Dedicatoria:

A mis hijos Gustavo, Austin, Claudia, Nicole y Giselle, quienes son los causantes de ésta locura que me impulsó a esta traducción, pareciéndome – como dice don Quijote -, conveniente y necesario, para el aumento de los lectores jóvenes de la República, deshaciendo el lenguaje original y como uno de sus enemigos y encantadores, transformándolo en un lenguaje moderno, para incrementar los lectores, de esas inigualables aventuras y desventuras.

“…el traducir de lenguas fáciles ni arguye ingenio ni elocución[1], como no le arguye el que traslada ni el que copia un papel de otro papel. Y no por esto quiero inferir que no sea loable este ejercicio del traducir, porque en otras cosas peores se podría ocupar el hombre y que menos provecho le trujesen”.

Don Quijote de la Mancha

[1] Elocución: buen estilo.

 

INTRODUCCIÓN

Era un jovencito entrando a la adolescencia, cuando tuve mi primer encuentro con el incomparable caballero andante: don Quijote de la Mancha. Recuerdo que Merceditas, mi tía-abuela, en una de sus habituales compras en el mercado local, me llevó a un área en la cual vendían libros. Era aquel sitio, un lugar digno de las aventuras de don Quijote, pues estaban aquellos libros, tan revueltos, desordenados y esparcidos, al igual que los tenía en sus aposentos, el valeroso Caballero de la Triste Figura.

Cuantas veces he leído las aventuras del ingenioso hidalgo, ya no lo recuerdo, pero sí sé, que cada nueva lectura, me ha mostrado cosas nuevas. Estas alegrías que me ha regalado don Miguel de Cervantes Saavedra, un día las quise compartir con mis hijos de 12, 12, 9, 5 y 4 años y me encontré con un pequeño problema: no encontraba  las palabras correctas para transmitirles la gracia de aquellas aventuras. En aquel entonces, busqué ayuda en algunos libros resumidos, pero me encontré, que se narraban únicamente las aventuras más conocidas, pero se olvidaban del encanto que tienen muchos diálogos, sobre todo los de Sancho.

Fue en ese momento, cuando decidí, digamos que traducirlo, a un lenguaje actual y comprensible para ellos, pero procurando no menoscabar en nada, el ingenio del autor ni el encanto de sus letras, y a la vez, mostrar todo lo que ahí se narra, pues es una mina infinita de sabiduría. Así, cada semana, me zambullía en el maravilloso torrente de aquellas letras y, con un par de diccionarios, les preparaba un capítulo, el cual se los leía, después del almuerzo dominical. Con el tiempo, mi deseo de involucrar a mis hijos, en la lectura de esta monumental obra de las letras castellanas, se extendió a todos los jóvenes de mi país, pues la lectura colegial y obligatoria, hace que los muchachos pierdan el interés y aún no quieran ni leer las aventuras narradas de forma resumida.

Al publicar este libro, mi principal intención, ha sido la de entusiasmar a los jóvenes. Sé, que una vez que conozcan al valiente Caballero de la Mancha en un lenguaje coloquial, la gran mayoría, querrán descubrirlo en su lenguaje original, con todo el encanto que tiene.

No me queda más que ofrecerle a don Miguel de Cervantes mis más sinceras disculpas por  destrozar su lenguaje.

Gustavo Lanza

Centroamérica 2001

 

LIBRO  PRIMERO

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO PRIMERO

 QUE DICE QUIÉN ERA NUESTRO FAMOSO Y VALIENTE CABALLERO DON QUIJOTE

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, hace mucho tiempo vivía un hidalgo que tenía una lanza antigua en un rincón guardada, un escudo de cuero, un caballo flaco y un perro galgo corredor. Una olla de carne de vaca, que era más barata, le ajustaba para cenar varias noches, comía huevos con chorizo o tocino los sábados, lentejas los viernes, alguna paloma los domingos, y todo eso, le consumía unas tres cuartas partes de su renta. Lo otro que tenía lo constituían un traje de color oscuro y un pantaloncillo de terciopelo de la época, el cual le cubría los muslos y que acostumbraba a usar en las fiestas. Durante los días de la semana usaba ropas de paño entrefino de color pardo. Tenía en su casa una sirvienta de más de cuarenta años, una sobrina que aún no cumplía los veinte y un mozo para realizar casi todos los trabajos. Tenía nuestro héroe alrededor de los cincuenta años, lo que en aquella época significaba ser un anciano. Era flaco, seco de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Su apellido era Quijada o Quesada, aunque algunos dicen que era Quijana.

Sepan que casi todo el año se lo pasaba leyendo libros de caballería, los cuales eran abundantes en ese tiempo. Le gustaban tanto que se olvidaba de todo lo demás, y para comprarlos vendía parte de las tierras que le pertenecían. Aquellos libros contaban tales hazañas y traían tales frases, que entre más enredadas, más le deleitaban: “La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de vuestra hermosura”, o “los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas les fortifican y les hacen merecedora del merecimiento que merece vuestra grandeza…”

Cuando las frases eran muy enmarañadas, se desvelaba tratando de entenderlas. Tenía muchas conversaciones sobre caballeros andantes con el cura del lugar, un hombre muy inteligente que se había graduado en Cigüenza[1], y también con el barbero, don Nicolás, el cual defendía con ahínco, la valentía de don Galaor, hermano de Amadís de Gaula[2].

Como dijimos, don Quijote leía tanto que se pasaba los días y las noches haciéndolo, lo que vino a causarle la pérdida de la razón. Empezó a creer que todo lo que decían los libros de caballería era cierto y pensaba continuamente en encantamientos, lucha

[1] Sigüenza, universidad pequeña y provinciana

[2] Obra maestra de la literatura medieval y el más famoso libro de caballerías.

pensaba continuamente en encantamientos, luchas, querellas, desafíos, heridas, amores, tormentas y disparates imposibles.

Y así, tuvo el pensamiento más extraño que loco dio al mundo, y es que le pareció bueno y necesario hacerse caballero andante e irse por el mundo con sus armas y su caballo, buscando aventuras y haciendo todo aquello que los caballeros andantes realizaban en los libros, que era deshacer todo género de agravio y ponerse en duelos y peligros para, al acabarlos, alcanzar renombre y fama. Se imaginaba coronado en algún reino fabuloso debido al valor de su brazo, y con estos agradables pensamientos se dio prisa para poner en efecto lo que deseaba. Lo primero que hizo fue proceder a limpiar aquellas armas que habían sido de sus abuelos. Había un casco sencillo pero él lo arregló con cartones para que pareciese una verdadera celada[1]. Para probarla, sacó su espada y le dio dos golpes, con los cuales deshizo lo que había hecho en una semana. Para asegurarse que esto no ocurriera de nuevo, la volvió a hacer, poniéndole unas barras de hierro por dentro, de tal manera que él quedó satisfecho de su fortaleza y, sin querer probarla nuevamente la tuvo por celada finísima de encaje.

Luego fue a donde estaba su caballo, el cual le pareció hermosísimo a pesar de todos los defectos que tenía. Cuatro días pensó en el nombre que le pondría, porque el caballo de un caballero tan famoso debía tener un nombre maravilloso. Y así, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante, nombre que le pareció alto, sonoro y significativo pues era el primero de todos los rocines[2] del mundo.

Luego quiso ponerse nombre a sí mismo, y al cabo de ocho días decidió llamarse don Quijote. Pero como los grandes caballeros de los libros tenían dos nombres, decidió llamarse don Quijote de la Mancha, lo que era digno de su linaje y de su patria.

Después pensó que era necesario tener una dama de quien enamorarse, porque el caballero sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Él se dijo:

– Si yo, por mis pecados o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un golpe, o le parto por la mitad del cuerpo, o le venzo y le rindo, ese gigante tiene que ir a donde mi dulce señora para contarle, con voz humilde y rendida, que yo le he vencido en singular batalla y que por lo tanto mi señora con su grandeza disponga a su gusto de su suerte.

Feliz estaba don Quijote con esta idea, cuando se recordó de una moza labradora llamada Aldonza Lorenzo y decidió llamarla Dulcinea del Toboso, nombre que le pareció músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.

[1] Celada: pieza de la armadura que servía para cubrir y defender la cabeza.

[2] Rocín: caballo de mala apariencia y poca estatura.

CAPÍTULO DÉCIMO OCTAVO

 DONDE SE CUENTAN LAS RAZONES QUE PASÓ SANCHO PANZA CON DON QUIJOTE Y OTRAS AVENTURAS DIGNAS DE OÍRSE.

Llegó Sancho hasta don Quijote tan marchito y desmayado que no podía arrear a su burro.

– Creo – dijo don Quijote -, que aquel castillo o posada debe estar encantado, pues esos que se divirtieron contigo, ¿qué pueden ser sino fantasmas  y gente de otro mundo? Y lo digo, pues cuando quise liberarte, ni siquiera pude bajarme de Rocinante. Si no me hubieran tenido encantado, te juro por la fe de quien soy, que los hubiera puesto en su lugar, a pesar que las leyes de la caballería no consienten que un caballero ponga mano contra quien no lo sea, si no fuera en defensa de su propia vida y persona.

– También me vengaría yo si pudiera, fuera o no fuera armado caballero, pero en ese momento no pude; aunque sé que esos eran hombres de carne y hueso como nosotros; y todos tenían nombres. Lo mejor sería volver a nuestro lugar, ahora que es tiempo de la siembra, y olvidarnos de andar de un lado a otro en busca de desaventuras.

– ¡Qué poco sabes, Sancho – respondió don Quijote -, de achaque de caballería! Calla y ten paciencia, que vendrá el día que verás con tus propios ojos cuán honrosa cosa es andar en este ejercicio. No hay placer más grande que ganar una batalla o vencer a un enemigo.

– Así debe ser – respondió Sancho -, pero yo sé que jamás hemos vencido una batalla, si no fue la del vizcaíno, y aún de aquella salió usted con media oreja y media celada menos. Después de eso, todo ha sido palos y más palos, puños y más puños, teniendo yo además el manteado, y que fue realizado por fantasmas, por lo que no puedo vengarme para sentir el gusto del vencimiento del enemigo, como usted dice.

– Esa es nuestra pena – dijo don Quijote -, pero de aquí en adelante me proveeré de una espada hecha de tal suerte que al que la traiga consigo no le podrán hacer encantamientos. Será como la del Caballero de la Ardiente Espada, que cortaba como una navaja y no había armadura que se le parase delante.

– Así con mi suerte – se quejó Sancho -, esa espada solo servirá para los caballeros, al igual que el bálsamo. Los escuderos estamos amolados.

En estos coloquios iban cuando vio por el camino acercarse una grande y espesa polvareda; se volvió a Sancho y dijo:

– Este es el día de mi suerte. Hoy se escribirán notas sobre el valor de mi brazo en el libro de la fama para bien de los siglos por venir. Mira que se acerca un ejército.

– Deben ser dos – dijo Sancho -, pues al otro lado se levanta otra semejante polvareda.

Viendo aquello don Quijote pensó que era verdad, pues su cabeza estaba llena de fantasías de batallas, encantamientos, sucesos, desatinos, amores y desafíos, al igual que en los libros de caballería. Sin embargo, la polvareda la levantaban dos grandes manadas de ovejas y carneros que casi no se veían.

– Vamos a ayudar a los menesterosos y desvalidos – dijo don Quijote -. De este lado viene el gran emperador Alifanfarón, señor de la isla Trapobana. Del otro viene su enemigo, el rey de los garamantas, Pentapolín del Arremangado Brazo, porque siempre entra en las batallas con el brazo derecho desnudo. Alifanfarón es un furibundo pagano que está enamorado de la hija de Pentapolín, que es muy hermosa, y es cristiana, y su padre no la quiere entregar al pagano, si no deja primero la ley del falso profeta Mahoma. Te diré Sancho amigo, que para entrar en esta batalla no se necesita ser armado caballero.

– Bien – respondió Sancho -, pero ¿dónde pondremos a este asno para que no se nos pierda después de la batalla?

– No te preocupes. Déjalo libre que después de la batalla serán tantos los caballos que tendremos, que hasta Rocinante corre el riesgo de que lo cambie por otro. Pero entretanto, me gustaría hablarte de los caballeros principales que vienen en esos ejércitos, y para eso, retirémonos a esa loma de donde podremos observar mejor.

Una vez en la loma, comenzó a hablar del valeroso Laurcalco, el de las armas amarillas; del temido Micocolembo, duque de Quirocia; del nunca medroso Brandabarbarán de Boliche, señor de las tres Arabias; del siempre vencedor y jamás vencido Timonel de Carcajona, príncipe de la Nueva Vizcaya, que trae en su escudo un gato de oro con una letra que dice “Miau”, que es el principio del nombre de su dama, la sin par Miulina, hija del duque Alfeñiquén del Algarbe; del caballero novel, de nación francés, llamado Pierres Papín, señor de las baronías de Utrique; del poderoso duque de Nerbia, Espartafilardo del Bosque, en cuyo escudo se puede leer “Rastrea mi suerte”; y de muchos caballeros que él se imaginaba en uno y otro escuadrón. ¡Cuántas provincias dijo, cuántas naciones nombró, dándole a cada una los atributos que había leído en sus libros mentirosos!

Estaba Sancho colgado de sus palabras, sin decir nada, buscando con su mirada aquellos caballeros y gigantes que su amo nombraba; y como no descubría a ninguno, le dijo:

– Señor, debe haber aquí algún encantamiento, pues yo no veo nada de lo que usted dice.

– ¿No oyes el relinchar de los caballos, el tocar de los clarines, el ruido de los tambores?

– Sólo oigo balidos de ovejas y carneros – dijo Sancho.

Y eso era cierto, pues ya se acercaban los dos rebaños.

– El miedo que tienes – dijo don Quijote – te hace, Sancho, que ni veas ni oigas nada, porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son; y si es tanto lo que temes, retírate allá, y déjame solo, que yo solo basto para dar la victoria a quien le de mi apoyo.

Y, diciendo esto, picó a Rocinante, alzó la lanza y se dirigió a toda velocidad hacia la batalla. Sancho comenzó a gritar:

– Vuelva señor don Quijote, que son carneros y ovejas las que va a embestir. Vuelva que es una locura. Mire que no hay gigantes, ni caballeros, ni gatos, ni armas, ni escudos enteros ni partidos…

Mientras se acercaba don Quijote decía:

– ¡Ea, caballeros del emperador Pentapolín, síganme a mí y verán que fácilmente vencemos a Alifanfarón de la Trapobana!

En esto, comenzó  a herir a las ovejas como si fueran sus mortales enemigos. Los pastores le gritaban para que se calmara, pero al ver que aquel hombre no se detenía, comenzaron a saludarle con las piedras de sus hondas. El primer guijarro que lo alcanzó le sepultó dos costillas en el pecho, esto, lo hizo sentirse casi muerto, por lo que sacó su botella con el licor sanador y se lo llevó a la boca, bebió, pero otra piedra la alcanzó, quebrándola, y llevándose con ella cuatro dientes y muelas, y machucándole malamente dos dedos de la mano.

Don Quijote se cayó del caballo y quedó tendido sin poderse mover. Los pastores lo creyeron muerto, tomaron sus reses muertas, que eran más de siete, y sin averiguar nada más, se fueron de prisa.

Al verlo en el suelo, y lejos ya los pastores, Sancho bajó la cuesta y se acercó a don Quijote, y le dijo:

– Yo le dije que se volviera, que no eran ejércitos, sino manadas de carneros.

– Eso te hizo ver aquel enemigo mío – dijo don Quijote -. Pero para que te convenzas, monta en tu asno, síguelos sigilosamente, y verás como, al alejarse, se vuelven a transformar en lo que realmente son. Pero antes, ayúdame, y dime si tengo muelas y dientes, que no siento ninguno.

Se acercó tanto, Sancho, a la boca, cuando el bálsamo comenzaba a hacer efecto, por lo que de repente, todo lo que tenía en el estómago le bañó las barbas al compasivo escudero. Primero pensó que era sangre, pero luego se enteró del verdadero origen de aquel residuo, el cual, le revolvió su propio estómago, haciéndolo vomitar las tripas sobre su mismo señor, quedando los dos como de perlas. Sancho corrió a buscar sus alforjas para poder limpiarse, pero no las halló, lo que casi le hace perder el juicio. Esta vez se prometió volver a su tierra, aunque perdiese el salario de lo servido y el reinado soñado.

Se levantó don Quijote y se dirigió hacia Sancho, quien estaba reclinado sobre su asno, como muy pensativo y, además, muy triste, y le dijo:

– Sabes Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro. Todos esos acontecimientos desagradables ya terminarán, pues no es posible que el bien ni el mal sean durables, por lo que te puedo decir, que habiendo durado mucho el mal, el bien ya está cerca. Así que no te entristezcas por mis males, pues tú no los sufres.

– ¿Cómo no? – respondió Sancho -. Ayer me mantearon. Hoy faltan las alforjas con todo lo que traía en ellas.

– O sea que no tenemos qué comer – dijo don Quijote.

– Eso no, pues por todos lados hay hierbas, de esas que usted dice que suplen a los malaventurados andantes caballeros como usted lo es.

– Con todo eso –  respondió don Quijote -, me gustaría tomar un poco de pan y dos pescados, y no la hierba de la cual habla Dioscórides. Pero ya verás que Dios nos proveerá de todo lo necesario, así como ayuda a los mosquitos del aire, a los gusanillos de la tierra, a los renacuajos del agua, y es tan piadoso, que hace salir su sol sobre buenos y malos y llueve sobre los injustos y justos.

– Sería mejor que usted fuera predicador y no caballero andante.

– De todo sabían y han de saber los caballeros andantes, Sancho.

– Pero ahora – dijo Sancho -, vámonos de aquí y busquemos donde dormir, y procuremos un lugar donde no haya mantas ni fantasmas ni moros encantados, pues si los hay, echaré todo por la borda.

– Pídeselo a Dios – dijo don Quijote -, y guíame tú, pero antes dime cuántas muelas y dientes me faltan en el lado derecho, que ahí es donde más duele.

-¿Cuántas muelas tenía – preguntó mientras metía dos dedos para tocar la encía.

– Cuatro, sin contar la cordal, todas en perfecto estado.

– Pues aquí abajo solo tiene dos muelas y media– dijo Sancho -, y arriba, ni media, ni ninguna, que todo está raso como la mano.

– Qué desventura – dijo don Quijote -. Has de saber, que una boca sin muelas es como molino sin piedra, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante; mas a esto nos exponemos los que profesamos esta orden de la caballería.

Sancho se encaminó hacia donde le pareció mejor. Al ver el sufrimiento de su amo, quiso entretenerle y divertirle, diciéndole alguna cosa, por lo que se apresuró a decir:

CAPÍTULO DECIMONONO

DE LAS DISCRETAS RAZONES  QUE SANCHO PASABA CON SU AMO Y LAS AVENTURAS CON UN CUERPO MUERTO, Y OTROS ACONTECIMIENTOS.

– Me parece, señor mío, que todas estas desventuras que en estos días nos han sucedido son sin duda alguna pena de los pecados cometidos por usted contra la orden de caballería, pues no cumplió con el juramento de no comer pan bien servido ni acostarse con la reina, hasta quitarle el yelmo al Malandrino aquel o como se llame, que ya no me acuerdo.

– Tienes mucha razón, Sancho – dijo don Quijote -, mas, para decirte la verdad, se me había olvidado. Pero tú también eres culpable por no haberme acordado. Pero ya corregiré eso, que para todo hay enmiendas en la orden de caballería.

– ¿Acaso he jurado yo algo? – protestó Sancho.

– No importa que no hayas jurado – dijo don Quijote -: por ser mi escudero, participas.

– Pues si ello es así – dijo Sancho -, espero que no se le vuelvan a olvidar para que los fantasmas no vengan a divertirse otra vez conmigo.

En estas pláticas y a mitad de camino, los encontró la noche. No se veía en las cercanías dónde quitarse el hambre, que era mucha, y dónde dormir. La noche era oscura y Sancho pensaba que iban por un camino principal por lo cual tenía confianza de que pronto hallarían algún hospedaje.

Iban pues, el escudero hambriento y el amo con ganas de comer, cuando divisaron a lo lejos que por el mismo camino venía hacia ellos, una gran multitud de lumbres, que parecían estrellas que se movían. Se detuvieron pero al ver que las lumbres se les acercaban, Sancho comenzó a temblar como un envenenado y a don Quijote se le erizaron los cabellos de la cabeza.

– Esta, sin duda, Sancho, debe ser una grandísima y peligrosísima aventura.

-¡Desdichado de mí! – respondió Sancho -; esta aventura parece de fantasmas. Mis costillas ya están protestando.

– Por más fantasmas que sean – dijo don Quijote -, no dejaré que te toquen; la vez pasada se burlaron de ti, pues no pude saltar las paredes, pero aquí, en campo raso, podré esgrimir mi espada.

– Y si le encantan y paralizan, ¿de qué servirá el campo abierto? – dijo Sancho.

– Con todo eso – replicó don Quijote -, ten buen ánimo.

Y, apartándose los dos a un lado del campo, pronto descubrieron muchos encamisados, o sea gente con holgadas camisas negras, cuya temerosa visión asustó a Sancho Panza, quien comenzó a titiritar, y más, cuando descubrieron hasta veinte encamisados, todos a caballo, con grandes velas de cera encendidas en las manos, detrás de los cuales venía una litera cubierta con paños negros, a la cual seguían otros seis en mulas, enlutados de tal forma que el luto cubría las patas de los animales. Esta extraña visión, cubría de miedo el corazón de Sancho, pero no el de don Quijote a quien su imaginación, representaba aquello como una de las aventura de sus libros.

Se imaginó que aquella litera era un tablero sostenido con varas paralelas donde llevaban a algún malherido o muerto caballero, cuya venganza él debía cumplir, por lo que colocando su lanza bajo su brazo, se colocó en medio del camino y alzando la voz dijo:

– Deténganse, caballeros, y díganme quienes son, de dónde vienen, a dónde van, qué es lo que ahí llevan; que, según parece, ustedes han hecho o a ustedes les han hecho algún agravio, y es necesario que yo lo sepa, bien para castigarlos o bien para vengarlos.

– Vamos de prisa – dijo uno -, y el lugar al que vamos está lejos, por lo que no podemos detenernos a dar cuenta como pides – y apuró la mula.

– Detente, y se cortés y dime lo que pregunto, sino conmigo tendrán que luchar.

La mula se asustó, alzó sus patas delanteras y botó a su dueño. Un mozo que iba a pie, al ver lo que pasaba, comenzó a insultar a don Quijote; el cual encolerizado empezó a embestir a uno y a otro de los encamisados, tirando a algunos al suelo. Parecía que Rocinante tenía alas, según andaba ligero y orgulloso.

Aquella gente era medrosa y pronto comenzaron a correr por aquel campo, excepto los enlutados que al no poder moverse sufrieron los embates de don Quijote quien los apaleó a gusto. Todos pensaban que aquel no era un hombre, sino diablo del infierno, que les salía a quitar el cuerpo muerto que llevaban en la litera.

– Este mi amo es tan valiente como dice – se decía Sancho.

Don Quijote se acercó al primero que había caído, le puso la lanza en el rostro y le pidió que se rindiera, que si no, le mataría.

– Ya estoy rendido – dijo el caído -, no me puedo mover, pues tengo una pierna quebrada. Suplico que si es cristiano, no me mate, no cometa un sacrilegio pues estudio para cura.

– Y siendo hombre de la Iglesia, ¿quién diablos te ha traído aquí? – preguntó don Quijote.

– Mi desventura – dijo el caído.

– Pues otra mayor te amenaza si no respondes a todo lo que ya he preguntado.

– Claro –dijo el caído -, la verdad es que soy bachiller, me llamo Alonso López, soy natural de Alcobendas, Madrid, y ando con otros once sacerdotes, acompañando al muerto que va en la litera, que es un caballero que quiso ser enterrado en Segovia, a donde vamos.

– ¿Quién le mató? – preguntó don Quijote.

– Dios, por medio de unas fiebres pestilentes que le dieron.

– Entonces no debo vengar su muerte – dijo don Quijote -. Solo puedo callar y encoger los hombros, pues lo mismo haría si me matara a mí. Sepa señor bachiller que soy don Quijote de la Mancha y mi oficio es andar por el mundo enderezando tuertos y deshaciendo agravios.

– No sé cómo se pueden enderezar tuertos – dijo el bachiller -, pues a mí me has vuelto tuerto dejándome la pierna quebrada, la cual no volverá a estar derecha en toda mi vida; y el agravio que en mí has deshecho ha sido dejarme agraviado de manera que me quedaré agraviado para siempre; además ha sido gran desventura toparnos contigo que andas buscando aventuras.

– No todo sucede del mismo modo – dijo don Quijote -. El daño estuvo en que venías de noche, vestidos de negro y con esas velas encendidas, lo que hizo que parecieran cosa mala y de otro mundo.

– Ya que así lo ha querido mi suerte – dijo el bachiller -, le suplico me ayude a salir de debajo de esta mula que me tiene trabada la pierna entre el estribo y la silla.

– ¡Lo hubieras dicho antes! – dijo don Quijote.

Llamó a Sancho, pero este estaba ocupado desvalijando una mula de carga con provisiones y cosas de comer. Sancho recogió todo lo que pudo, lo colocó en su jumento y luego acudió a ayudar al bachiller. Solicitó don Quijote le hiciese llegar su disculpa a los otros mientras Sancho le decía:

– Sepan que este es el famoso caballero don Quijote de la Mancha, que también es conocido como el Caballero de la Triste Figura.

Extrañado don Quijote de este nombre, preguntó a Sancho por qué le había llamado así.

– Porque lo he estado mirando y he visto que usted tiene la más mala figura, que jamás he visto, y creo que eso proviene del cansancio de la batalla, o de su falta de dientes y muelas.

– No –dijo don Quijote -, debe ser que el sabio que escribe esta historia debe de saber que todos los famosos caballeros tienen un apelativo, como el de la Ardiente Espada, o el del Unicornio, o el de las Doncellas, o el del Ave Fénix, o el del Caballero del Grifo, o el de la Muerte, Y así, creo que te ha puesto en la lengua y en el pensamiento, este apelativo de Caballero de la Triste Figura, y para que ese nombre me cuadre bien, ya veré luego de hacer pintar en mi escudo una muy triste figura.

– No gaste dinero ni tiempo en hacer esa figura – dijo Sancho -, ya la mala cara de hambre y la falta de muelas son suficientes para que le conozcan por ese nombre.

Don Quijote se rió del donaire de Sancho; pero se propuso llamarse así cuando pudiera pintar en su escudo aquello que imaginaba.

– Se me olvidaba decirle que usted está excomulgado por haber maltratado a un clérigo – dijo el caído -. “Si quis suadente diabolo…”

– Yo no entiendo ese latín – respondió don Quijote -, pero en todo caso, yo no te maltraté, fue ésta lanza; además no sabía yo que ofendía a sacerdotes y cosas de la Iglesia, a quien respeto y adoro como católico y fiel cristiano que soy; pensé que eran fantasmas y monstruos de otro mundo. De todas maneras no debemos olvidar que el Cid Ruy Díaz fue descomulgado cuando, delante de su Santidad el Papa, quebró la silla del embajador del rey, y luego anduvo, desde aquel día, como muy honrado y valiente caballero.

Oyendo esto el bachiller, se fue, sin decir nada. Don Quijote quiso ver el cuerpo del muerto, pero Sancho no lo consintió, diciéndole:

– Señor, usted ha acabado esta peligrosa aventura lo mejor de todas las que he visto; si esta gente, vencida y desbaratada, se da cuenta que el que los venció es una sola persona, se avergonzarán y vendrán a buscarnos para ajustarnos las cuentas. El asno está bien, la montaña, cerca; el hambre ya ataca: lo mejor es retirarnos rápidamente, y que el muerto se vaya a la sepultura y el vivo a comer pan.

Y arreando al burro, rogó a su señor que le siguiese; el cual, creyendo que Sancho tenía razón, sin replicar le siguió. Después de caminar un buen trecho, se encontraron un espacioso y escondido valle, donde se tendieron sobre la hierba para almorzar, merendar y cenar, todo a la vez, satisfaciendo sus estómagos con más de un guiso que a los señores clérigos Sancho había quitado.

Lo único que no consiguieron fue vino ni agua que llevar a la boca; y acosados por la sed, Sancho quedó observando la verde hierba sobre la que estaban descansando y dijo:

 

CAPÍTULO VIGÉSIMO

DE LA JAMÁS VISTA NI OÍDA AVENTURA QUE CON MÁS POCO PELIGRO ACABÓ EL VALEROSO DON QUIJOTE DE LA MANCHA.

– No es posible, señor mío, sino que estas hierbas indican que por aquí cerca debe de haber agua que las humedece, y, así, es bueno que avancemos otro poco para encontrar dónde mitigar esta terrible sed que nos fatiga, y que sin duda es peor que el hambre.

Le pareció bien el consejo a don Quijote, y tomando la rienda a Rocinante, y Sancho del cabestro de su asno, después de haber puesto sobre él los restos que de la cena quedaron, comenzaron a caminar a tientas por el prado, porque la oscuridad de la noche no les dejaba ver nada; mas no habían dado doscientos pasos, cuando oyeron un fuerte ruido de agua, como proveniente de alguna cascada. Se alegraron mucho pero al avanzar hacia el ruido, otro estruendo les aguó el contento, especialmente a Sancho, que por naturaleza era miedoso. Los golpes eran acompasados, con un cierto crujir de hierros y cadenas, que, con el furioso correr del agua, causaban pavor a cualquier corazón que no fuera el de don Quijote.

Estaban entre unos altos árboles, cuyas hojas, al paso del viento, hacían un temeroso sonido que, acompañado de la soledad, el lugar, la oscuridad y el ruido del agua causaban horror y espanto, y más al saber que los golpes no cesaban, que la mañana estaba lejana y que no tenían ni idea del lugar en donde se hallaban. Pero don Quijote, valerosamente saltó sobre Rocinante y, embrazando su escudo, alzó su lanza y dijo:

– Sancho amigo, debes saber que yo nací en esta nuestra edad de hierro para resucitar en ella, la edad de oro, o dorada, como la suelen llamar. Para mí están los peligros, las grandes hazañas, los valerosos hechos. Yo soy el que pondré en el olvido a todos los famosos caballeros andantes del pasado, pues mis hazañas opacarán las más notables que ellos hicieron. Puedes ver, mi escudero fiel y leal, que todo lo que tenemos en derredor puede infundir miedo, temor y espanto en el pecho del mismo Marte, dios de la guerra, pero para mí, esto es un incentivo que hace que mi corazón reviente con el deseo de acometer esta aventura, por más dificultosa que se muestre. Así que prepara bien mi caballo, y quédate con Dios. Espérame tres días, luego de los cuales si no vuelvo, ve al Toboso, y dile a la incomparable señora mía, Dulcinea, que su cautivo caballero murió por acometer cosas que lo hicieran digno de llamarse suyo.

Al oír aquello Sancho comenzó a llorar con la mayor ternura del mundo y dijo:

– Señor, no sé por qué usted quiere acometer tan temerosa aventura. Ahora es de noche, nadie nos ve, bien podemos desviarnos del peligro. Qué importa la sed. Nadie nos ve, nadie nos podrá llamar cobardes, además, el cura de nuestra aldea dice, que quien busca el peligro perece en él. Yo sé que esto no va a ablandar su corazón, pero quizás sí, el hecho de saber que al irse usted, yo voy a morir de miedo. Yo dejé mi tierra, mis hijos y mi mujer, para servirle a usted y ganarme así un reinado, pero ahora, en pago, usted quiere abandonarme en este desolado lugar. Y ya que usted no quiere desistir de acometer este hecho, al menos dilátelo  hasta mañana, pues solo faltan tres horas por lo que puedo ver en las estrellas.

– ¿Cómo puedes ver algo en las estrellas – dijo don Quijote -, si está tan oscuro que no se ve ninguna estrella en el cielo?

– Así es – dijo Sancho – pero el miedo tiene muchos ojos y ve cosas hasta debajo de la tierra. Lo que se ve clarito es que falta poco para el día.

– Falte lo que falte – dijo don Quijote – nunca dirán que las lágrimas y los ruegos me apartaron de mis obligaciones de caballero andante, por eso te ruego, Sancho, que calles, que Dios al ponerme en esta hazaña, tendrá cuidado de mirar por mi salud y de consolar tu tristeza. Aprieta las cinchas de Rocinante y quédate aquí, que ya volveré, vivo o muerto.

Viendo, pues, Sancho la resolución de su amo, determinó usar su ingenio para retenerlo hasta el día siguiente; y así, al preparar a Rocinante, ató con el cabestro de su asno ambas patas del caballo, de manera que cuando don Quijote quiso partir, Rocinante a penas podía moverse. Viendo el éxito de su treta, Sancho dijo:

– Ea, señor, el cielo se ha conmovido con mis lágrimas y mis plegarias y por eso ha ordenado que no se pueda mover Rocinante, y si usted insiste en espolearlo lo que hará será enojar a la fortuna.

Desesperado don Quijote al ver que sus esfuerzos no prosperaban, tuvo que sosegarse y esperar o a que amaneciese o a que Rocinante se moviera, por lo que dijo a Sancho:

– Pues si, Sancho, tendré que esperar el alba, aunque llore mientras tanto.

– No hay que llorar – respondió Sancho -; que yo le entretendré con un cuento, a menos que quiera apearse y echarse a dormir un poco sobre la hierba, como lo hacen los caballeros andantes, para afrontar más descansados las aventuras del día siguiente.

– ¿A qué llamas apear o a qué dormir? Yo no tomo reposo en los peligros. Duerme tú, que naciste para dormir, o haz lo que quieras, que yo haré lo que crea conveniente.

– No se enoje – respondió Sancho -, que no fue esa mi intención.

Y, acercándose se pegó al muslo de su amo, para calmar el miedo que le causaban aquellos golpes que sonaban alternativamente. Don Quijote solicitó que le entretuviera con el prometido cuento.

– Esto que voy a contar, si no me interrumpe, es la mejor de las historias; y esté atento, que ya comienzo. “Érase que se era, el bien para todos, y el mal, para quien lo busque”. Y mire que el comienzo es importante y viene de una sentencia del romano Catón el Censor alias el Zonzorino, que dice: “y el mal, para quien lo busque”, que viene aquí, como anillo al dedo, y que le aconseja a usted que nos vayamos por otro camino, pues nadie nos obliga a seguir ese donde el miedo nos sobresalta.

– Sigue tu cuento – dijo don Quijote -, y la decisión del rumbo a seguir déjamela a mí.

– Digo pues, que en un lugar de Extremadura había un pastor que cuidaba cabras, el cual pastor que cuidaba cabras, se llamaba Lope Ruiz; y este Lope Ruiz andaba enamorado de una pastora que se llamaba Torralba; la cual pastora llamada Torralba era hija de un ganadero rico; y este ganadero rico…”

– Si así cuentas cuentos, Sancho – dijo don Quijote -, repitiendo dos veces las cosas, no acabarás en dos días: dilo seguido y si no, no digas nada.

– Así como lo cuento – respondió Sancho – se cuentan en mi tierra todos los cuentos, y yo no sé contarlo de otra manera.

– Cuéntalo como quieras – respondió don Quijote -, pues la suerte quiere que no pueda evitar escucharte. Sigue.

– “Así que, señor mío – prosiguió Sancho -, que este pastor andaba enamorado de Torralba la pastora, que era una moza gruesa, desdeñosa y algo hombruna, pues hasta unos pocos bigotes tenía. Me parece que la estoy viendo.”

– Entonces ¿la conociste? – dijo don Quijote.

– No – respondió Sancho -, pero lo cuento así como me lo contaron. “Así que, yendo días y viniendo días, el diablo, que no duerme y que todo lo enreda, trocó el amor del pastor en rencor y mala voluntad; todo pasó por celos que ella le dio, pero celos que pasaban de la raya, y así, el pastor para no verla, emigró de aquellas tierras. La Torralba al verse desdeñada, lo empezó a querer como nunca había querido.”

– Así son las mujeres – dijo don Quijote -, desdeñar a quien las quiere y amar a quien las aborrece. Sigue Sancho.

– “Sucedió que el pastor se fue para Portugal. La Torralba, al saberlo, se fue tras él, descalza, con un bordón y unas alforjas donde llevaba un espejo y unas cremas cosméticas para la cara; dicen que el pastor llegó con su ganado a orillas del río Guadiana, el cual estaba crecido y casi fuera de su cauce. No había cómo pasar excepto un pescador que tenía a su lado un barco, tan pequeño que solo cabía en él una persona y una cabra; y, a pesar de esto, lo convenció para que le pasase las trescientas cabras. Así el pescador pasó una cabra; volvió y pasó otra; tornó a volver y tornó a pasar otra.” Cuente bien las cabras que el pescador va pasando, porque si olvida una, se acaba el cuento y ya no podré contar más. “Sigo, y digo que la otra orilla estaba llena de lodo resbaloso, lo que hacía que el pescador perdiera mucho tiempo en ir y volver. Con todo eso, volvió por otra cabra, y otra, y otra…”

– Haz cuenta que ya las pasó todas – dijo don Quijote -, no andes yendo y viniendo de esa manera, que así no acabarás de pasarlas en un año.

– ¿Cuántas han pasado hasta ahora? – preguntó Sancho.

– ¿Yo qué diablos sé? – respondió don Quijote.

– Le dije que llevara la cuenta. La cuenta era importante. Ahora el cuento se ha acabado.

– ¿Cómo? –, respondió don Quijote -. ¿Tan importante es saber las cabras que han pasado?

– Si, señor – respondió Sancho -; pues cuando usted no supo decir el número de cabras que habían pasado, a mí se me fue de la memoria el cuento.

– Ni modo – dijo don Quijote -, yo creo que el miedo te ha turbado el entendimiento.

– Todo puede ser – respondió Sancho -, pero lo que sí sé, es que el cuento se acaba donde se pierde la cuenta de las cabras pasadas.

– Acaba donde quieras – dijo don Quijote -, pero veamos si se puede mover mi caballo.

Lo espoleó de nuevo, pero Rocinante apenas podía moverse.

En esto, parece ser o que el frío de la mañana ya venía, o que Sancho había cenado algunas cosas que aflojan el vientre, o que fuese cosa natural, a él le vino el deseo de hacer lo que otro no pudiera hacer por él; pero tenía tanto miedo que no osaba apartarse ni un ápice de su amo. No hacerlo tampoco era posible; y, así, con la mano derecha, soltó el lazo con que los calzones se sostenían y éstos, cayeron a sus pies; tras esto, alzó la camisa lo mejor que pudo y echó al aire las nalgas. Hecho esto, quiso librarse del apuro sin hacer ruido, pero por más que apretó los dientes, encogió los hombros y contuvo el aliento, no lo consiguió y el sonido aquel, lo oyó don Quijote que dijo:

– ¿Qué rumor es ese, Sancho?

– No sé. Algo nuevo debe ser, pues las aventuras y desventuras nunca comienzan solas.

Tornó otra vez a intentarlo, y está vez no hubo ruido y así, se halló libre de la carga que tanta pesadumbre le había dado. Mas como don Quijote tenía un buen sentido del olfato y Sancho estaba pegado a él, sintió que le llegaban algunos olores, por lo que apretó sus narices con dos dedos, y con tono algo gangoso dijo:

– Me parece, Sancho, que tienes mucho miedo.

– Tengo – respondió Sancho -, ¿en qué lo echa de ver, mi señor?

– En que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar – respondió.

– Bien podrá ser – dijo Sancho – mas la culpa es suya por traerme por estos no acostumbrados pasos.

– Retírate un poco, amigo – dijo don Quijote, aún con los dedos en la nariz -, y de aquí en adelante ten más cuidado; me parece que la mucha conversación que tengo contigo ha engendrado este descuido.

– Apuesto – replicó Sancho -, que usted piensa que yo he hecho algo indebido.

– Mejor no hablemos – respondió don Quijote.

Al ver Sancho que se acercaba la mañana, desató a Rocinante y se ató los calzones. El caballo al sentirse libre comenzó a moverse lo que animó a don Quijote, pues veía en el desperezarse de Rocinante, una buena señal.

Al descubrirse el alba, vio don Quijote que eran unos frondosos castaños, los árboles entre los que estaban. Sintió también que los golpes no cesaban por lo que apuró a Rocinante, mientras pedía a Sancho que le aguardase tres días. Le recordó el recado para su Dulcinea y le dijo que en su testamento estaba indicado lo referente a su salario, y además, que le aseguraba que de salir vivo de esta aventura, pronto sería cierta la prometida ínsula.

Volvió a llorar Sancho, y aunque enterneció a su amo, no logró evitar que se encaminara hacia donde parecía provenir el ruido del agua y del golpe acompasado.

Sancho le siguió a pie hasta que descubrieron el agua que se precipitaba desde unas altas peñas, al pie de las cuales estaban unas casas mal hechas que era de donde salía aquel golpeteo.

Poco a poco y a pesar de la inquietud de Rocinante, don Quijote se acercó a las casas. Sancho le seguía al lado, alargando el cuello para ver aquello que tanto miedo le causaba.

Al descubrir que los golpes los causaban unas máquinas de limpiar pieles, don Quijote enmudeció y Sancho lo quedó observando de manera burlesca. Cuando don Quijote notó la risa contenida de Sancho, sonrió, lo que causó un incontrolable ataque de risa en Sancho.

Viendo, pues, don Quijote que Sancho hacía burla de él, se enojó tanto que con la lanza le asestó dos golpes en la espalda, con tal fuerza que de haberlos recibido en la cabeza, no hubiera habido necesidad de darle el salario sino a sus herederos.

– Cálmese, que solo era una broma.

– ¿Qué tal si esas máquinas se transforman en gigantes? –, dijo don Quijote -. Si así fuera y yo no los puedo vencer, entonces búrlate.

– Ya señor mío – replicó Sancho -, confieso que he andado risueño en demasía, pero diga ¿si no es digno de risa, el gran miedo que hemos tenido? Que yo tuve, pues… – rectificó.

– Es digna de risa – respondió don Quijote -, pero no de contarse.

– Todo acaba sabiéndose – dijo Sancho -, que yo he oído decir: “El que bien te quiere, te hace llorar”; por eso espero que esos palos que me dio por la espalda se transformen en la ínsula prometida o en reinos en tierra firme.

– Todo lo que dices es cierto – dijo don Quijote -. Perdona lo pasado y procura hablar menos conmigo, pues en ningún libro he leído que el escudero hable tanto con su señor como lo haces tú conmigo. Y el error es tuyo y mío: tuyo porque me estimas en poco, y mío, porque no me dejo estimar en más. Fíjate que Gandalín, el escudero de Amadís de Gaula, siempre hablaba a su señor con la gorra en la mano, inclinada la cabeza y doblado el cuerpo. Mientras que Gasabal, el escudero de don Galaor, fue tan callado, que una tan sola vez se le menciona. De todo esto debes inferir, Sancho, que es necesario hacer diferencia entre amo y mozo, entre señor y sirviente, entre caballero y escudero. Por eso de hoy en adelante, nos trataremos con más respeto, sin tantas familiaridades. Los beneficios que te he prometido, ya llegarán; y si no llegan, el salario al menos, no lo perderás.

– Es bueno lo que usted dice, pero yo quisiera saber, si no hay beneficios y tenemos que llegar a eso de los salarios, dígame cuánto gana un escudero, y si el pago es mensual o por día.

– Creo – dijo don Quijote -, que ningún escudero ganaba salario; y si yo te he señalado en mi testamento, fue por lo que podría suceder, pues  sé que es muy difícil ser caballero andante en estos nuestros calamitosos días, y no quiero causarle pesadumbres a mi ánima, cuando ande vagando en el otro mundo. Quiero que sepas, Sancho, que en este mundo, no hay profesión más peligrosa que la de los aventureros.

– Eso yo lo sé – dijo Sancho -, y sé también que solo el ruido de anoche pudo alborotar e intranquilizar el corazón de tan valeroso andante aventurero, como es usted. Tenga la seguridad, que de aquí en adelante, no haré chiste de nada de lo que usted haga, y no moveré mis labios sino para honrarle, como mi amo y señor natural.

– De esta manera – replicó don Quijote – vivirás bien, porque, después de a los padres, a los amos se ha de respetar como si lo fueran.

CAPÍTULO DÉCIMO

 DONDE SE CUENTA LA DIFICULTAD QUE SANCHO TUVO PARA ENCANTAR A LA SEÑORA DULCINEA.

Y así, cuando don Quijote se escondió en el bosque, mandó a Sancho volver a la ciudad y que no volviera sin haber primero hablado de su parte a su señora, pidiéndole que permitiera que su cautivo caballero la pudiera ver, para recibir su bendición, con la cual podría esperar grandes éxitos de todas sus batallas y dificultosas empresas. Sancho le dijo que así lo haría y que le traería otra respuesta como en la primera vez.

– Anda, hijo – replicó don Quijote -, y no te turbes cuando te veas ante la luz del sol de la hermosura que vas a buscar. ¡Dichoso tú sobre todos los escuderos del mundo! Ten memoria, y no se te olvide de cómo ella te recibe: si se ruboriza cuando le des mi mensaje; si se desasosiega y turba oyendo mi nombre; y si está de pie, mírala si se pone ahora sobre el uno, ahora sobre el otro pie; si te repite su respuesta dos o tres veces; si levanta la mano al cabello para componerlo, aunque no esté desordenado… finalmente, hijo, mira todas sus acciones y movimientos, porque si tú me los relatas tal como ellos fueron, descubriré yo lo que ella tiene escondido en lo más hondo de su corazón. Has de saber, Sancho, que entre los amantes, las acciones y movimientos exteriores, son indicaciones de lo que pasa allá en lo interior del alma. Ve, amigo, y sufre una mejor ventura que la mía, y vuelve con otro mejor suceso del que yo quedo temiendo y esperando, en esta amarga soledad en que me dejas.

– Yo iré y volveré luego – dijo Sancho -; y ensanche señor mío, ese corazoncillo, que lo debe de tener ahora como una aceituna, y recuerde que un buen corazón aleja la mala suerte, y que de donde menos se espera, salta la liebre. Lo digo porque si anoche no hallamos los palacios de mi señora, ahora que es de día los pienso hallar, cuando menos lo espere; y al hallarlos, podré hablar con ella.

– Por cierto, Sancho – dijo don Quijote -, que siento como muy favorable, eso que siempre traes tus refranes tan a propósito.

Dicho esto, Sancho golpeó con una vara su burro, y don Quijote se quedó en su caballo, lleno de tristes y confusas imaginaciones. Sancho no menos confuso y pensativo que su amo, apenas hubo salido del bosque, cuando, volviendo la cabeza, y viendo que don Quijote ya no lo veía, se apeó del asno y, sentándose al pie de un árbol, comenzó a hablar consigo mismo y a decirse:

– Sepamos ahora, Sancho hermano, a dónde vas. ¿Vas a buscar algún burro que se te ha perdido? No. Entonces ¿qué vas a buscar? Voy a buscar, como quien no dice nada, a una princesa, y en ella al sol de la hermosura. ¿Y a dónde pensás hallar eso que decís, Sancho? ¿Adónde? En la gran ciudad de Toboso. Y bien, ¿Y de parte de quien la vas a buscar? De parte del famoso caballero don Quijote de la Mancha, el que deshace los tuertos y da de comer al que tiene sed y de beber al que tiene hambre. Todo esto está muy bien. ¿Y conocés su casa Sancho? Mi amo dice que han de ser unos reales palacios o unas soberbias fortalezas. ¿Y la has visto algún día? Ni yo ni mi amo la hemos visto jamás. ¿Y te parece bueno que si los del Toboso supieran que estás aquí con intención de raptarles sus princesas e intranquilizar a sus damas, vinieran y te molieran las costillas a puros palos y no te dejaran hueso sano? En verdad que tendrían mucha razón, si no supieran que soy mandadero, y que

 

Mensajero soy, amigo,

yo no tengo la culpa, no.

 

No te fiés de eso, Sancho, porque la gente de la Mancha es tan colérica como honrada y no permite bromas de nadie. ¡Alejate, puto! ¡ Dejá de buscarle tres pies al gato por el gusto ajeno! Que eso es buscar a Dulcinea por el Toboso. ¡El diablo, el diablo me ha metido a mí en esto, que otro no!

Este soliloquio pasó consigo Sancho, y lo que sacó de él, fue que volvió a decirse:

– Ahora bien, todas las cosas tienen remedio, menos la muerte. Este mi amo por mil señales que me ha mostrado, he visto que es un loco de atar, y yo no me quedo atrás, pues soy más mentecato que él, pues le sigo y le sirvo. Es verdad el refrán que dice: “Dime con quién andas, y te diré quién eres” y el otro “El que con lobos anda, a aullar aprende”. Siendo, pues, loco, como lo es y que muchas veces toma unas cosas por otras y juzga lo blanco por negro y lo negro por blanco, no será muy difícil hacerle creer que una labradora, la primera que me encuentre por aquí, es la señora Dulcinea; y si no lo cree, lo juraré yo, y si él jura que no, volveré yo a jurar que sí, y si porfía, porfiaré yo más, y de esta manera me saldré con la mía, venga lo que venga. Quizás así no me enviará otra vez con semejantes mensajes, o quizá pensará, como yo imagino, que algún mal encantador de estos que él dice que le quieren mal la habrá disfrazado, por hacerle mal y daño.

Con estos pensamientos Sancho se tranquilizó y se dedicó a perder el tiempo, para dar lugar a que don Quijote pensara que había ido y regresado del Toboso. Y todo le sucedió tan bien, que cuando se levantó para subir al asno, vio que del Toboso hacia donde él estaba, venían tres labradoras sobre tres burros o burras, Sancho lo ignoraba. Y así, al ver a las labradoras, casi corriendo volvió a buscar a su señor don Quijote, al cual halló suspirando y diciendo mil amorosas lamentaciones. Al verlo don Quijote, le dijo:

– ¿Qué hay, Sancho amigo? ¿Podré señalar este día con alegría o con tristeza?

– Mejor será – respondió Sancho – que usted lo señale con pintura roja, para que se vea desde lejos.

– Entonces – replicó don Quijote -, quiere decir que me traes buenas nuevas.

– Tan buenas – respondió Sancho -, que lo único que tiene que hacer es picar a Rocinante y salir al valle para ver a la señora Dulcinea del Toboso, que viene a verlo, acompañada de dos doncellas.

– ¿Qué es lo que dices, Sancho amigo? – dijo don Quijote – . No me engañes, ni quieras con falsas alegrías alegrar mis profundas tristezas.

– ¿Qué sacaría yo con engañarlo? – respondió Sancho -. Pique, señor, y venga, y verá venir a nuestra princesa ama, vestida y adornada, en fin, como quien ella es. Todas ellas son un pedazo de oro, una mazorca de perlas, todas son diamantes, todas rubíes, todas telas de finísimo punto; los cabellos, sueltos por las espaldas, que son como rayos del sol que andan jugando con el viento; y, además, vienen a caballo sobre tres yeguas pequeñas pero lindas. Ellas vienen muy engalanadas, especialmente la princesa Dulcinea, que deslumbra los sentidos.

– Vamos, Sancho hijo – respondió don Quijote -, y en premio por estas no esperadas noticias te daré el mejor despojo que gane en mi primera aventura, y si esto no fuera suficiente, te daré las crías que este año me den las tres yeguas mías, que tú sabes que quedaron preñadas antes de nuestra salida.

– Las crías prefiero – respondió Sancho -, porque eso de los despojos no está muy claro.

Ya fuera de la selva, descubrieron a las tres aldeanas. Escudriñó don Quijote todos los rincones, y como no vio sino a las tres labradoras, se turbó mucho y preguntó a Sancho si las había dejado en otro lugar, fuera de la ciudad.

– ¿Cómo fuera de la ciudad? – respondió Sancho -. ¿Acaso está ciego, que no ve que ahí vienen, resplandecientes como el mismo sol a medio día?

– Yo no veo, Sancho – dijo don Quijote -, sino a tres labradoras sobre tres borricos.

– ¡Dios me libre! – respondió Sancho -. ¿Y es posible que tres hermosísimas yeguas, blancas como la nieve, le parezcan a usted borricos?

– Pues yo te digo, Sancho amigo – dijo don Quijote -, que es tan verdad que son borricos, o borricas, como yo soy don Quijote y tú Sancho Panza; a lo menos, a mí eso me parecen.

– Calle, señor – dijo Sancho -, no diga eso; abra bien esos ojos y haga reverencia a la señora de sus pensamientos, que ya está cerca.

Y, diciendo esto, se adelantó a recibir a las tres aldeanas y, apeándose del asno, tomó el cabestro al burro de una de las tres labradoras y, poniendo ambas rodillas en el suelo, dijo:

– Reina y princesa y duquesa de la hermosura, que su altivez y grandeza reciban en su gracia y buen talante a su cautivo caballero, que allí está hecho piedra mármol, totalmente turbado y paralizado al verse ante su magnífica presencia. Yo soy Sancho Panza, su escudero, y él es el afligido caballero don Quijote de la Mancha, llamado por otro nombre el Caballero de la Triste Figura.

En este momento ya se había puesto don Quijote de hinojos junto a Sancho, y miraba con ojos desencajados y vista turbada a la que Sancho llamaba reina y señora; y como no descubría en ella sino una moza aldeana, y fea, estaba sorprendido y admirado, sin osar decir nada. Las labradoras estaban asimismo atónitas, viendo aquellos dos hombres tan diferentes hincados de rodillas, sin dejar pasar, a su compañera; pero rompiendo el silencio la detenida, sin gracia y enojada, dijo:

– Apártense ya del camino, y déjennos pasar, que vamos de prisa.

– ¡Oh princesa y señora universal del Toboso! – dijo Sancho -. ¿Cómo su magnánimo corazón no se enternece al ver arrodillado ante su sublime presencia a la columna y soporte de la andante caballería?

Oyendo esto la otra de las dos, dijo:

– ¡Jo, burra, detente! ¡Mira cómo vienen los señoritos ahora a hacer burla de las aldeanas, como si aquí no supiéramos también hacer burlas como ellos! Sigan su camino y déjennos seguir el nuestro, si no quieren problemas.

– Levántate, Sancho – dijo don Quijote -, que ya veo que la fortuna, me sigue huyendo. Y tú, ¡Oh extremo del valor que pueda desearse, término de la humana gentileza, único remedio de este afligido corazón que te adora!, ya que el maligno encantador me persigue y ha puesto nubes y cataratas en mis ojos que ocultan tu sin igual hermosura y rostro tras la imagen de una labradora pobre, no dejes de mirarme amorosamente, para que descubras en mí el alma que te adora.

– ¡Deja de hablar, abuelo! – respondió la aldeana -. ¡Crees que amiguita soy yo de oír piropos! Apártense y déjennos ir.

Sancho se apartó y la dejó ir, contentísimo de haber salido bien de su enredo. La aldeana al verse libre, picó muy fuerte a su burra, por lo que ésta, comenzó a dar saltos, lo que ocasionó que la aldeana cayera al suelo; lo cual visto por don Quijote, se apresuró a levantarla, pero antes de que él le pusiera la mano, ella saltó sobre la burra, con tanta agilidad, como si fuera hombre; y entonces dijo Sancho:

– ¡Miren que nuestra ama es más ligera que un gavilán y que puede enseñar a subir a la jineta al más diestro cordobés o mexicano! Y lo mismo digo de sus doncellas, que todas montan y corren como el viento.

Y así fue, porque, al verse a caballo, todas picaron y se dispararon a correr, sin volver la cabeza atrás por espacio de más de tres kilómetros. Don Quijote las siguió con la vista, y cuando ya no las divisaba, volviéndose a Sancho, le dijo:

– Sancho, ¿Qué te parece lo mal que me tratan los encantadores? Y mira hasta dónde se extiende su malicia y la ojeriza que me tienen, pues me han querido privar del contento que puedo tener al ver a mi señora. En efecto, yo nací para ser el blanco de los dardos de la mala fortuna. Y has también de advertir, Sancho, que no se contentaron estos traidores con transformar en otra señora a mi Dulcinea, sino que la transformaron en una aldeana de figura muy baja y muy fea, y le quitaron el buen olor que siempre tiene por andar entre ámbares y entre flores. Porque te hago saber, Sancho, que cuando se subió en su caballo, según tú dices, me pareció sentir un olor a ajos crudos, que me intoxicó el alma.

– ¡Oh canalla! – gritó Sancho -. ¡Oh encantadores malintencionados, ya quisiera verlos a todos ensartados por las agallas, como si fueran pescados! Mucho saben, mucho pueden y mucho hacen. Hubiera bastado mudar las perlas de sus ojos en piedras de granito, y sus cabellos de oro purísimo en cerdas de cola de buey, y, finalmente, todas sus facciones de buenas en malas, sin trocarle el olor, que por él hubiéramos descubierto la verdad. Nunca yo vi su fealdad, sino su hermosura, a la cual le daba realce un lunar que tenía sobre el labio derecho, a manera de bigote, con siete u ocho cabellos rubios como hebras de oro y tan largos como los dedos.

– A ese lunar – dijo don Quijote -, según la correspondencia que hay entre los del rostro y los del cuerpo, ha de tener otro Dulcinea en la parte interior del muslo; pero te hago saber, Sancho amigo, que esos largos pelos, no son de lunares, sino de grandeza.

– Pues yo sé decirle – respondió Sancho – que parecían nacer en el lunar.

– Yo lo sé, amigo – replicó don Quijote -, porque ninguna cosa puso la naturaleza en Dulcinea que no fuese perfecta y bien acabada; y así, si tuviera cien lunares como el que dices, en ella no serían lunares, sino lunas y estrellas resplandecientes. Pero dime, Sancho: en qué venía sentada, ¿en silla rasa o en sillón?

– Era – respondió Sancho – silla de lujo, con una cobertura tan maravillosa que vale la mitad de un reino.

– ¡Nada de eso pude ver, Sancho! – dijo don Quijote -. Ahora vuelvo a decir y diré mil veces que soy el más desdichado de los hombres.

No aguantaba la risa Sancho, oyendo las sandeces de su amo tan delicadamente engañado. Finalmente, después de charlar un poco, volvieron a subir en sus bestias y siguieron el camino de Zaragoza, adonde pensaban llegar a tiempo para las fiestas anuales de aquella ciudad.

CAPÍTULO DÉCIMO SÉTIMO

DONDE SE DECLARA EL EXTREMO ADONDE LLEGÓ EL ÁNIMO DE DON QUIJOTE CON LA FELIZ AVENTURA DE LOS LEONES.

Cuando don Quijote llamó a Sancho, éste metió en el yelmo los requesones que había conseguido con los pastores y acosado por la prisa de su amo, volvió para ver lo que él quería; el cual, al llegar, le dijo:

– Dame, amigo esa celada, que yo sé poco de aventuras o la que allí descubro es alguna que me ha de necesitar y me obligará a tomar mis armas.

El del Verde Gabán, oyendo esto, buscó por todas partes y no descubrió otra cosa que un carro que hacia ellos venía, con dos o tres banderas pequeñas, que le dieron a entender que el tal carro debía de traer moneda de Su Majestad, y así se lo dijo a don Quijote, pero él no le creyó, y así, respondió al hidalgo:

– Hombre prevenido, vale por dos. No se pierde nada en ser precavido, y yo sé por experiencia que tengo enemigos visibles e invisibles, y no sé cuándo, ni adónde, ni en qué tiempo, ni en qué figuras me han de atacar.

Y volviéndose a Sancho, le pidió la celada, la cual le fue entregada con los requesones que venían dentro. La tomó don Quijote, y sin percatarse de su contenido, con mucha prisa se la encajó en la cabeza; y como los requesones se apretaron y exprimieron, comenzó a correr el suero por todo el rostro de don Quijote, de lo que recibió tal susto, que dijo:

– ¿Qué será esto, Sancho, que parece que se me derriten los sesos, o que sudo de los pies a la cabeza? Y si es que sudo, en verdad que no es de miedo: sin duda creo que es terrible la aventura que ahora quiere sucederme. Dame algo para limpiarme, que el sudor me ciega los ojos.

Sancho le dio un pañuelo, y se alegró al ver que su señor no se había dado cuenta de lo ocurrido. Don Quijote se limpió, y se quitó la celada, y viendo aquello blanco dentro de la celada, las olfateó, y dijo:

– Por vida de mi señora Dulcinea del Toboso, que son requesones los que aquí me has puesto, traidor, pícaro y malmirado escudero.

– Si son requesones – dijo Sancho con disimulo -, démelos, que yo les daré buen uso. Pero el diablo debió ser el que ahí los puso. ¿Cree que yo podría ensuciar el yelmo de mi señor? A lo mejor, también debo yo de tener encantadores que me persiguen por andar con usted, y habrán puesto ahí esa inmundicia para enojarlo contra mí. Pero estoy seguro que esta vez no han dado en el clavo, pues yo sé que mi señor, ya habrá considerado que yo no tengo requesones, ni leche, ni otra cosa parecida, y que si la tuviera, antes la pusiera en mi estómago que en la celada.

– Todo puede ser – dijo don Quijote.

Todo lo miraba el hidalgo con admiración, y más cuando, después de haberse limpiado la cabeza, el rostro, las barbas y la celada, se la encajó, y afirmándose bien en los estribos, requirió la espada y la lanza.

– Ahora – dijo -, ya estoy listo y con ánimo de enfrentarme con el mismo Satanás en persona.

Llegó en esto el carro, en el cual no venía otra gente que el carretero, y otro hombre. Don Quijote se interpuso en el camino y dijo:

– ¿Adónde van, hermanos? ¿Qué carro es este, qué llevan en él y qué banderas son estas?

– El carro es mío – dijo el carretero -; lo que va en él son dos bravos leones enjaulados, que el general de Orán envía a Su Majestad; las banderas son del Rey en señal que aquí van cosas suyas.

– ¿Y son grandes los leones?- preguntó don Quijote.

– Tan grandes – respondió el hombre que iba a la puerta del carro -,  que no han pasado mayores, ni tan grandes, de África a España jamás. Son hembra y macho: el macho va en esta jaula primera, y la hembra en la de atrás, y ahora van hambrientos porque no han comido hoy; y, así, déjenos pasar que es necesario llegar pronto para darles de comer.

– ¿Leoncitos  a mí? – sonrió don Quijote -. ¿Y a tales horas? ¡Yo no soy hombre que se espanta de leones! Bájate, buen hombre, y ya que eres el leonero, abre esas jaulas y échame esas bestias, que ahora mismo les daré a conocer quién es don Quijote de la Mancha.

– ¡Bah!- dijo para sí el hidalgo-. Los requesones sin duda le han madurado los sesos.

En esto, Sancho se le acercó y le dijo:

– Señor, hágalo cambiar de parecer que si no, estos leones aquí nos han de hacer pedazos a todos.

– ¿Tan loco es tu amo – inquirió el hidalgo -, que crees que se enfrentará con tan fieros animales?

– No es loco – respondió Sancho -, sino atrevido.

– Yo haré que no lo sea – replicó el hidalgo.

Y acercándose a don Quijote, le dijo:

– Señor caballero, los caballeros andantes han de acometer las aventuras que prometen esperanza de salir bien de ellas; porque la valentía que entra en los campos de la temeridad, más tiene de locura que de fortaleza. Además, estos leones son un regalo para Su Majestad, y no es bueno detenerlos ni  impedirles su viaje.

– Váyase, señor hidalgo – respondió don Quijote -, a cazar y a pescar, y deje a cada quien hacer su oficio -. Y volviéndose al leonero, le dijo:

-¡Oye bellaco, si no abres rápido esas jaulas, con esta lanza te he de coser al carro!

– Señor mío – dijo temeroso el carretero -, por caridad, déjeme esconder las mulas y ponerme a salvo con ellas antes que liberen a los leones, porque si me las matan quedaré indigente toda la vida; pues no tengo en la vida sino este carro y estas mulas.

– ¡Oh hombre de poca fe!  – respondió don Quijote -, haz lo que quieras, que pronto verás que trabajaste en vano y que bien hubieras podido ahorrarte esa diligencia.

El carretero se apeó y se escondió con gran prisa, y el leonero dijo fuertemente:

– Sean testigos todos que contra mi voluntad abro las jaulas y suelto los leones, y que la culpa de cualquier daño que estas bestias hagan, corre y va a cuenta de este señor. Ustedes, señores, pónganse a salvo, que yo estoy seguro aquí arriba de la jaula.

Otra vez el hidalgo trató infructuosamente de detenerlo.

-Ahora, señor – replicó don Quijote -, si usted no quiere ser testigo de esto que usted llama tragedia, pique su yegua y póngase a salvo.

Sancho también, con lágrimas en los ojos, le suplicó abandonara tal empresa.

– Mire, señor – decía Sancho -, que aquí no hay encanto ni cosa parecida; yo he visto por entre las verjas de la jaula una uña de león verdadero, y creo que el tal león debe ser tan grande como una montaña.

– El miedo te lo mostrará – respondió don Quijote – mayor que la mitad del mundo. Retírate, Sancho, y déjame, y si aquí muero, ya sabes lo que hay que hacer: ir donde Dulcinea, y no te digo más.

A estas añadió otras razones, con las que dejó claro que no abandonaría tal hazaña. Y así, viendo aquella resolución todos se alejaron del carro antes que liberaran a los leones.

Lloraba Sancho la muerte de su señor, que aquella vez sin duda llegaría en las garras de los leones; maldecía la hora en que le vino al pensamiento volverle a servir; pero no por llorar y lamentarse dejaba de aporrear al asno para que se alejara del carro. Viendo, pues, el leonero que ya los que iban huyendo, estaban bien protegidos, se decidió a hacer lo que se le pedía.

Y mientras el leonero abría la jaula, don Quijote consideraba si sería bien hacer la batalla a pie o a caballo, y, en fin, determinó de hacerla a pie, temiendo que Rocinante se espantara con la vista de los leones. Por esto, saltó del caballo, arrojó la lanza y tomó el escudo; y desenvainando la espada, con maravilloso brío y corazón valiente, se puso delante del carro encomendándose a Dios de todo corazón y luego a su Dulcinea.

Y viendo el leonero que ya estaba listo don Quijote, abrió la primera jaula, donde estaba, el león, el cual era de grandeza extraordinaria y de espantable y fea catadura. Lo primero que hizo fue revolverse en la jaula donde venía echado y tender la garra y desperezarse todo; abrió luego la boca y bostezó muy despacio, y con casi cuarenta centímetros de lengua que sacó fuera se limpió los ojos y se lavó el rostro. Hecho esto, sacó la cabeza fuera de la jaula y miró a todas partes con los ojos hechos brasas, cosa que ponía espanto a la misma temeridad. Don Quijote lo miraba atentamente, deseando que saltara ya del carro y lo atacara, para, con las manos, hacerlo pedazos.

Hasta aquí llegó el extremo de su locura. Pero el generoso león, más prudente que arrogante, no haciendo caso de niñerías ni de bravuconadas, después de haber mirado a una y otra parte, volvió las espaldas y enseñó sus partes traseras a don Quijote, y con gran lentitud y tranquilidad se volvió a echar en la jaula. Viendo esto don Quijote, le dijo al leonero que lo golpeara para irritarlo.

– Eso no – respondió el leonero -, porque si yo le instigo, al primero a quien hará pedazos será a mí mismo. Usted debería estar contento con lo que ha hecho, que ya es prueba innegable de valentía. El león tiene abierta la puerta: él puede salir o no salir; pero ya que no ha salido, no creo que salga en todo el día. La grandeza de su corazón ya está bien mostrada; ningún hombre está obligado a más que a desafiar a su enemigo y a esperarle; y si el contrario no acude, en él se queda la infamia, y el desafiante gana la corona del vencedor.

– Así es – respondió don Quijote -. Cierra la puerta. Me basta con lo que has visto: tú liberaste al león, yo lo esperé, él no salió, volví a esperar, siguió sin salir y se volvió a acostar. Cierra, como he dicho, en tanto que hago señas a los huidos, para que oigan de tu boca esta hazaña.

Sancho viendo la señal de don Quijote dijo:

– Que me maten si mi señor no ha vencido a las fieras, pues nos llama.

Observaron todos, aquellas señales y perdiendo en parte el miedo, poco a poco se vinieron acercando hasta donde claramente oyeron las voces de don Quijote que los llamaba. Finalmente volvieron al carro, y al llegar, don Quijote dijo al carretero:

– Vuelve, hermano, a atar tus mulas y a proseguir tu viaje; y tú, Sancho dale dos escudos de oro, a él y al leonero, en recompensa por haberse detenido por mí.

– Con gusto – respondió Sancho -, pero ¿qué se han hecho los leones? ¿Están muertos o vivos?

Entonces el leonero, con todos los pormenores, contó la historia de la contienda, exagerando un poco el valor de don Quijote, ante cuya presencia el león acobardado no se atrevió a salir de la jaula; y que aquel caballero quería irritar al león para que por la fuerza saliera, y que además, contra su voluntad había permitido que la puerta se cerrara.

– ¿Qué te parece esto, Sancho? – dijo don Quijote -,  no hay hechizos que valgan contra la verdadera valentía. Bien pueden los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible arrebatármelos.

Dio las monedas Sancho, ató las mulas el carretero, besó las manos el leonero a don Quijote por el favor recibido y le prometió contar aquella valerosa hazaña, al mismo rey, cuando estuviera en la corte.

– Pues si acaso Su Majestad pregunta quién la hizo, dile que el Caballero de los Leones, que de aquí en adelante quiero cambiar el que he tenido de Caballero de la Triste Figura; y en esto sigo la antigua costumbre de los andantes caballeros, que se mudaban los nombres cuando querían o cuando les venía en gana.

Siguió su camino el carro, y don Quijote, Sancho y el del Verde Gabán prosiguieron el suyo.

En todo ese tiempo no había hablado palabra don Diego de Miranda, y mirando a don Quijote, le parecía que era un cuerdo loco y un loco que  tiraba a cuerdo: porque lo que hablaba era concertado, elegante y bien dicho, y lo que hacía, disparatado, temerario y tonto. Y decía para sí: “¿Qué más locura puede haber que ponerse la celada llena de requesones y pensar que le ablandaban los sesos los encantadores? ¿Y qué mayor temeridad y disparate que querer medir sus fuerzas con leones?”.

De estos pensamientos lo sacó don Quijote, diciéndole:

– ¿Quién duda, don Diego de Miranda, que su opinión sobre mí es que soy un hombre disparatado y loco? Y lo comprendo, porque mis obras no pueden dar testimonio de otra cosa. Sin embargo, quiero que usted advierta que no soy tan loco como debo de haberle parecido. Usted sabe que hay caballeros gallardos que viven en los alrededores del rey; hay otros que luchan frente a damas en los palacios, y algunos que honran las cortes de sus príncipes; pero sobre todos estos, hay uno mejor, y es el caballero andante,  que es el que por los desiertos, por las soledades, por las encrucijadas, por las selvas y por los montes, anda buscando peligrosas  aventuras, con la intención de darles dichoso final, solo por alcanzar gloriosa y duradera fama. Digo que es mejor, un caballero andante socorriendo a una viuda en algún valle que un cortesano caballero adulando a una doncella en las ciudades. Todos los caballeros tienen sus particulares ejercicios, pero el andante caballero busca los rincones del mundo, entra en los más intrincados laberintos, acomete a cada paso lo imposible, resiste en los desiertos los ardientes rayos del sol, y en el invierno la dura inclemencia de los vientos y de la nieve, no le asombran leones, ni le espantan monstruos, ni atemorizan brujos, todo por lograr un poco de justicia en el mundo. Yo, pues, como miembro de la andante caballería, no puedo dejar de acometer todo aquello que a mí me parece que cae debajo de la jurisdicción de mis ejercicios; y en esto de acometer aventuras, créame, señor son Diego, que es mejor perder por carta de más que de menos, porque mejor suena en los oídos de los que lo oyen “el tal caballero es temerario y atrevido” que no “el tal caballero es tímido y cobarde”.

– Digo, señor don Quijote – respondió don Diego -, que todo lo que usted ha dicho y hecho está bien, y que sé que las ordenanzas y leyes de la caballería andante están bien resguardadas en su pecho. Pero démonos prisa, que se hace tarde, y quiero que lleguemos a mi aldea y casa, donde podrá descansar, pues sé que no está fatigado su cuerpo, sino su espíritu.

– Tengo ese ofrecimiento como un gran favor, don Diego – respondió don Quijote.

Y así, serían las dos de la tarde cuando llegaron a la aldea y a la casa de don Diego, a quien don Quijote llamaba el Caballero del Verde Gabán.

CAPÍTULO DÉCIMO OCTAVO

DE LO QUE SUCEDIÓ A DON QUIJOTE EN EL CASTILLO O CASA DEL CABALLERO DEL VERDE GABÁN.

Don Quijote encontró la casa de don Diego de Miranda amplia como de aldea; el escudo familiar estaba encima de la puerta de la calle y era de piedra tallada; la bodega, estaba en el patio; la alacena, en el portal, y había muchas tinajas de vino que, por ser del Toboso, le renovaron las memorias de su encantada y transformada Dulcinea; y suspirando, y sin mirar lo que decía, ni delante de quién estaba, dijo:

– ¡Oh tinajas del Toboso, que me han traído a la memoria la dulce prenda de mi mayor amargura!

– El hijo de don Diego, que con su madre había salido a recibirle, oyó estas palabras, las cuales junto con la figura de don Quijote lo tenían sorprendido. Don Diego al ver que don Quijote iba a besar las manos de su señora, dijo:

– Recibe, señora, con toda tu amabilidad al señor don Quijote de la Mancha, que es el que tienes delante, andante caballero, y el más valiente y el más discreto que tiene el mundo.

La señora, doña Cristina, le recibió con muestras de mucho amor y de mucha cortesía, y don Quijote le agradeció con muchas discretas y comedidas razones. Lo mismo pasó con el estudiante, al que cuando habló, don Quijote tuvo por discreto e ingenioso.

Entraron a don Quijote en una sala, donde Sancho lo desarmó, dejando ver en sus escasas vestimentas la mugre que las armas dejaban: el cuello estaba descuidado como a lo estudiantil, sin almidón y sin adornos; los zapatos eran marrones y encerados. Ciñó su buena espada en la vaina; se cubrió con una capa de buen paño pardo, pero antes de todo, con cinco baldes de agua, se lavó la cabeza y rostro, dejando el agua de color de suero, gracias a los requesones de Sancho que tan blanco pusieron a su amo. Ya limpio y con gentil donaire y gallardía, salió don Quijote a otra sala, donde el estudiante le estaba esperando para entretenerle en tanto que las mesas se arreglaban en honor de tan noble huésped.

Cuando don Quijote se estaba arreglando, don Lorenzo, el hijo de don Diego, dijo a su padre:

– ¿Quién es, señor, este caballero que nos has traído a casa? Que el nombre, la figura y el decir que es caballero andante, a mí y a mi madre nos tienen sorprendidos.

No sé qué decirte, hijo – respondió don Diego -; solo te diré que lo he visto hacer las locuras mayores del mundo y decir cosas tan sabias que opacan su locura: háblale tú y mira cuánto sabe, y, júzgalo, pues para mí, a decir verdad, es más loco que cuerdo.

Con esto, se fue a buscarlo y, estando con él, don Quijote dijo a don Lorenzo:

– Tu padre me ha contado de la gran habilidad y sutil ingenio que tú tienes, y, sobre todo, que eres un gran poeta.

– Poeta, bien podrá ser – respondió don Lorenzo -, pero grande, ni por cerca. Soy aficionado a la poesía y a leer buenos poetas, pero no soy gran poeta como dice mi padre.

– No me parece mal esa humildad – respondió don Quijote -, porque no hay poeta que no sea arrogante y piense de sí que es el mayor poeta del mundo.

– No hay regla sin excepción – respondió don Lorenzo -, y alguno habrá que lo sea y no lo piense.

– Pocos – respondió don Quijote -. Pero dime: ¿qué versos son esos que te traes entre manos, que me ha dicho tu padre que te traen algo inquieto y pensativo? Y si es alguna glosa, me gustaría saberlo, porque de eso, algo sé; y si es que son de concurso literario, procura ganar el segundo premio, pues el primero siempre se lo lleva el favor o la gran calidad de la persona, mientras el segundo se le lleva la mera justicia. En cuanto al tercero, ese viene a ser realmente el segundo, por lo que el primero, hablando con justicia, será el tercero, igual a lo que ocurre con los premios que se dan en los colegios; pero, a pesar de esto, gran personaje es el nombre del primero.

– “Hasta ahora – dijo para sí don Lorenzo – no puedo decir que es loco. Sigamos”. Me parece – le dijo -, que usted ha cursado las escuelas: ¿qué ciencias ha estudiado?

– La de la caballería andante – respondió don Quijote -, que es tan buena como la de la poesía, y aún un poquitito mejor.

– No sé qué ciencia es esa – replicó don Lorenzo.

– Es una ciencia – replicó don Quijote – que encierra en sí  a todas o a casi todas las ciencias del mundo, porque el que la profesa ha de ser experto en leyes, para dar a cada uno lo que es suyo y lo que le conviene; ha de ser teólogo, para saber explicar la ley que profesa; ha de ser médico, y principalmente botánico, para conocer en su camino las hierbas que tienen virtud de sanar las heridas; ha de ser astrólogo, para conocer por las estrellas la hora durante la noche, y también en qué lugar y en qué clima, se halla; ha de saber matemáticas, porque a cada paso tendrá necesidad de ellas; y además de tener fe, esperanza, caridad, prudencia, justicia, fortaleza y templanza, deberá tener otras menudencias, como saber nadar, saber herrar un caballo y arreglar la silla y el freno, y, sobretodo, ha de guardar la fe a Dios y a su dama; ha de ser casto en los pensamientos, honesto en las palabras, diligente en las obras, valiente en los hechos, sufrido en los trabajos, caritativo con los menesterosos y, finalmente defensor de la verdad, aunque esto, le cueste la vida. De todo esto se compone un buen caballero andante. Para que veas, don Lorenzo, si es ciencia infantil lo que aprende el caballero que la estudia y la profesa, y si se puede igualar a las más estiradas que en los colegios se enseñan.

– Si eso es así – replicó don Lorenzo -, yo creo que esa ciencia es mejor que todas.

– ¿Lo dudas? – respondió don Quijote.

– Lo que yo quiero decir – dijo don Lorenzo – es que dudo que haya habido, ni que los haya ahora, caballeros andantes adornados de tantas virtudes.

– Muchas veces he dicho lo que voy a decir ahora – respondió don Quijote -: que la mayor parte de la gente cree que no ha habido en el mundo caballeros andantes; y si el cielo no les ha mostrado la verdad, cualquier trabajo que yo me tome para explicarlo será en vano, por eso, no quiero intentar ahora sacarte de ese error: lo que pienso hacer es rogar al cielo que te saque de él y te dé a entender cuán provechosos y cuán necesarios fueron al mundo los caballeros andantes en los pasados siglos, y cuán útiles serían en el presente si se usaran; pero predominan ahora, por pecados de las gentes, la pereza, la ociosidad, la gula y la comodidad.

“Hoy sí se nos ha escapado – dijo para sí don Lorenzo -, pero con todo eso, él es loco bizarro, y yo sería mentecato flojo si así no lo creyera”.

Aquí dieron fin a su plática, porque los llamaron a comer. Preguntó don Diego a  su hijo qué había sacado en limpio del ingenio del huésped. A lo que él respondió:

– No le sacarán de su locura los mejores médicos que tiene el mundo: él es un loco multifacético, lleno de lúcidos intervalos.

Se fueron a comer, y la comida fue como don Diego había dicho: limpia, abundante y sabrosa; pero lo que más gustó a don Quijote fue del maravilloso silencio que en toda la casa había, que semejaba un monasterio de curas taciturnos. Al terminar, don Quijote pidió a don Lorenzo que dijera los versos del concurso literario, a lo que él respondió que lo haría, porque solo por ejercitar el ingenio, los había hecho. Oigan entonces:

 

¡Si mi fue tornase a es,

sin esperar más será,

o viniese el tiempo ya

de lo que será después…!

 

GLOSA

 

Así como el suave viento,

se pasó el bien que me dio

la fortuna, y al momento,

de nuevo lo arrebató…

lo alejó de mi aposento.

Ya hace siglos que me ves,

fortuna, puesto a tus pies:

vuélveme a ser venturoso,

que será mi ser dichoso

si en vez de “fue” fuera “es”.

No quiero otro gusto o gloria,

otro premio o vencimiento

otro triunfo, otra victoria,

si no vuelvo a estar contento

me pesará en mi memoria.

Si tú me pones allá,

fortuna, templado está

todo el rigor de mi fuego,

y más si este bien es luego,

sin esperar más será.

Cosas imposibles pido,

pues volver el tiempo a ser

después que una vez ha sido,

no hay en la tierra poder

que tanto haya podido.

Corre el tiempo, vuela y va

ligero, y no volverá,

y erraría el que pidiese,

que  este tiempo  ya se fuese

o volviera el que no está…

 

Y acabando de recitar don Lorenzo, se levantó don Quijote, y con voz alta, dijo:

– ¡Por los cielos que eres el mejor poeta del orbe, y mereces ser laureando por las academias de París, Bolonia y Salamanca! Dime señor, si te place, algunos otros versos, que quiero saborear todo tu admirable ingenio.

Don Lorenzo aceptó los elogios de don Quijote, y dijo:

 

SONETO

 

Atrás del muro, la doncella hermosa,

luce fragante su gallardo pecho;

y hasta ahí, Cupido va derecho

con su dardo de amor, busca a la diosa.

Habla el silencio allí, porque no osa

la voz entrar, por tal camino estrecho;

las almas sí, que amor puede de hecho

facilitar la más difícil cosa.

Y así, el gran deseo se abre paso

en la virgen imprudente, que ahora grita

¡que venga la Muerte! ¡mira qué flama

que a ambos quema! ¡Oh extraño caso!,

los mata, los encubre y resucita

una espada, un sepulcro, una proclama.

 

– ¡Bendito sea Dios – dijo don Quijote -, que entre los infinitos poetas consumidos, o sea miserables que hay, he visto un consumado poeta, o sea uno bueno, como lo es usted, señor mío, que así me lo muestra este soneto!

Cuatro días estuvo don Quijote en la casa de don Diego, al cabo de los cuales le pidió permiso para irse, diciéndole que le agradecía el favor y el buen trato que en su casa había recibido, pero que no era bueno que los caballeros andantes se dedicaran al ocio y a la comodidad, y que quería ir a cumplir con su oficio, buscando las aventuras, que él sabía, en aquellas tierras eran abundantes. Don Diego y su hijo alabaron su honrosa determinación y le dijeron que tomase de su casa todo lo que quisiera, pues a ello les obligaba el valor de su persona y su profesión.

Llegó, en fin, el día de su partida, tan alegre para don Quijote como triste para Sancho, quien se hallaba muy a gusto con la abundancia que había en la casa de don Diego, pero antes de partir, llenó las alforjas y las colmó de lo más necesario. Al despedirse dijo don Quijote a don Lorenzo:

– No sé si ya te he dicho, y si no, lo volveré a decir: cuando quieras ahorrar caminos y trabajos para alcanzar el templo de la Fama, lo que tienes que hacer es dejar a un lado la poesía, y tomar la estrechísima senda de la andante caballería y hacerte emperador en un abrir y cerrar de ojos.

Con estas razones acabó don Quijote de mostrar su locura, y más cuando añadió:

– Me gustaría que te vinieras conmigo, para enseñarte cómo se ha de perdonar a los sometidos y castigar a los soberbios; pero tu corta edad no lo permite, ni creo que esas poesías tampoco, pero me contento con advertirte que siendo poeta podrás ser famoso si te guías más por el parecer ajeno que por el propio, porque no hay padre ni madre a quien sus hijos les parezcan feos, y en las cosas del ingenio este engaño es aún más común.

De nuevo se admiraron padre e hijo de las enredadas razones de don Quijote, a veces discretas, a veces disparatadas. Y así, con el permiso de la señora del castillo, don Quijote y Sancho, sobre Rocinante y el burro, se fueron.

CAPÍTULO QUINCUAGÉSIMO PRIMERO

 DEL PROGRESO DEL GOBIERNO DE SANCHO PANZA.

Amaneció el día siguiente después de la ronda del gobernador, y el mayordomo continuaba pensando en aquella bella doncella, mientras escribía a sus señores lo que Sancho hacía y decía, con mucha admiración de sus hechos y dichos, porque todo andaba mezclado con palabras discretas y tontas.

Se levantó, al fin, el señor gobernador, y por orden del doctor desayunó frutas en almíbar y cuatro tragos de agua fría. Esto no fue del agrado de Sancho, pero el doctor le hizo creer que los manjares en poca cantidad y delicados avivan el ingenio, y que esto era lo más conveniente para él.

Con esta farsa, Sancho pasaba hambre, y ésta, en secreto, lo hacía maldecir el gobierno y a quien se lo había dado; pero con su hambre y con la conserva de frutas, decidió recibir otras denuncias, y el primero que llegó fue un forastero con el siguiente problema:

– Señor, un caudaloso río dividía dos partes de un mismo terreno, y sobre este río había un puente, al cabo del cual una horca y un casa de audiencia, donde normalmente habían cuatro jueces que imponían,  según indicaciones del dueño del terreno, la ley, la cual decía lo siguiente: “Si alguien quiere cruzar el puente, debe jurar primero adónde y a qué va; y si dice la verdad, déjenlo pasar, pero si miente, ahórquenlo sin demora”. Con esta ley, muchos pasaban, pero sucedió que tomando juramento a un hombre, éste juró y dijo que por ese juramento que hacía, iba a morir en la horca. Repararon los jueces en el juramento y dijeron: “A este hombre no lo podemos dejar pasar libremente, porque mintió en su juramento, y conforme a la ley debe morir; pero si le ahorcamos, el juró que iba a morir en la horca, y, habiendo dicho la verdad, debe ser libre y no lo podemos ahorcar”. Se le pide al señor gobernador que dé su opinión.

– Esos jueces que a mí envían esa consulta, están mal informados, pues yo tengo más de ignorante que de sabio, pero cuéntenme otra vez la historia para que yo la entienda: quizás podría ser que yo de en el clavo.

Volvieron a narrar el cuento, al final del cual, Sancho dijo:

– A mi parecer, este asunto lo resolveré en un dos por tres. Ese hombre jura que morirá en la horca, y si muere, dijo la verdad, por lo tanto merece pasar por el puente y ser libre; pero si no lo ahorcan, juró mentira y entonces merece que lo ahorquen. Yo digo, pues, que la parte que dijo verdad la dejen pasar, y la que dijo mentira la ahorquen, y así se cumplirá al pie de la letra, la ley.

– Entonces – dijo el forastero – ¿tenemos que dividir al hombre? Pero si lo dividimos, morirá, y la ley no se podrá cumplir.

– Diles a esos jueces – dijo Sancho -, que lo dejen libre, pues siempre es mejor hacer el bien que el mal. Ahora me acuerdo de algo que me dijo don Quijote, y es que cuando la justicia tenga duda, es mejor ser misericordioso, y en este caso, esa sentencia viene como anillo al dedo.

– Así es – dijo el mayordomo –y yo creo que ni el mismo Licurgo[1] dio mejores sentencias que la que el gran Panza ha dado, y acabemos con esto, para que el señor gobernador coma.

– Eso está bueno – dijo Sancho -: denme de comer y luego que se vengan todos los casos que quieran, que yo los resolveré en un instante.

Sucedió que habiendo comido, entró un correo con una carta de don Quijote, y Sancho le solicitó al secretario que se la leyera, quien lo hizo de esta manera:

 

CARTA DE DON QUIJOTE A SANCHO, GOBERNADOR DE BARATARIA

 

   Hasta mis oídos han llegado las discreciones de tus sentencias. Me dicen que gobiernas como hombre, según es la humildad con que tratas: y quiero advertirte, que a veces es necesario ir contra la humildad del corazón, pues lo que hace la persona que está en tales cargos, ha de estar conforme con la ley y no a la medida de lo que su humilde condición pide. Vístete bien, que un palo compuesto no parece palo: vístete como tu oficio lo pide, y siempre limpio y bien compuesto.

   Para ganarte al pueblo, debes hacer dos cosas: una, ser educado con todos; y la otra, procurar la abundancia de los alimentos, pues no hay nada más triste que el hambre.

   No hagas muchos decretos, y si los haces, que sean buenos y sean cumplidos. Las leyes que atemorizan y no se ejecutan, son como un pedazo de tronco en el pantano, que al principio espanta a todas las ranas, pero con el tiempo, lo menosprecian y se suben a él.

   Sé padre de las virtudes y padrastro de los vicios. No seas siempre riguroso, ni siempre blando, y escoge el medio de ambos extremos, que en esto consiste la discreción. Visita las cárceles, las carnicerías y los mercados, pues la presencia del gobernador es de mucha importancia: consuela a los presos, que esperan que con brevedad se les atienda; asusta a los carniceros y a los mercaderes, para que no alteren sus balanzas. No te muestres codicioso, mujeriego ni glotón; pues si conocen una debilidad, por ahí te atacarán hasta derribarte en el abismo de la perdición.

   Estudia los consejos que te escribí, y verás como te ayudan en las dificultades que se te presenten. Escribe a tus señores y muéstrate agradecido, pues la ingratitud es hija de la soberbia.

   La señora duquesa envió a Teresa dos cartas: la tuya y otra de ella; y además un vestido y otro presente. Por los momentos estamos esperando la respuesta.

   Yo he estado indispuesto, debido a un gateamiento que atacó mis narices, pero no fue nada, que si hay encantadores que me maltratan, también existen los que me defienden.

   Mira si el mayordomo tuvo que ver algo con eso de la Trifaldi, y cuéntame todo lo que te pase, pero pronto, pues quiero irme ya, que yo no nací para estar ocioso.

   Algo aquí se me está ofreciendo que me puede poner en mal ante estos señores; pero antes tengo que cumplir con mi profesión que con mi gusto, como dicen: “Amigo es Platón, pero más amiga es la verdad”. Que Dios te cuide. Tu amigo,

 

DON QUIJOTE DE LA MANCHA

 

Después de oír la carta, Sancho se encerró con el secretario y dictó una que decía lo siguiente:

 

CARTA DE SANCHO PANZA A DON QUIJOTE DE LA MANCHA

 

Las ocupaciones de este gobierno son tantas, que no tengo chance de rascarme la cabeza, y menos de cortarme las uñas. Esto lo digo para que no piense mal por no haberle escrito y hablado de este mi gobierno, en el cual tengo más hambre que cuando andábamos por esos lugares solitarios. Hace poco me escribió el duque para alertarme sobre un posible atentado, pero el único que veo que quiere matarme, ¡y de hambre!, es el doctor llamado Pedro Recio, natural de Tirteafuera, ¡mire usted qué nombre! ¡A cualquiera le da miedo! Este doctor, dice que no cura las enfermedades, sino que las previene; y las medicinas que usa, son dietas rigurosas, como si no fuera mayor mal: la debilidad que la fiebre. Pues aquí parece que estoy haciendo penitencia, como si fuera un ermitaño.

   Anoche cuando andaba de ronda, me encontré una hermosa doncella en traje de varón y a su hermano vestido de mujer: de la joven se enamoró mi mayordomo, y yo escogí al joven para mi yerno; hoy, hablaremos con el padre de estos muchachos, un tal Diego de la Llana. Yo visito los mercados y cuando descubro algo malo, me apego a sus consejos, porque ha de saber, que en este pueblo, la gente más mala son los mercaderes, que son desvergonzados, desalmados y atrevidos.

   De que la duquesa haya escrito a Teresa me siento muy satisfecho, y descuide, que yo siempre sabré mostrarme agradecido. Bésele las manos de mi parte. No quisiera que usted tenga problemas con mis señores, pues eso me traerá daños a mí, además usted les debe muchos favores, por lo cual, usted también debe estar agradecido.

   Lo del gateado no lo entiendo, pero imagino que debe ser un acto de los encantadores.

   Quisiera enviarle algo, pero no sé qué. Si Teresa me escribe, hágame el favor de enviármelo aquí, que me muero por tener noticias de mi gente. Que Dios lo libre de los encantadores y a mí de ese doctor Pedro Recio. Su criado,

 

SANCHO PANZA EL GOBERNADOR

 

Cerró la carta el secretario y la despachó. Sancho se quedó dando algunas instrucciones, entre las cuales dijo que se debía traer a la ínsula, todo tipo de vino, pero con la respectiva etiqueta, para poder ponerle el precio según su calidad. Moderó el precio de los calzados; fijó los salarios de los criados; puso penas severas a los que cantaran canciones lascivas; ordenó meter preso a todos los limosneros ciegos, a menos que se demostrara que efectivamente eran ciegos. Hizo y creó un alguacil de pobres, no para perseguirlos, sino para que los examinaran, porque a la sombra de fingida invalidez, se esconden ladrones y borrachos. En fin, ordenó tantas cosas buenas, que hasta hoy están guardadas en aquel lugar, y se nombran “Las constituciones del gran gobernador Sancho Panza”.

[1] Licurgo: legislador de Esparta en el siglo IX a.C.

CAPÍTULO SEXAGÉSIMO OCTAVO

 DE LA CERDOSA AVENTURA QUE TUVO DON QUIJOTE.

La noche estaba oscura. Cumplió don Quijote con la naturaleza durmiendo el primer sueño, sin dar lugar al segundo, al contrario de Sancho, que nunca tuvo segundo, pues le duraba el sueño desde la noche hasta la mañana, mostrando así, las pocas preocupaciones que lo embargaban. Las que tenía don Quijote, en cambio, lo desvelaron de manera que despertó a Sancho y le dijo:

– Maravillado estoy, Sancho, de la libertad de tu condición: me parece que eres de piedra y que no cabe en ti movimiento o sentimiento alguno. Yo velo cuando tú duermes, yo lloro cuando tú cantas, yo me desmayo de ayuno cuando tú estás perezoso y sin aliento de tanto comer. Los buenos criados comparten las penas de sus amos, aunque sea aparentemente. Mira la serenidad de esta noche, la soledad en que estamos, todo nos invita a no dormir. Levántate, por tu vida, y con buen ánimo y con mucho agradecimiento, date trescientos o cuatrocientos azotes a cuenta del desencanto de Dulcinea. Después de que te los des, pasaremos lo que resta de la noche cantando, yo mi ausencia y tú tu firmeza, dando desde ahora principio al ejercicio pastoral que tendremos en nuestra aldea.

– Señor – dijo Sancho -, yo no soy militar para que a medio sueño me levante y me quiera azotar, y además, no creo que del dolor de los azotes se pueda pasar a la alegría de la música. Déjeme dormir y no me apremie con eso de los azotes.

– ¡Oh alma endurecida! ¡Oh escudero sin piedad! Por mí te has visto gobernador y por mí tienes oportunidad de ser conde, y eso será pronto, que yo “post tenebras spero lucem”.

– No entiendo eso – dijo Sancho -: solo entiendo que mientras duermo ni tengo temor ni esperanza, ni trabajo ni gloria; gloria al que inventó el sueño, capa que cubre todos los pensamientos, manjar que quita el hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el frío, frío que templa el ardor y finalmente, moneda con que todo se compra, balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con el discreto. Solo una cosa mala tiene el sueño, según he oído decir, y es que se parece a la muerte, pues de un dormido a un muerto hay muy poca diferencia.

– Nunca te he oído hablar, Sancho – dijo don Quijote -, tan elegantemente como ahora, por donde veo que es verdad ese refrán que dice: “El que con lobos anda, a aullar aprende”.

– Ya ve – dijo Sancho – usted también dispara refranes, y se le caen de la boca mejor que a mí.

En esto estaban, cuando sintieron un sordo estruendo y un áspero ruido que por todo el valle se expandía. Don Quijote se levantó y tomó la espada mientras Sancho se metía debajo del burro temblando de miedo. El ruido, poco a poco aumentaba, y aunque don Quijote y Sancho no los podían ver, eran unos hombres que llevaban a vender más de seiscientos puercos, los cuales, con su gruñir y bufar, hacían aquel alboroto. De pronto, fueron atropellados por la tropa de cerdos, y no solo botaron a don Quijote y a Sancho, sino que derribaron también a Rocinante, dejando desparramadas por el suelo, todas sus pertenencias.

Sancho se levantó y pidió la espada para matar a media docena de aquellos señores y descorteces chanchos, que ya había descubierto que eso eran. Don Quijote le dijo:

– Déjalos estar, amigo, que esta afrenta es pena de mi pecado, y justo castigo del cielo es que a un caballero vencido lo coman los chacales, le piquen las avispas y lo pisoteen los chanchos.

– También debe ser castigo del cielo – dijo Sancho – que a los escuderos de los caballeros vencidos los incomoden las moscas, los coman piojos y los embista el hambre. Si fuéramos parientes, pues ni modo, pero ¿qué tienen que ver los Panzas con los Quijotes? Ahora bien, durmamos otro poco, que ya se nos acaba la noche.

– Duerme tú, Sancho – dijo don Quijote -, que naciste para dormir; que yo, que nací para velar, antes que acabe la noche daré rienda suelta a mis pensamientos y escribiré unos versos que anoche compuse en mi memoria.

– Usted haga los versos que quiera – dijo Sancho -, que yo dormiré lo que pueda.

Y luego, se acurrucó sobre el suelo y durmió a sueño suelto, sin que ninguna preocupación lo estorbase. Don Quijote, recostado contra un árbol, al son de sus mismos suspiros cantó de esta manera:

 

 

– Amor, cuando yo pienso

en el mal que me das: terrible y fuerte,

voy corriendo a la muerte,

pensando así acabar mi mal inmenso;

mas en llegando al paso

que es puerto en este mar de mi tormento,

tanta alegría siento,

que la vida se esfuerza, y no le paso.

Así el vivir me mata,

que la muerte me torna a dar la vida.

¡Oh condición no oída

La que conmigo muerte y vida trata!

 

El día llegó y Sancho se despertó, y sacudiéndose y estirándose, miró el destrozo que habían hecho los puercos y comenzó a insultarlos. Finalmente, volvieron los dos a su camino y esa tarde, vieron que hacia ellos venían diez hombres a caballo y cinco a pie. El corazón de don Quijote se sobresaltó y el de Sancho se azoró, porque la gente que se acercaba traía lanzas y venía como a la guerra. Don Quijote se volvió a Sancho y le dijo:

– Si yo pudiera ejercitar mis armas, a este ejército que viene, lo tendría yo por cosa sin importancia; aunque podría ser otra cosa de lo que tememos.

Y llegando los de a caballo, sin decir palabra rodearon a don Quijote y le pusieron las lanzas en las espaldas y pechos, amenazándolo de muerte. Uno de los de a pie, le indicó que callara y tomando las riendas de Rocinante lo sacó del camino. Sancho venía atrás, igualmente amenazado y callado. La noche llegó, apresuraron el paso, creció en los dos cautivos el miedo, y más cuando oyeron que de cuando en cuando les decían:

– ¡Caminen, trogloditas!

– ¡Cállense, bárbaros!

– ¡Paguen, antropomorfos!

– ¡No se quejen, matadores, ni abran los ojos, leones carniceros!

– “¿Nosotros tortolitas? – dijo Sancho para sí -. ¿Nosotros barberos? ¿Estropajos? No me contentan nada estos nombres: a mal viento, no se limpia el grano; todo el mal nos viene junto, como al perro callejero los palos, ¡y ojalá no pase de palos esta aventura tan desventurada!”

Iba don Quijote absorto sin poder adivinar el por qué de aquellos nombres insultantes que les daban, y de lo cual, nada bueno esperaba sacar. Llegaron en esto, a un castillo que bien conoció don Quijote que era el del duque.

– ¡Válgame Dios! – dijo -, ¿qué será esto? Sí, que en esta casa todo es cortesía y urbanidad; pero para los vencidos el bien se vuelve en mal y el mal en peor.

Entraron al patio principal del castillo y lo vieron tan adornado que les aumentó la admiración y se les duplicó el miedo.

 

Epitafios a los héroes de esta historia:

DE UN PERSONAJE DE TEATRO EN LA SEPULTURA DE DON QUIJOTE

 

Aquí yace el caballero

bien molido y mal andante

a quien llevó Rocinante

por uno y otro sendero.

Sancho Panza su sirviente

yace también junto a él,

su escudero, el más fiel

y el más gracioso regente.

 

DE UNA MARIONETA EN LA SEPULTURA DE DULCINEA DEL TOBOSO

 

Reposa aquí Dulcinea,

y, aunque de carnes rolliza,

la volvió en polvo y ceniza

la muerte espantable y fea.

En vida, ignoró este mote

que la trocó en una dama;

y nunca supo la fama

que alcanzó por don Quijote.

 

DE UN BURLADOR, A SANCHO PANZA

 

Sancho Panza: un hombre de cuerpo chico,

pero grande en valor, ¡milagro extraño!,

escudero el más simple y sin engaño

que anduvo en el mundo en su borrico.

Gobernante fue, no se hizo rico,

como aquél a quien no le importa el daño

que hace al pobre pueblo, año tras año,

robándole al Estado un buen poquito.

Este buen escudero siempre anduvo,

a pie, o en su burro, tras el manso

caballo Rocinante y tras su dueño.

Siempre a un paso de ser conde, estuvo,

y tras su meta, no tuvo descanso,

mas murió feliz, sin lograr su empeño.

 

EL CAPRICHOSO, EN HONOR DE ROCINANTE

 

En un caballo blanco al mundo vino,

trocando la sangrienta guerra en arte,

frenético el Manchego su estandarte

movía con esfuerzo peregrino,

escribiendo con oro, su destino,

pues, de un mundo feliz, era baluarte…

A dioses como Apolo… Zeus… Marte…

hubiera combatido con buen tino,

pues toda su gran lucha era posible

por causas del gallardo Rocinante

que intrépido y valiente afrontaba

cualquier virtual o real rufián temible.

Le fue fiel a su caballero andante…

¡bueno!, por yeguas, sí lo abandonaba,

mas luego, aún molido, siempre daba,

lo mejor para apoyar a don Quijote

ya a galope tendido… ya a manso trote…

 

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