaparecía, pero lo que sí estaba claro y definido era la esencia del placer…

Una serie de convulsiones lo hicieron recobrarse del aparente desvanecimiento instantáneo y despertó. Cuando palpó sus ropas, el apacible sueño le pareció desagradable. «Puta», pensó. Con notable malestar se levantó, perezosamente se desnudó, tomó su grabadora y se encaminó al baño.

Un par de tortillas con queso fue su desayuno, después del cual, salió y se reunió en la primera esquina cercana a su casa con Roberto «Moco Seco» y Carlos «Caballón», quienes estaban sentados en un muro de mampostería bajo la sombra de un vetusto y frondoso cedro.

– ¡¿Qué pedo, loco?! – saludó Carlos.

– ¡Mm..! – gruñó Rafael, perdien­do su mirada en el espectáculo que el otrora centro de la ciudad le brindaba. Desde aquel muro, se notaba cómo los techos de tejas sucias iban siendo des­plazados por las nuevas moles de con­creto armado, que con parsimonioso desa­rrollo abatían el perfil pueblerino de la enmontañada capital.

– ¿Qué horas serán? – preguntó Rafa­el, mirando a uno y a otro para que su­pieran que a ambos se dirigía.

– Ya van a ser las once – contestó Roberto -, no te preocupés, ya vá1 pasar, tate2 tranquilo – agregó -. Tas3 en­culado4, ¿vaá?5 – terminó esperando una respuesta que nunca llegó.

Rafael se sabía víctima de una fuerza maravillosa y perversa que era capaz de involucrarlo en locuras insospechadas. Sufría un indomable arrobamiento provocado por Karem, una primo­rosa niña de cabello largo, ojos de princesa, inmaculado andar, pero rebosante timidez ante la mirada de los jovencitos. Siempre que pasaba por aquel lugar donde Rafael se sentaba para verla pasar, ella apresura­ba el paso, estrechaba contra su pecho sus cuadernos e inclinaba la cabeza para que sus bucles cayesen hacia el rostro y escondiesen su expresión.

Rafael no se atrevía a hablarle, pero guardaba para ella, sus más puros pensamientos y sus mejores deseos. Para él, ella era más que sublime, más que encantadora, más que hermosa… No desaprovechaba ocasión para verla y conocía con duda­ble certitud, su rutina. No verla era un tormento, como lo era no hablarle, pero esto último a diferencia de lo primero que perturbaba su calma, tenía sosiego en sus fantasías.

-!Conseguite carro hoy en la noche, homme6! – sugirió Roberto, dejando es­capar por la boca y la nariz el humo del ciga­rro que paladeaba -. ¡Y vamos a joder al centro! – agregó, reflejando en su ros­tro la emoción que tal deseo le causaba.

– Tal vez – contestó Rafael con des­gana y desazón.

– Conseguilo – instó -. ¡Vos podés, homme! – afirmó.

– Depende… – susurró con vacila­ción.

– ¿De qué, voj? – indagó Carlos.

– ¡Del viejo, hombre! – exclamó Ra­fael con voz enojada y expresión de fastidio.

– ¡Puta!, pegame voj – protestó ofen­dido Carlos, ante la inusitada respues­ta.

– Voa7 ver si se descuida… – prome­tió Rafael, quien se distraía de la conver­sación al pensar en Karem.

– ¿A qué hora? – musitó Roberto.

– ¿Ah?

– L’hora8 vos, l’hora – repitió Rober­to impaciente.

– No sé… – susurró, acompañando su duda con una ligera negación de la ca­beza, – pero vengan a mi casa temprano, por si acaso tenemos que sacarlo em­pujado – pidió, previendo que tendrían que sacarlo apagado para no alertar a su padre…

Llegada la hora, Rafael ya sabía que el coronel Majunco, como de costumbre, estaba en su alcoba. Sin embargo volvió a escurrirse por el jardín y a través de la ventana, comprobó si seguía allí. Estaba en camiseta y calzoncillos por lo que se dirigió a la ventana de la sala, para confirmar si su madre seguía viendo las telenovelas. Tranquilizado con estas circunstancias, Rafael se dirigió al garaje donde abrió las puertas y llamó con un gesto manual a sus camaradas.

– ¡Sssh! – advirtió con el dedo índi­ce en los labios -, no hagan bulla – agregó suavemente.

– Jesús «Tromp’e Mula», Miguel «Siete Polvos», Jorge «Tararira», Roberto y Carlos entraron sigilosamente y sacaron a empujones el vehículo…

– ¿Onde9 vamos? – interrogó Rafael.

– ¡Al centro! – dijo Jesús, que junto a Roberto, Carlos y Miguel ocupaba el asiento trasero.

– ¡Al Sur! – exclamó Roberto.

– Mejor vamos a “Piedras Nue­vas” – opinó Miguel -. Ahí tengo amigas. ¡Sí! ¡De verdá10! – ase­guró, notando la incredulidad de sus compañeros.

– ¡Bueno! – interrumpió Roberto -, vamos onde11 sea, no importa, pero cambi’esa12 música – reprochó -.

– Prefiero ir al sur, porque ahí no hay policías, y siempre se ven mucha­chas.

– ¡Sí! – interrumpió Miguel.

– ¡Vaya pué13! – asintió Jorge, quien trataba de sintonizar una emisora de música a su gusto.

En el trayecto, pasaron reiteradamen­te por la casa de Karem; evitaron calles concurridas para no toparse con agentes de tránsito; asustaron a un anciano que saltó despavorido al ver un par de faroles deslumbrantes acercár­sele ver­tiginosamente; molestaron a una pros­tituta callejera que enojada les lanzó una piedra; ensayaron de acariciar nal­gas descuidadas que caminaban al borde de las aceras y que les produjeron una algarabía jubilosa cuando sus es­fuerzos se vieron realizados; corretearon a gran velocidad en bulevares tratando de ga­narle a los vehículos que osaban retar­los, ya fueran estos, taxis, buses u otros jóvenes como ellos.

En el sur, y en un bar que visi­taban a menudo, saborearon cervezas y continuaron disfrutando de sus hazañas, chistes, proyectos y bromas. Allí, Rafael chupó por vez primera, aquel rollo de hojas apretadas que sus compañeros se pasaban uno a uno y que aparentemente les dejaba tanta satisfacción. Tenía miedo, pero también curiosi­dad. Sus camaradas lo urgían. «Son mis amigos», pensó. Fumó temeroso, casi distraído…

– ¡No seas tonto! – reprochó Jesús – así no vas a sentir nada. Así, mirá – arrebató aquella especie de cigarrillo, lo afianzó en sus labios, pareció ex­primirlo con fuerza, deleite y con­centración, como si con su pensamiento guiase ese humo de característico olor hasta los más profundos rincones de su ser -. Probá – dijo, mientras se lo devolvía.

Rafael siguiendo las instrucciones, cerró los ojos y haló con tanta fuerza que un ligero desvanecimiento acompañó a la calidez que sintió invadirle los pulmones.

«¡Nada, yo no siento nada!», pensó, y lo volvió a chupar una y otra vez…

Momentos después, Rafael estaba muy comunicativo. Sentía el deseo de ex­presar el bienestar que lo embargaba y la alegría que descubría en todo lo que lo rodeaba.

«¡Qué hermoso – razonaba -. ¡Nunca pensé que la oscuridad fuera fresca y que la noche tuviera ese olor de man­darina..! ¡Ah!, ¡qué delicia..! ¡Hasta música sale de las estrellas..! ¿y esa luz?, ah, ¡es Venus!, ¡qué cerca está!, ¡y qué bonita luz, suave, acariciadora y colorida..! ¡Qué liviano me siento!, ¡qué macanudo! ¡Parece que vuelo!, ¡uh, floto..!»

– ¡Hey, «Poca Paja» – llamó Miguel, tomándolo del hombro.

Rafael sintió una carga inmensa que lo aplastaba. Giró pesadamente la cabeza y vio un rostro deforme que lo obser­vaba. Tuvo miedo. Perdió el conocimien­to. No supo cuánto tiempo estuvo así, pero lo despertó un sonido misterioso, ininteligible… «¡¿Qu’es eso?!, coros celestiales – prestó atención, – siguen, ¡sí! siguen, pero no los entiendo…».

Rafael notaba que algo desconocido causaba a su espíritu un gozo insospe­chado que tornaba insignificantes las preocupaciones, las dudas, los males­tares, el tiempo… Descubriose manejan­do un automóvil y acompañado por unos extraños… Su mente excitada, descubría las pequeñas maravillas de la natu­raleza.

«¡Qué encantador es todo: el movimi­ento, la presteza de la luz que le in­dicaba el camino, aquella infinidad de puntos palpitantes de la ciudad..!, ¡pero qué lento avanzo!» – se reprochó sin advertir que su pie apretaba total­mente el acelerador.

«No me había fijado en la belleza de la ciudad. Luces, soledad, edificios, luz roja, alto, ¡va, qué alto ni qué ocho cuartos.

Volvió en sí, en su cuarto, al cual no recordaba cómo había regresado. Una profunda tristeza lo invadía, en tanto sus problemas se agolpaban en su mente envenenando sus pensamientos…

1 Parar bola: hacer caso

2 Nimiedades

3 Militar

4 ¿Qué hubo?

5 Vos

6 Palabras

7 Fáciles

8 Está

9 Boca

10 Existe

11 Así

12 Se

13 Ahí

14 Hongos alucinógenos

15 Pastillas narcóticas

16 Voy a

17 Mariguana

18 Buena

1 Va a

2 Estate

3 Estás

4 Enamorado

5 ¿Verdad?

6 Hombre

7 Voy a

8 La hora

9 A dónde

10 Verdad

11 Donde

12 Cambiá esa

13 Pues

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