PRIMERA PARTE

1303

Septiembre

– Aunque el papa es enemigo mío, no estoy de acuerdo con lo que le está haciendo el rey francés – dijo Dante –; yo siempre he abogado  por una iglesia y un Estado separados.

– Bonifacio VIII te hizo la vida imposible; debería de alegrarte su infortunio – dijo Favio Di Bari –. Aún recuerdo la cara que puso cuando le dijiste que él “solo debía colaborar con el poder temporal sin pretender soberanía política…” No te metió preso porque estabas cumpliendo una misión diplomática, pero ordenó que no te dejaran salir de Roma –, concluyó su compañero en el destierro.

– Es cierto, él apoyó con todo lo que pudo, a nuestros enemigos – explicó Dante –. Es intransigente y siempre ha querido imponer su poder a como dé lugar… De ahí sus conflictos con todo mundo. En Italia hostigó a los poderosos Orsini, a los Caetani…

– Y a los Colonna los acusó de herejes, cismáticos y blasfemos, por lo que éstos tuvieron que buscar refugio en Francia – interrumpió Antonioni.

– Con su poder económico, es lógico que el rey los haya recibido con los brazos abiertos – siguió Dante.

– Pero el pleito con el rey de Francia ya es viejo – dijo Favio.

– Sí, pero el punto culminante, fue aquel año santo proclamado por el papa con la excusa de celebrar el siglo decimotercero de la era cristiana, y en el cual, concedió la absolución de cualquier pecado a todo el que llegara a la sede papal con su ofrenda. Los peregrinos, deseosos de alcanzar, al morir, las delicias celestiales, atiborraron la ciudad y llenaron a reventar las arcas pontificias. Bonifacio no fue sordo al clamor popular ni al tintineo de las monedas, y estaba tan embelesado en su triunfo que no dudó, ni un momento, en declarar la supremacía del papa sobre todos los reyes de la Tierra. Para Felipe IV esto fue una afrenta – concluyó Dante.

– Tú también te molestaste – dijo Favio –, y llamaste a la rebelión.

– No era para menos – contestó Dante –, pero también se molestó la creciente burguesía adinerada en toda Europa, y sobre todo los reyes. En Alemania no hubo una protesta real, porque el papa no tenía mucha influencia por ahí, y las excomuniones que había hecho no escandalizaban a esa gente. Además, el emperador, en ese momento, era una figura decorativa. Pero creo que la declaración papal ayudó a que la poderosa familia de los Habsburgo tuviera un rol político más beligerante dentro y fuera de Alemania.

– El papa está loco – dijo Pietro del Piero -. Se dice que desea reavivar las cruzadas pues sueña con recuperar Jerusalén. Y hasta lo ha planeado con los templarios –. Todos rompieron a reír.

– Bonifacio se molestó porque Felipe el Hermoso cargó de impuestos a las diócesis, y no solo eso, también prohibió que el oro y la plata salieran de Francia hacia la sede papal – aseveró Dante –. Pero lo que lo exacerbó más, es que haya arrestado a Bernard Saisset, obispo de Pamiers, desconociendo la costumbre papal que dicta que solo el pontífice puede juzgar los asuntos eclesiásticos.

– El rey ahora tiene tanto poder que no le importa lo que opine la santa sede – dijo Antonioni.

– En este tira y afloja, se supo que el consejero real Guillaume de Nogaret, envió a Bonifacio una nota, en la cual justificaba la acción real y acusaba a Saisset de traidor y hereje, ya que éste no solo había afirmado que “la fornicación no era pecado” sino que también se atrevió a decir “que la penitencia era una cosa inútil”. La misiva de Nogaret concluía anotando que “lo que es cometido contra Dios, contra la fe o contra la iglesia romana, el rey lo considera cometido contra él” – dijo Dante.

– El rey siempre ha querido demostrar que él es el defensor de la fe – aclaró Favio.

– Estando así las cosas, hace un año, Bonifacio convocó a los obispos para juzgar al rey por abusos contra la Iglesia, y el rey contraatacó – aseveró Dante –, llamando hereje al papa, en una reunión con el clero francés y la nobleza. Luego de eso, los asesores del rey realizaron una ofensiva propagandística con la cual difundieron la idea de que el rey es “el ángel de Dios” y “el campeón de la fe”.

– Eso tuvo que  haber incomodado mucho al papa – dijo Pietro.

– Tanto que convocó a Felipe IV para que se presentara en Roma, y así definir de una vez por todas, la relación que debe haber entre el poder temporal y la iglesia – continuó Dante –. Pero el rey francés es un maestro en eso de las trampas y no atendió ese llamado, pues a lo mejor creyó que Bonifacio algo se traía entre manos. Eso ocurrió hace 4 meses. Desde entonces, el papa continuó recalcando que “existen dos gobiernos, el espiritual y el temporal, y ambos pertenecen a la iglesia. Uno está en manos del pontífice y el otro en manos de los reyes. Estos, no pueden hacer nada sin el permiso papal, y es necesario que, para obtener la salvación eterna, toda criatura humana esté sometida al pontífice romano” –, terminó Dante.

– Eso debe haber enfurecido más al Hermoso – afirmó Favio.

– Así es – siguió Dante –, Felipe IV se encolerizó tanto que no solo le recordó la madre al papa, sino que convocó a una asamblea en París donde se acusó a Bonifacio VIII de herejía, simonía, blasfemia, hechicería y de haber provocado la muerte del Papa Celestino V.

– Los cargos suman 29 – aclaró Pietro –, y por cierto hay algunos irrisorios. Se le acusa, además de los que Dante ha mencionado, de negar la inmortalidad del alma, de negar la vida eterna, de haber colocado estatua suyas para que fueran adoradas por la feligresía, de fomentar la guerra, de negar la virginidad de la Virgen María, de amistad con herejes, de destructor de matrimonios…

– La efectividad de la propaganda real – interrumpió Dante –, puso al vulgo a favor del rey, y éste aprovechándose de la ingenuidad del pueblo impuso su voluntad.

– Siempre ha dicho: “voy a hacer lo que tenga que hacer” – interrumpió Pietro.

– Le ha repetido muchas veces a los franceses, que “ese italiano quiere mandar en Francia y eso ningún francés lo permitirá” – continuó Dante –. La propaganda hizo creer a todos, que el pueblo apoyaba al rey, y éste, consiguió que la nobleza y la burguesía no solo lo apoyaran para juzgar al papa, sino también para deponerlo, capturarlo y llevarlo a París. Así, Felipe el Hermoso envió un comando armado especial para tal fin, bajo el mando de sus consejeros Guillaume de Nogaret y Guillaume de Plessis, a quienes acompañaba el enemigo papal Sciarra Colonna con otros miembros de su familia. En total, envió a 300 caballeros y 1000 infantes.

– Los amigos de Sciarra lo mantenían informado y él ya sabía que el papa se había movido de Perugia al palacio episcopal de Anagni – aseguró Favio.

– Así es – contestó Dante –. Lo que me han informado es que Bonifacio estaba esperándolos, en compañía de dos cardenales que lo apoyan: el obispo Niccolò Boccasini de Ostia y el obispo de Sabina, de quien no recuerdo su nombre. Me contaron que Bonifacio al verlos entrar les dijo: “he aquí mi cabeza, he aquí mi tiara. Moriré, es cierto, pero moriré siendo papa”. Nogaret acababa de ordenar a sus soldados que lo apresaran, cuando Sciarra Colonna se abalanzó sobre Bonifacio VIII y le dio en pleno rostro con una manopla de hierro que llevaba escondida. El golpe fue tan salvaje que el anciano cayó estrepitosamente al piso. Nogaret detuvo a Sciarra y pidió a los cardenales que buscaran inmediatamente ayuda médica. La gente que se ha dado cuenta de esto, está furiosa. Lo último que sé, es que han detenido a los franceses, y que el papa sigue inconsciente.

– A mi me han contado algo diferente – dijo Pietro –. Según esta versión, a Bonifacio le propusieron tres cosas: que entregara el tesoro de la Iglesia; que reintegrara a los cardenales Colonna; y que se entregara a las fuerzas francesas para ser juzgado en París. El papa no aceptó y Nogaret habiendo sobornado a los guardias, pudo romper las puertas del palacio, y apresar al papa, el cual parece que iba muy mal de salud. Plessis le leyó las acusaciones que justificaban su arresto.

– De cualquier forma, lo hecho por Felipe IV está mal. Tenemos la obligación moral de manifestar nuestra inconformidad – dijo Dante.

 

 

Octubre

– ¡Que hijos de puta! – dijo Felipe IV al enterarse de la muerte del papa –. Está bueno que hayan apresado a Guillaume por pendejo, y no voy a mover un dedo para sacarlo de las cárceles italianas, pues él tenía mis órdenes claras de capturarlo y traerlo a Francia. Nogaret sabía que mi deseo era humillarlo y pasearlo por las calles de París con un rótulo de hereje colgado al pecho – exclamó furiosamente el rey.

– Nogaret no fue encarcelado, Su Majestad – dijo su asesor Enguerrando de Marigny – porque se demostró que él no tuvo culpa directa en la muerte del papa; y Colonna que se declaró el hechor del crimen, fue absuelto porque su caudal económico y político es un blindaje contra cualquier ley que se le pretenda aplicar.

– Pero díganle a Guillaume, que no lo quiero ver por aquí – contestó el rey –, y que se mantenga en Roma para saber a qué obispo debemos apoyar para acabar de una sola vez, con estos conflictos que me tenía con Bonifacio.

– El que parece será el sucesor es el cardenal Niccolò Boccasini – dijo el asesor en asuntos religiosos -. Ha estado apoyando a Bonifacio y estaba con él cuando fue apresado. No podemos esperar mucho de él.

– Estuvo de mediador en Flandes cuando firmamos la paz con el rey de Inglaterra – dijo Felipe IV –. Lo tratamos muy bien y creo que no es como Bonifacio. ¿Qué has averiguado de él?

– A los 14 años ingresó en la orden de los dominicos y en 1296 se le nombró Maestro General de la Orden de los Predicadores. Al igual que estos frailes, Boccasini practica las mortificaciones y penitencias, y se le conoce por su humildad y moderación.

– Bien. En cuanto a Nogaret y a Plessis, pensándolo mejor, prefiero que salgan inmediatamente de Italia. No quiero otra cagada que dé motivos al nuevo papa para seguir la lucha de Bonifacio. Programen una reunión para cuando Nogaret y Plessis estén aquí y así podremos planear nuestra mejor jugada.

 

 

Unos días después, el castillo de Fontainebleau era sede de la reunión.

– Salimos tan de prisa de Italia  – dijo Nogaret al rey –, que no hubo chance de que Sciarra Colonna escribiera una nota, pero le manda a decir, que le pide perdón si alguna de sus acciones lo incomodaron, pero que debe saber que sus amigos obispos, le han dicho que antes que termine este mes, elegirán a Boccasini como el nuevo papa. También quiere que sepa, que él hará lo imposible, si esto es posible de afirmar, para que el nuevo pontífice haga las paces con usted.

– Tomaremos en cuenta esa información – dijo Felipe IV dirigiéndose a todos los asesores que estaban en la reunión –. Con el cardenal Vazart hemos estado charlando al respecto y ahora, necesito vuestra opinión para saber si lo que planeo hacer, es adecuado según el punto de vista de cada uno de ustedes. Enviaré 3 embajadores con una carta real para felicitarlo como nuevo representante de Dios ante los hombres, agregando que me pongo de hinojos ante él… Bueno, es un decir, ustedes me dirán si es correcto o no. Le estoy pidiendo benevolencia para el reino y la iglesia de Francia, y me estoy comprometiendo a apoyarlo en cualquier cosa que necesite. Según nuestros contactos en la sede papal, Boccasini se hará llamar Benedicto XI. El duque Nodier leerá el borrador de la carta, párrafo por párrafo, para que puedan hacer sus comentarios. Necesito que esté lista para mañana y así enviarla inmediatamente a Italia para que le sea entregada al nuevo papa luego de su nombramiento.

 

 

Diciembre

El cardenal Vazart corrió a los aposentos del rey, pues deseaba hacerle saber el contenido de la nota que acababa de llegar de Italia.

– Buenas nuevas, Su Majestad – dijo el cardenal cuando Felipe IV lo recibió -. Benedicto XI agradece el apoyo que le ha ofreciendo, y como muestra de buena fe, le informa que ha abolido la excomunión que su antecesor libró contra usted. Asegura saber que esta decisión no será bien vista por el pueblo italiano, pero que él asume la responsabilidad de sus actos. Le informa también que ha excomulgado a Guillaume de Nogaret, a los que invadieron a la fuerza el palacio de Anagni y a Sciarra Colonna. Termina la misiva invitándolo a Roma, en la fecha que usted estime conveniente.

– Esto hay que festejarlo, mi querido cardenal. Dios es benevolente conmigo y espero que siga siéndolo, pues estoy planeando la venganza contra Flandes. Hace dos años sufrimos una gran derrota en Courtrai, y desde entonces me he estado preparando para el desquite, y  creo que ya ha llegado ese momento.

– Alabado sea Dios – dijo el cardenal.

 

1304

Agosto

Felipe IV el Hermoso está contento. Uno de los heraldos reales le acababa de informar que Flandes ha sido arrasada. Las notas que le traía, narraban que en Mons-en-Pévèle, los enemigos caídos habían sido tantos, que ahora, el campo de batalla mostraba pinceladas de rojo hasta en las copas de los árboles.

“La anexión de Flandes a Francia está lista – pensó el rey -. Sin embargo, estoy consciente que aquí no acaba la guerra. Siempre habrá grupitos que seguirán luchando. Y para mantener este triunfo, necesitaré dinero… Y mucho… De algún lugar tengo que sacarlo. La asamblea tiene que aprobar las leyes que les he preparado. La riqueza de los judíos debe confiscarse de cualquier forma, no me importa si para lograrlo, hay que expulsarlos de Francia. En Lombardía hay otros que son demasiado ricos. Habrá que pensar en los templarios también, y a los curas tenemos que ponerles más impuestos. Ahorita es el momento, pues el papa tiene tantos problemas con los italianos que me parece que ni siquiera se va a enterar… Bueno, y si se entera, qué me importa. Por otra parte, tengo que agradecerle a la Virgen María porque fue ella la que me ayudó a obtener esta victoria. Voy a mostrarle mi agradecimiento, colocando una estatua ecuestre frente a su altar en la catedral de Notre-Dame”.

 

1305

Septiembre

La ceremonia se desarrollaba ostentosamente como Felipe IV la había solicitado. 10 años antes, el rey había hecho una jugada de alta diplomacia, comprometiendo a sus hijos con las hijas de Otón de Borgoña, y hoy que se celebraba las bodas de Luis con Margarita, de Carlos con Blanca y  de Felipito con Juanita, el rey estaba satisfecho porque sabía que esta relación fortalecía mucho a Francia.

Mientras la mayoría de invitados se había acercado al quiosco, para escuchar mejor la música que producía el cuarteto de violines traído a la boda por el padre de las novias, Felipe IV se había mantenido al lado de su esposa, Juana I de navarra, en la mesa del banquete.

– Viendo a Felipe casado a sus 16 años, no puedo evitar recordar a nuestras hijas Margarita y Blanca – dijo la reina.

– Yo tampoco. Margarita murió de cuatro años y yo ya había conseguido comprometerla con Eduardo I de Inglaterra – se lamentó el rey.

– Y Blanca apenas tenía un añito cuando murió – dijo ella –. ¡Isabel! – llamó la reina a su hija que pasaba cerca –, ¿puedes acompañar a tu padre un momento mientras voy a ver cómo está Robertito que sigue muy enfermo?

– Claro – dijo Isabel –, será un honor estar con este hombre tan bello. Usted ¿qué opina Su Majestad? – preguntó con malicia Isabel.

– Siéntate aquí hija – dijo el rey –. Espero que el joven con el que te comprometí sea tan caballero como su padre.

– No está mal – dijo Isabel.

– ¿Y qué te parecen tus cuñadas?

– Creo que la grandeza de Francia es primero – dijo la hija.

– Eso quiere decir que no te gustan –, sonrió el rey.

– Pudiste conseguirles algo mejor, no sé… No las he tratado mucho… Mira a Luis – señaló a su hermano mayor –, siempre rodeado de gente.

– Es normal – dijo Felipe IV –, será el rey cuando yo me muera.

– No digas eso papi – clamó Isabel –. Tú vivirás muchos años y yo te daré muchos nietos, ya verás.

– No he visto a Carlos – dijo el rey.

– Por ahí lo vi hace un rato –. Isabel lo buscó entre la multitud y no lo pudo hallar –.  ¿Sabías que lo apodan Carlos el Hermoso?

– De tal palo tal astilla – sonrió el rey mientras abrazaba a su hija –. Y a Felipe ¿cómo lo apodan? – preguntó.

– El Largo, pero todavía no sé por qué – dijo Isabel –, pero mira, ahí viene tu consuegro, te dejo con él, que a lo mejor tienes asuntos que tratar. Te veo luego, te quiero papá.

Otón de Borgoña, solo vino a despedirse. El rey se quedó solo y mientras escuchaba la música, algunos pensamientos le invadieron la mente: “los judíos dejaron de ser un problema hace un año, pero Benedicto XI con esa su muerte repentina complicó un poco las cosas.  De suerte que se me ocurrió propagar aquello de que tuve una revelación divina donde veía a Bertrand de Got como el nuevo papa.  Bertrand… bueno, Clemente V, aún no me acostumbro a su nuevo nombre, no es que sea una maravilla, pero me debe muchos favores y quizás eso me ayude a mantenerlo a raya. Ya el hecho de haber aceptado pasar la sede papal a Aviñón, dice mucho de él… El Estado necesita un nuevo sistema fiscal para que la recaudación de impuestos se realice de manera eficiente y para descubrir a aquellos que se enriquecen en estos puestos… Hay que reducir el oro y la plata en las monedas. Un metal menos valioso hará el mismo trabajo… Lo de los títulos de nobleza a quien los pueda pagar es una buena idea, y los títulos de libertad para los siervos también puede dejar grandes ganancias…”

1307

Octubre

Jean esperaba ansioso el regalo que le daría su padre ese día que celebraba su decimosegundo cumpleaños, pero él se tardaba, y el hecho de no regresar a casa a la hora habitual era preocupante, pues el señor Buridan era muy metódico. Todos los días, después de cenar, se reunía con sus hijos para leerles algo y responder las inquietudes que surgieran. Jean recordó la conversación de la semana pasada, donde le expresaba que no quería ser sacerdote. Su padre le expuso claramente su situación económica, y le dio a entender, que esa era la única opción que tenía para seguir sus estudios. De la manera en que él se lo planteó, Jean supo que lo que le proponía era que se convirtiera en clérigo seglar, un tipo de sacerdote que no tiene relación con los conventos ni con las órdenes religiosas, y que puede llegar a ser profesor de cualquier universidad prestigiosa, no solo de Francia, sino de cualquier país europeo. Desde niño, las conversaciones con su padre le habían influido tanto que soñaba con ser artista y filósofo, y además, creía posible, recuperar cientos de documentos que seguramente fueron salvados del incendio de la biblioteca de Alejandría. Este ultraje al conocimiento, como lo llamaba su padre, les era recordado a menudo, con la finalidad de que cada uno de ellos, supiera evadir cualquier tipo de fanatismo, y evitar así, asemejarse al despreciable califa Omar, quién padeciendo de este mal, ordenó incendiar el palacio de los libros, afirmando que: “si esos 900,000 manuscritos de la biblioteca, no enseñan más que el Corán, son inútiles; y si dicen algo más, son infieles; por lo tanto, deben ser quemados”. Su padre aseguraba que de no haber ocurrido ese hecho tan atroz, los conocimientos actuales serían diferentes y no prevalecería esa ignorancia que existe, no solo en el pueblo, sino también en la nobleza y en el clero.

– Mamá, ¿pasa algo? – preguntó Jean, al observarla inquieta.

– No sé… Seguramente tu padre ha tenido contratiempos con ese despliegue de la armada del rey, que hoy parece que estamos en una ciudad sitiada.

– ¿Estamos en guerra? – inquirió Jean.

– Con “el Hermoso”, siempre estamos en guerra – respondió su madre.

– Mamá, ¿por qué al rey Felipe IV le apodan así? – preguntó Claude.

– Bueno…Los gustos de las personas son tan diferentes como los peces del mar. Tu padre, a mí, por ejemplo, me parece bello, pero miles de mujeres no deben compartir mi opinión. Para mí, el rey es feo, pero en el mundo de la política, muchas cosas ocurren por adulación, y seguramente por eso, algunos que quieren quedar bien con él le tildan de hermoso y le… – se interrumpió al ver que su marido llegaba y corrió a abrazarlo.

– ¡Han traicionado a los templarios! – exclamó el señor Buridan, y se dejó caer sobre el sofá. – Pero ven – dijo, tendiendo los brazos hacia Jean –, déjame abrazarte y desearte mis mejores deseos. No creas que me he olvidado de tu cumpleaños. Ya te mostraré lo que te tengo. Solo déjame descansar un poco, que este día ha sido tan fatigante como el día que nos vinimos a París.

– ¿Quiénes son los templarios? – preguntó Claude.

– Es un grupo de personas poderosas de quienes se ha escrito tanto, que ya no se sabe si sus historias son reales, o si son simples leyendas. Su mundo es un misterio y sus reglamentos son secretos. Lo que te puedo contar someramente, es que tienen mucho dinero y son prestamistas. No solo le prestan a la gente común, sino que a los nobles y aun a los mismos reyes.

– ¿Y quién los traicionó? –, preguntó su esposa.

– Felipe IV. La verdad es que ni el papa los pasa, pero eso se debe a que los templarios tuvieron mucho contacto con judíos y musulmanes, y tienen ciertas ideas gnósticas que la Iglesia no aprueba. Para que te quede claro –, se dirigió a su hijo Jacques –, el gnosticismo es una especie de cristianismo antiguo, bastante diferente al promulgado por nuestra iglesia católica romana… Pero la traición – dijo a su esposa –, fue Felipe IV quien la planeó y ejecutó. En la calle se escuchan varias versiones. Unos creen que el rey tiene buenos motivos para apresarlos. Se les acusa de arrogantes y díscolos. Se dice que en sus castillos ocurren cosas siniestras y que tienen altares donde adoran a un demonio llamado Bafomet, quién les habla a través de una cabeza barbuda, y los obliga a cometer infanticidios, sodomías, abortos, orgías, brujerías, herejías y blasfemias. Incluso se ha mencionado que en sus ritos, escupen la imagen de nuestro señor Jesucristo, y a pesar de todo esto, el papa, que es incondicional del rey, aunque parezca imposible, ha puesto algunas objeciones a esta maniobra. A lo mejor, al pontífice no se le olvida que los templarios, en la época de las cruzadas, fueron los grandes defensores de nuestra religión, o quizás tenga algún otro tipo de relación con ellos. Otros dicen que el rey lo hace por venganza. Recuerdan la vez que los templarios lo protegieron de las turbas parisinas que lo amenazaban, y que estando en sus palacios, él solicitó ser ingresado en la orden en calidad de postulante, lo cual le fue denegado. Hay unos que aseguran que lo hace por avaricia, pues sabe de los grandes tesoros que ellos tienen. No falta el que afirma, que lo hace por temor, pues dicen que la armada real, no es tan poderosa como el ejército que tiene la orden del Temple. También se sabe, que el rey les debe mucho dinero, y muchos son de la opinión que acusándolos y apresándolos, se libera de dicha deuda.

– ¿Y será cierto que la armada de los templarios es mejor que la del rey? – preguntó Jean.

– Sí, es cierto, pero Felipe IV es muy sagaz. Su plan lo comenzó hace cuatro años, cuando asesinó al Papa Bonifacio VIII, y luego al Papa Benedicto XI, para poner en Roma a Clemente V, quién, seguramente, se siente endeudado con el rey por haberlo nombrado papa. Los templarios deben lealtad al pontífice y algunas artimañas debe de haber efectuado Clemente V para provecho de Felipe IV.

– ¿Y tu jefe, el Barón d’Ormesson, te ha dicho algo? – preguntó su esposa –. Según sé, él pertenece al Temple – aseguró.

– El Barón, hace un par de semanas, me invitó a su oficina y ahí, me declaró su entera confianza y me pidió no hablar con nadie de este asunto. Me contó muchas cosas, y una de ellas era, que las autoridades principales de los templarios conocían ciertas acciones de Felipe IV que podían dañar sus intereses. Para contrarrestar cualquier problema legal, hacía ya tiempo que ellos le habían solicitado al papa, que ordenara una auditoría en su organización, la cual nunca se realizó. Sabían que algo se tramaba contra ellos y conociendo el carácter del rey, la cautela los impulsó a realizar ciertas acciones de seguridad. Sus jefes acordaron apoyarse en personas ajenas a la organización, gente cuyos méritos y honradez ya habían sido puestos a prueba. Esa gente se encargaría de guardar ciertas cosas que el Temple quería proteger en caso de ocurrir algo inesperado. Lo peor que podía pasar, pensaban, era la confiscación de algunos de sus bienes, y esto, había sido discutido y aceptado por todos los miembros, como si se tratase de un impuesto de guerra. De cualquier forma, se había procedido a quemar algunos inventarios, y a esconder la mayoría de los tesoros más valiosos junto a todos los manuscritos que podían ser mal vistos, por la nobleza o por los jerarcas de la Iglesia. A mí, por ejemplo, se me pidió guardar ciento tres manuscritos antiguos. Todo esto que les cuento es confidencial y nada debe salir de esta casa, porque la pena impuesta por el rey, podría ser la muerte. En aquél momento, el Barón d’Ormesson me dijo que cuando los templarios comprendieran bien los planes de Felipe IV, se me pediría regresar los tesoros y documentos, y que por el servicio, se me compensaría económicamente. Entiendo, que así como a mí, los templarios, en toda Francia, han confiado en una gran cantidad de personas, y todas sus pertenencias ya debe de estar bien protegidas. Otra cosa que me contó, es que sus infiltrados, habían descubierto que el rey había enviado cartas cerradas a sus gobernadores en toda Francia, para abrirlas a determinada hora. Esa hora, era la misma a la cual se realizaría el almuerzo a la que los principales de los templarios, habían sido invitados. Para ese gran encuentro que ocurrió el día de hoy, el palacio de Felipe IV estaba engalanado como si fuera una boda real, y su armada cuidaba la ciudad, con el pretexto de que sus invitados no sufrieran ningún atraso. El rey había explicado escuetamente, en las invitaciones, que pretendía organizar una nueva cruzada, y que ellos, debido a su experiencia, serían los principales actores. Esto sonaba acorde con los planes guerreristas que siempre había tenido el rey… Pero este mediodía, cuando todos sus invitados ya estaban en palacio, no fueron los sirvientes los que entraron con la comida, sino sus mercenarios, encabezados por Guillaume de Nogaret, quien les comunicó que quedaban arrestados por crímenes contra Dios. Sus gobernadores, este mismo día, deben estar apresando a todo templario de su región. La traición real, fue súbita, rápida y eficiente. Lo único que se ha sabido hasta el momento, es que  el rey ha ordenado confiscar todos los bienes de los templarios, tanto en París como en todas las otras regiones de Francia. Felipe IV, cree haber organizado un plan  perfecto, pero no sabe que ellos han dejado vacíos sus castillos antes de asistir a la cena… A nosotros los que trabajamos con el Barón, nos detuvieron e interrogaron, pero nos liberaron al creer que nada sabíamos. A ustedes, yo quiero mostrarles todo lo que se me ha confiado. Sé que estará en buenas manos en caso de que me pase algo. Y ahora vamos al comedor, que quiero entregarle el regalo de cumpleaños a Jean – concluyó.

 

 

Dante se encontraba en París cuando ocurrió el encarcelamiento de los templarios. Si bien éste grupo no era de su agrado, lo era menos Felipe IV, quién con sus deseos expansionistas, amenazaba el futuro de Italia. Habían pasado seis años desde que tuvo que abandonar su amada Italia, a causa de la malograda rebelión de Florencia que había dirigido. Entonces lo exiliaron y esos malos gobernantes, en contubernio con Clemente V, seguían manteniendo a Italia, desunida, expoliándola de sus riquezas para provecho propio. Había pasado casi todo su exilio en el norte de Italia, pero las amenazas a muerte de sus enemigos lo habían traído a París, donde no se sentía cómodo y de donde planeaba, pronto, emigrar. Se había rodeado de un grupo de gibelinos, quienes soñaban con una Europa unificada bajo el mando de un emperador culto y competente, y con los cuales se reunía una vez a la semana. Felipe IV era el rey más odiado por sus camaradas, algunos de los cuales, lo tildaban de frío, severo, calculador e inmisericorde. Unos lo llamaban “el Rey de Mármol”, otros “el Rey de Hierro”, y hacían burla de aquello de “el Hermoso”, que prevalecía entre sus compinches y secuaces.

– Es un asesino – dijo Raoul –, todo mundo sabe que él fue quién envenenó a su hermano mayor, para heredar la corona.

– Once años tenía su hermano cuando eso ocurrió – dijo Pietro –. Desde niño conoce las bondades de los venenos, por eso también envenenó a Benedicto XI y a saber a cuántos más.

– A Bonifacio VIII también – agregó Raoul –, y ya debe estar preparando las pociones con que enviará a los templarios al otro mundo.

– Desdichada gente – dijo Pietro –, ya deben de estar probando las máquinas de tortura de la Santa Inquisición.

– Y lo lamentable de todo esto, es que Felipe IV, se muestra como el hombre más piadoso del universo – dijo Dante –. Se sabe que se encomienda a Dios cada vez que emprende cualquier acción, sin importar que sea buena o mala.

– Es un ridículo, como todos esos que lo rodean – dijo Pietro –. Van a la iglesia como si fueran santos y llevan sus espadas al alcance de sus manos, por si alguien dice algo que les incomode.

– Pero no se puede negar que es valiente, o loco, pues todavía gusta de pasearse por París sin escolta, a pesar que sabe que tiene muchos enemigos.

– Hizo canonizar a su abuelo, Luis IX, otro malandrín que sus historiadores han subido a un linaje celestial – agregó Antonioni.

– Lo que no podemos negar es su astucia – dijo Dante –. Con eso y con la gente que lo rodea, ha logrado fortalecer el poder de Francia. Desde niño, el ansia de poder lo domina, y por eso, no se mide para cometer cualquier atrocidad. La cautela lo indujo a formar un poderoso ejército de mercenarios, y su avaricia lo impulsó a expulsar a los judíos y a socavar las prerrogativas de la Iglesia. Por eso es que combate a los lombardos y le ha hecho esta jugarreta a los templarios. Las mujeres de su familia han sido artículos matrimoniales para afianzar su poder: casó a su hermana con Eduardo I de Inglaterra y ya se habla que pronto casará a su hija con su sobrino Eduardo II.

– No se puede negar su sagacidad – dijo Pietro –. Todos estos conflictos en que se ha metido lo han fortalecido más.

– ¿Recuerdan cómo destruyó a Bonifacio VIII? – inquirió Favio.

– El Papa sentía que estaba perdiendo poder ante las monarquías. Antes, ningún rey cuestionaba las acciones papales y Bonifacio VIII intentó recuperar el poder absoluto a la manera antigua. Esos dos personajes con ansias desmesuradas de poder, frente a frente – dijo Dante –, tenían que chocar. Y de estas luchas ignominiosas, siempre es el pueblo el que sale perdiendo. Ya es hora de que el mundo cambie… no me canso de decir que la iglesia y el Estado deben separarse. Un gobernante sin apoyo papal, ya no podrá escudarse en la creencia popular de que Dios guía sus pasos. El monarca debe meterse en sus asuntos buscando el bienestar del pueblo, y el papa debe meterse en sus iglesias a dirigir hacia el buen camino a sus rebaños. Ya es tiempo de que ninguno influya en el otro. Miren lo que pasa con el papa actual, es casi un títere de Felipe IV.

– Sin embargo dicen que a veces no hace las cosas como las quiere el rey. En este asunto de los templarios, parece que Clemente V ha expresado su malestar.

– A mí me parece que Felipe IV les debía mucho dinero, y encontró, para desprestigiarlos, motivos fáciles en esa aureola de misterios que envolvía sus ceremonias y rituales – dijo Dante –. Si permitimos que Felipe IV siga actuando así, pronto invadirá Italia y se coronará como emperador y será imposible detener una invasión a Alemania. Yo he escrito a varios príncipes italianos y teutones, e incluso a algunos del norte de Francia, para que apoyemos al rey Enrique VII, el hijo del Conde Enrique VI de Luxemburgo. Es un tipo culto a quien no le gusta el expansionismo francés y ha tenido roces con Clemente V. Yo creo firmemente, que Enrique VII sería un gobernante excelente para reunificar a Europa. Yo doy mi voto para darle el título de emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Según he escuchado, su intención es unificar Italia, lo cual sería maravilloso ya que terminaría con esas luchas fratricidas que ensangrientan nuestras ciudades y nuestros pueblos.

– Yo les confieso que estoy pensando en unirme al ejército alemán – dijo Raoul.

– Esa es buena noticia – dijo Pietro –. Pero ahora tengo que irme, mas antes de hacerlo, quiero hablar de una cosa más – se dirigió a Dante –. Leí tu libro Il convivio. Es un banquete de sabiduría. Me gusta la defensa que haces del lenguaje vulgar contrapuesto al latín.

– Creo que la sabiduría es el grado sumo de la perfección humana, y en cuanto al latín, creo que es una lengua noble, virtuosa y bella, pero no me deja cantar lo que quiero, como lo hace la lengua del vulgo – dijo Dante.

– Tus comentarios políticos también están bien explicados, y me gusta la refutación que haces a tus enemigos que quieren justificar tu exilio. Pero quisiera saber cómo va ese otro libro que estas escribiendo – dijo Pietro.

– Había abandonado ya ese proyecto de poema – dijo Dante –, pero, ya que la fortuna me ha devuelto estas páginas, probaré de recordar la idea que tenía, y acabarlo con ayuda de la Gracia. Esos cuadernos los abandoné en Florencia, y ya los creía perdidos, pero unos amigos los rescataron y me los hicieron llegar. Creo que está en mi destino terminarlos, pero no sé cuándo podré, pues estos movimientos de Enrique VII a favor de Europa y los de Felipe IV en menoscabo de la región, me tienen muy ocupado. He escrito tantas cartas que a veces me olvido hasta de almorzar. El día que vuelva a mi amado terruño, podré dedicarme a este libro totalmente.

– ¿Por qué le llamas comedia? – dijo Raoul –, a mí me parece que eso de morir y llegar a los lugares celestiales o infernales más bien es una tragedia.

– No es una tragedia porque su final será feliz. Ya los mencionaré a ustedes, en alguno de los versos – sonrió Dante mientras se levantaba y despedía.

 

 

Jacques Duèze, se acababa de recostar, cerró sus ojos y empezó a sopesar sus acciones. Ser obispo de Fréjus no era una tarea agotadora, pero sus maniobras para conseguir otro puesto de mayor jerarquía, le consumían mucho tiempo y energía. Tenía sesenta y cuatro años, pero se sentía tan joven como cuando tenía veinte. Apenas recordaba su infancia, cuando ayudaba a su padre en la zapatería que éste había logrado afianzar con mucho esfuerzo. Desde muy joven mostró gallardía y no escatimó medios para alcanzar sus metas. Era de pocas palabras y su rostro mal encarado se había remarcado con los años. Siempre había gozado de una apariencia endeble y pálida, y su poca estatura y su mal vestir acentuaban estas características. Pero en ese cuerpo pequeño anidaba un cerebro portentoso que lo había hecho alcanzar niveles de poder que causaban temor en sus detractores. Era un genio de la administración y un estadista sin par. Los libelos lo acompañaron siempre y en ellos se le acusaba de todo: fornicación, incesto, adulterio, sodomía, homicidio y hasta de violador de monjas y novicias. Los bienes confiscados a los templarios no eran muchos, pero suficientes para mejorar sus influencias. “Ya verán esos herejes, de qué soy capaz si no me indican dónde están todos sus tesoros”, pensaba. “Sea como sea, las torturas harán que alguno indique dónde esconden la mortaja de Cristo… y el santo Grial… y los clavos de la crucifixión…” Desde niño, cuando paseaba por las calles de Cahors, su villa natal, soñaba con transformarse en un personaje poderoso. Su dedicación al estudio pronto lo hizo llegar a la Universidad de Aviñón, de donde pasó a la de París y luego a la de Montpellier. Siendo muy joven consiguió codearse con personajes de alto linaje y a través de ellos, consiguió ocupar puestos de relevancia, y ahora, había logrado que Carlos II de Anjou, rey de Nápoles, tuviera una buena opinión de él. Se sentía orgulloso de haber alcanzado parte de las metas que se había propuesto siendo niño mientras hacía sus recorridos diarios hacia la escuela. Por ahora, podía soñar con un cardenalato, y es más, podía soñar con ser el papa. Se creía en posesión de algunas relaciones importantes que lo pondrían sin problema sobre la silla pontifical. Clemente V era un pelele. Si él llegaba a ser papa algún día, mostraría cómo debe actuar el representante de Dios en la Tierra. Felipito, el hijo del rey de Francia, era una de esas personas importantes que él conocía. Y el ala radical de la Iglesia lo veía a él, con buenos ojos. El futuro se le mostraba prometedor.

 

1308

 

Duèze ha venido a Toulouse, para dar su apoyo a su amigo, el inquisidor Bernard Castenet, quien está pasando momentos difíciles a causa de muchas acusaciones a que ha estado siendo sometido.

– Dicen tantas cosas de ti, pero son esos grupos comecuras, que no cesan de inventar maldades donde no las hay – dijo Duèze.

– Yo he tratado de hacer bien mi trabajo y he puesto mi mejor empeño en lograr la grandeza de la Iglesia desde que el Papa Inocencio V me nombró en este cargo – aseveró Castenet –. En aquella época, no solo construí una nueva catedral, sino que hice grandes ampliaciones al palacio episcopal y todo eso gracias a las recuperaciones de bienes de la Iglesia que por muchos años habían estado en poder de los laicos…

– Lo sé – dijo Duèze -. Lo que hacemos para la gloria de nuestro Señor, siempre será mal visto por los herejes y por aquellos que quisieran tener tu puesto.

– Supiste que se murió el hijo menor del rey.

– Sí, Robertito. Me acaban de dar la noticia. Estaba enfermo desde hace varios meses – contestó Duèze –. Eso no afectó al rey para seguir intentando que su hermano Carlos sea coronado como rey de los romanos.

– Felipe IV lo necesita en Italia – dijo Castenet –, primero porque ya no confía en Clemente V, y segundo porque Enrique VII ha sido nombrado el sucesor de Alberto I en Alemania y se sabe que reclama el cetro del Sacro Imperio Romano Germánico.

– El papa está entre la espada y la pared. No haya como decirle al rey que no apoya a Carlos. Clemente V sabe que si el hermano del rey es coronado, su poder se verá menoscabado.

– El rey siempre ha menospreciado el poder papal. No sé si recuerdas que cuando yo era obispo de Albi, Felipe IV me puso una gran multa y me obligó a salir de esa ciudad, sin consultar a ninguna jerarquía eclesiástica.

– Claro que me acuerdo – dijo Duèze –. Se vio presionado por los habitantes de Castres, Cordes, Carcassonne y Limoux, que lanzaron un movimiento anti-inquisitorial que fue dirigido por ese Bernard Délicieux. Recuerdo que también estaban acusando a mi amigo Bernard Gui, el líder de los dominicanos, que ha sido inquisidor aquí, desde el año pasado. También he venido a hablar con él.

– Al alejarme de Albi, las cosas se tranquilizaron un poco, pero dos años después cuando Felipe IV les quitó su apoyo, volvieron a las calles, y desde entonces no han dejado de perseguirme.

– He leído las acusaciones, y la lista es interminable – dijo Duèze –. Pero mi visita no ha sido solo para que sepas que estoy contigo. Lo principal no te lo puedo explicar por ahora, pero necesitaré tu apoyo  para un asunto que me traigo entre manos y que te aseguro, redundará en beneficio de la Iglesia.

– ¿No me puedes adelantar nada? – inquirió Castenet.

– No porque aún me faltan detalles… es algo que necesita perfección total, pero te aseguró que será para engrandecer la Iglesia. El asunto nos ayudará a acrecentar la fe de los feligreses de hoy y del futuro.

– Tú sabes que estaré encantado de colaborar en cualquier cosa que tú emprendas.

– Lo sé. Por ahora es necesario que guardemos el secreto. Solo tú y otro amigo mío conocen sobre esto. Cuando tenga todo el asunto bien organizado, sabrás de mí.

– Bien. Estaré esperando.

 

1309

 

Duèze estaba en la recepción de la sede papal. Hacía un mes que había solicitado esta audiencia, y ya se empezaba a desesperar cuando Clemente V salió a recibirlo. Después de tratar ciertos asuntos de su diócesis, Duèze trajo a colación el motivo más importante que lo había llevado a Aviñón:

– Necesito que hablemos de la acusación que se le está haciendo a Bernard de Castenet.

– Según entiendo – dijo el papa –, se le acusa de múltiples homicidios, de negligencia pastoral, de simonía, de dilapidación de caudales, de irregularidades y crueldad sistemática en el ejercicio de la justicia…

– También de incontinencia – dijo Duèze –, pero todo eso son inventos de los grupos anticlericales. Se han inventado que maneja la arquidiócesis como si fuera una monarquía episcopal…

– Ha realizado obras adicionales en el palacio de la Berbie que no se pudieron hacer con el dinero que recibe la diócesis – interrumpió el papa.

– El Languedoc tiene habitantes que son muy ricos, y como el rey los ha atacado, es lógico que quieran poner su fortuna para obras de Dios. Bernard de Castenet ha sabido aprovechar las donaciones de esta gente. No se le puede acusar de hacer más grande el palacio. Se le podría acusar si lo dejara deteriorarse.

– Pero las acusaciones no paran ahí – dijo Clemente V –. He leído que se le acusa de prácticas mafiosas con el fin de imponer el terror a base de asesinatos. Se dice que manifiesta un gusto pronunciado por los castigos sangrientos, y que manipula la corte para agravar las sentencias de sus enemigos.

– Simples argucias – sonrió Duèze –. También dicen que es un experto en venenos, y que no ha dudado en utilizarlos contra miembros de la curia que se oponían a su poder absoluto.

– Algo escuché de eso… Pero lo que más me preocupa, son las acusaciones sexuales que le hacen. Dicen que gusta de poner en práctica todas las patologías que han realizado sus acusados y que es conocida su costumbre de acostarse con jovencitas.

– Lo tildan de desenfrenado sexual, pero es que no hayan como desprestigiarlo. Esa gente es tan malévola que de los 114 testigos presentados, la mayoría son pagados e instruidos para que repitan  las mentiras aberrantes de sus acusadores. Todos sabemos que hay gente ignorante que por un puñado de monedas vende hasta su propia alma.

– Según me han informado, hay un documento de hace 10 años, donde se cuenta que Castenet apresó a 20 miembros de las familias pudientes que lo habían llevado a corte, y los condenó a cadena perpetua por crímenes de herejía.

– Los ricos de Albi se habían acostumbrado al obispo anterior que permitía todo tipo de libertades. Castenet puso orden y eso no gustó a los disolutos. Estos mismos herejes, a quienes Felipe IV apoyó sacando a Castenet de Albi, son los mismos que tramaron la traición contra la corona queriendo darle el poder de Languedoc, al hijo del rey de Mayorca.

– Se le ha acusado incluso de irreligioso y falto de fe, pero yo no soy juez… Dime ¿qué pretendes que yo haga? – preguntó el papa –. A mí, solo me traen las resoluciones finales para aprobarlas con mi fallo. Lo que les interesa es mi rúbrica, no mi opinión.

– Sí, parece un simple trámite, pero lo cierto es que su excelencia tiene la última palabra – dijo Duèze –, y yo sé que no se dejará manipular por ese atajo de mentirosos.

– Bueno, no te prometo nada, pero examinaré con detenimiento, los documentos que me hagan llegar.

 

 

Ese mismo día, Duèze visitó a dos canónigos amigos suyos para que solicitarán la agilidad del juicio, asegurándoles, que aunque el papa no quería que se supiera, era él mismo quien solicitaba se le diera importancia a este asunto.

 

 

Un mes después, el juicio se dio por terminado. Clemente V admitió que las pruebas contra Castenet no eran contundentes, sin embargo, para beneficio de todos, lo alejaría de la inquisición, y para tal efecto, le ordenaría que se presentara en la abadía de Puy-en-Velay a más tardar en el próximo verano. Duèze, que se había presentado en la corte, para la lectura del dictamen, abrazó a su amigo y le prometió que pronto lo iría a buscar.

 

1310

 

– ¿Sabes que Enrique VII ha cedido a su hijo de 14 años el condado de Luxemburgo? – preguntó Favio.

– Sí, y lo ha casado para mejorar su esfera política – dijo Dante –. Ahora su hijo Juan es el rey de Bohemia, y Enrique VII se encuentra en Milán, donde lo han coronado rey de los romanos y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Me parece que poco a poco se está realizando mi sueño de un imperio romano universal. Ahora está cerca el final de mis enemigos.

– Sin embargo he tenido noticias de que todas tus cartas han incomodado a mucha gente. Los que rodean al emperador deben de haberte puesto en su contra. Escuché que la divulgación de tu libro De monarchia, no ha sido bien recibida en muchas partes.

– Ya sabía que a mis enemigos no les gustaría – dijo Dante –, pero al menos sé, que han comprado mi libro… Así quisiera que mis amigos lo compraran, aunque fuera por solidaridad – se quejó.

– Yo ya compré el mío – dijo Antonioni –, y aquí lo tengo. No me incluyas en esa queja.

– Me disculpo – dijo Dante –. Préstamelo, que quiero leerles algo para que vean que ahí solo expreso verdades indiscutibles – tomó el libro y dijo: – aquí está mi contribución para erradicar la anarquía imperante en Europa y el por qué de mi apoyo a la monarquía, la cual considero, como la única posibilidad de devolver la paz a nuestros pueblos. Aquí hablo de mis tres adversarios: del papa y su secuaces, defensores celosos de la teocracia; de los corruptos, cuya avaricia ha extinguido en ellos la luz de la razón, y que siendo hijos del diablo se autoproclaman hijos de la Iglesia para defender sus intereses personales; y de los decretistas, gente ignorante y vacía tanto de teología como de filosofía,  que con leyes protegen el statu quo. Pero déjenme leerles algunos párrafos –… Al ver que se le prestaba atención, comenzó:

“Considero de sumo interés para todos los hombres, en quienes la naturaleza superior imprimió el amor a la verdad, que, así como se han visto beneficiados por el trabajo de sus antepasados, así también ellos se preocupen por los que han de sucederles, para que la posteridad se vea enriquecida con sus aportaciones. En efecto, quien instruido en la doctrina política no se preocupa de contribuir al bien de la república, no dude de que se halla lejos del cumplimiento de su deber. En vez de ser «como árbol plantado a la vera del arroyo, que a su tiempo da su fruto», es más bien como tromba devastadora que todo lo engulle y nada devuelve de cuanto se ha tragado. Reflexionando con frecuencia sobre ello, para que no se me culpe de haber escondido bajo tierra mi talento, me propuse no solo crecer, sino también dar frutos de utilidad pública y enseñar algunas verdades que otros habían descuidado… Y siendo la «Monarquía temporal» tan desconocida, y su conocimiento el más útil entre todas las verdades ocultas, habiendo sido su enseñanza postergada por todos, por no ser un tema que ofrezca de inmediato posibilidad de lucro, está dentro de mis planes el sacarla de las tinieblas, tanto para provecho del mundo, como para ser yo el primero en alcanzar la palma de tan gran premio para mi gloria. Emprendo, ciertamente, una empresa ardua y

superior a mis fuerzas, confiando no tanto en mis propios méritos, cuanto en la luz de aquel Dispensador de bienes «que a todos da largamente y sin reproche»”.

– Me gusta – dijo Favio –. Pero ¿qué es eso de monarquía temporal?

– Es lo mismo que imperio, y es aquél principado único que está sobre todos los demás. Pero ¿es necesaria para el bien del mundo?, ¿le pertenece a los romanos por derecho? y ¿depende directamente de Dios o de sus representantes en la Tierra? Compren el libro y léanlo si quieren ver estas respuestas – sonrió Dante.

– Yo leí ya una buena parte – dijo Antonioni – y me gusta eso de que el hombre particular, se perfecciona en prudencia y sabiduría por la tranquilidad y el sosiego, y que el género humano encuentra la libertad y la felicidad cuando hay paz.

– Ustedes deben saber que el mundo está tanto mejor ordenado, cuanto más poderosa es la justicia – dijo Dante –, y “la justicia más poderosa se da solamente bajo la autoridad del monarca”; por eso es imprescindible la monarquía o el imperio. Tengan presente que “la justicia consiste en una cierta rectitud, o en una regla que rechaza lo incorrecto venga de donde venga” y no tolera un más o un menos. Y la justicia, alcanza su plenitud solo cuando la imparte un sujeto de voluntad sin trabas y de sumo poder… por eso, yo creo que Enrique VII es ese monarca que la civilización necesita.

– También leí que hablas de los gobernantes inmorales – agregó Antonioni.

– Efectivamente – respondió Dante –. Estos pululan en los regímenes políticos desviados, o sea en las democracias, en las oligarquías, en las dictaduras y en las tiranías. En éstos, los gobernantes se aprovechan del pueblo en vez de servirlo… Recordemos lo que dijo Aristóteles: «un hombre bueno en un régimen político malo es un mal ciudadano, pero en un régimen político recto se identifican el hombre bueno y el buen ciudadano». Solo ha existido una época donde predominó la paz, y fue durante la monarquía del divino Augusto. Todos los historiadores y los poetas famosos, han dado testimonio de que entonces el género humano era feliz en la tranquilidad de una paz universal. Tengan siempre presente, que las “leyes han de ser interpretadas en beneficio de la república”.

– Y de la gran Italia – dijo Raoul.

– El pueblo romano se apropió por derecho, y no por usurpación, de ser un imperio. Y esto, porque es el pueblo más noble de la Tierra, y por lo tanto es el preferido por los demás. Como dice Juvenal: “la nobleza del alma es la sola y única virtud”. Y esta nobleza, no es que yo me la he inventado, sino que tenemos testimonios de muchos autores antiguos, entre ellos Virgilio y Tito Livio. Los milagros de Dios para con nuestro pueblo son innumerables; quién no recuerda que bajo el reinado de Numa Pompilio, segundo rey de los romanos, cayó del cielo un escudo sagrado que nos hizo ganar la guerra; y cuando Roma estaba a punto de caer en manos de los galos, fue el grito de un ganso quien despertó a los romanos y así pudieron hacer frente a tal amenaza; y no olviden que Roma no cayó ante las poderosas fuerzas de Anibal, porque el cielo envió una súbita e intolerable tormenta de granizo; y la hazaña de Clelia, que con ayuda de Dios rompió las cadenas que la tenían cautiva y cruzó el caudaloso Tiber como si fuera una experta nadadora… El Imperio Romano siempre buscó el beneficio de todos los pueblos que se amparaban en sus dominios, por eso Cicerón dijo que “más que un imperio, era un patrocinio del orbe de la Tierra”. Hemos tenido hombres ejemplares, como Cincinato que luchó por su patria pero no aceptó ser el dictador que sus seguidores le proponían; y Fabricio que luego de luchar por Italia rechazó las riquezas que le ofrecían; Y no olvidemos a Camilo, ni a Bruto, ni a Mucio y menos a Marco Catón, y a otros cuyas hazañas muestran la nobleza que tuvieron nuestros antepasados y que con orgullo heredamos y seguimos practicando.

– Yo lo que puedo decir – dijo Favio –, es que nuestro amado Dante Alighieri, es un tipo honesto que no encaja en este mundo de intrigas, traiciones, sed de dinero, ridículas presentaciones sociales y menosprecio por los pobres. El partido de la honestidad que Dante quiere promover, parece una utopía, pero yo me uno a él, porque como él, yo también llevo en mi corazón, el amor por toda la urbe. Que Baldo d’Aguglione nos haya perdonado a todos nosotros, menos a Dante, prueba que nuestros enemigos no tienen la nobleza que ha caracterizado siempre a nuestro pueblo.

– El papa está detrás de todo esto – dijo Antonioni –, y ahora ha entrado en conflicto con el rey de Nápoles.

– Pero Enrique VII también declaró una amnistía contra todos los expulsados de Florencia, exceptuando a Dante – dijo Raoul –. Pero todo eso que ha hecho para instaurar la paz, no le ha salido como ha deseado. Parece que se está volviendo muy severo. Y sigue en conflictos con Clemente V.

– Éste, en el concilio de Viena, anuló las decisiones de su predecesor – dijo Favio –, ha suspendido todas las excomuniones a los franceses que invadieron el Palacio de Anagni y ha nombrado a Sciarra Colonna como cardenal.

– Que Enrique VII no acepte mi solicitud para recibirme, no me preocupa, porque sigo pensando que él es el indicado para llevar la paz al mundo – concluyó Dante.

 

 

Felipe IV estaba muy molesto con algunos de sus vecinos, ya que éstos, no solo habían permitido que algunos templarios se refugiasen en su suelo, sino que también les daban protección. A Inglaterra envió emisarios para presionar a Eduardo II de Inglaterra, “quien parecía ser muy blando con ese grupo de bandoleros que se había refugiado en su reino”. Con los que habían escapado hacia Alemania no podía hacer nada, pues estaban protegidos por su enemistad con Enrique VII. Se sabía de muchos que se habían refugiado en tierras teutonas, se habían cortado la barba y se habían mezclado entre la gente y para molestar más al rey francés, en este país se les había declarado inocentes de cualquier acusación francesa. Felipe IV había enviado emisarios también a España y Portugal, donde se les había dado acogida y protección. Para Felipe IV seguían siendo un grupo de herejes y recalcaba esta acusación al decir que ellos ponían en entredicho una de las verdades de las Sagradas Escrituras al asegurar que la Tierra era redonda, dizque “basándose en unos falsos mapas árabes que a lo mejor ellos mismos habían producido”.

– No me gusta el jueguito que se trae Clemente V – dijo Felipe IV –, me ha estado dando largas en el asunto de mi hermano Carlos y sé que ha mantenido correspondencia con ese cabrón de Enrique VII.

– Sabe que si su hermano es coronado como rey de los romanos,  se le acabarán todas esas ínfulas de poder que por ahora presenta – dijo Nogaret.

– Ha hecho muchas cosas sin siquiera consultarme – se lamentó el rey –. Los juicios contra los templarios no están marchando como yo quiero. La injerencia de Clemente estaba logrando apoyo popular para los detenidos. Guillaume – dijo Felipe IV a Nogaret –, tenemos que dar un ejemplo para que este asunto no se nos salga de las manos. Quiero que lleves a la hoguera, mañana mismo, a los 54 templarios que están en las mazmorras del convento de Saint-Antoine. Prepara la orden y que te la firme el inquisidor general Guillaume de París. Éste nunca me dirá que no. Quémalos a fuego lento y que esté ahí Esquiu de Floyran que fue quien los delató. Si tienes problemas con la gente que se opone a estas acciones, haz lo que tengas que hacer para evitar que entorpezcan la justicia… Mañana, cuando vengas, quiero que me digas que ya todos están en el infierno. Ah, y encárgate de ese asunto de mi tía Matilde. Dile a Roberto III de Artois, que si no se quiere meter en problemas conmigo, la deje tranquila.

 

1312

 

El señor Buridan terminó la charla con sus hijos y los envió a dormir. En silencio, se quedó acompañando a su esposa mientras ella aseaba la cocina.

– Dime qué te preocupa – dijo ella.

– Hace cinco años que tengo en mi poder esos manuscritos, y como ya no hay esperanzas de que los pueda devolver, he decidido encargárselos a Claude, pues es quien ha mostrado más interés en estudiarlos. ¿Qué opinas? – preguntó, y al notar una mirada de aprobación,  agregó: – Bueno, entonces está hecho.

– ¿Crees que ya no hay esperanza que los liberen? – preguntó ella.

– El rey está haciendo lo que se le antoja y las acusaciones cada vez son más graves, y ahora parece que el papa va a suprimir la Orden. Se dicen tantas cosas, que ya no se sabe qué puede ser cierto y qué no. Lo que yo puedo especular, es que todo aquel que amasa grandes riquezas y poder, se ve rodeado de tentaciones de toda índole, predominantemente lujuriosas. Se sabe de algunos casos de personajes con títulos nobiliarios que han caído en ese desorden, e incluso ministros del rey y jefes de la armada real, y no digamos jerarcas religiosos.

– ¿Insinúas que la riqueza produce personas inmorales? – preguntó ella.

– A veces… De todo hay en la viña del Señor. Yo ya no sé si es conveniente meter la mano al fuego para defender a alguien. Yo creo que la riqueza y el poder de los templarios, hizo caer a algunos en el desenfreno, pero de esto, no se ha encontrado ninguna evidencia. Y a pesar de esto, Felipe IV continúa acusándolos con saña, llamándolos inmorales, herejes y corruptos. Ha dado a sus ministros más poderosos, vía libre para hacer lo que tengan que hacer y conseguir que se declaren culpables. Enguerrando de Marigny es conocido por su crueldad y Guillaume de Nogaret, por su maldad. Pero no olvidemos que también tiene como aliado al Papa Clemente V, y como acusador, a ese cura famoso por sus torturas al que llaman “el piadoso inquisidor Imbert”.

– Sé quién es – dijo su esposa.

– Se dice que a los presos, se les tortura de una manera inhumana, pero el rey dice que eso es pura propaganda de sus enemigos. Se defiende, asegurando, que es cierto que entre los encarcelados han muerto algunos, pero ha sido por enfermedades y vejez. Nadie puede visitarlos, pero no pudieron evitar que saliera de sus mazmorras, una nota del caballero Tousard de Gisi, quien asegura que confesó todo lo que le indicaron, a causa del temor, los maltratos y la tortura. Todas esas acusaciones donde se les imputa el negar a Jesucristo, pisar la cruz y realizar obscenidades depravadas, es falso. El escribe que fue torturado por Hexian de Beziers, el prior de Montfaucon y por el fraile Guillermo Robert. Asegura que solo en París, murieron 36 caballeros que no aceptaron los cargos a pesar de los vejámenes a que fueron sometidos. A Bernardo de Vado lo torturaron con fuego en la planta de los pies hasta que se le consumió la carne y se hicieron visibles sus huesos. Es triste saber que estas cosas ocurren, y que son personas, como nosotros, las que las realizan. Todos los que se retractaron de sus declaraciones forzadas, fueron declarados herejes y condenados a la hoguera por el arzobispo de Sens, el señor Philippe de Marigny, hermanastro de Enguerrando.

– Es horrible – manifestó la señora Buridan.

– Hace dos años nombraron juez de Tolosa a Bernardo Gui, quien se ha convertido en el inquisidor más famoso de Francia. Esta nota que me han pasado, dicen que proviene de un manual para inquisidores que él escribió. Mira lo que dice: “… si no se consigue nada, y el inquisidor y el obispo creen de buena fe que el acusado les oculta la verdad, que lo manden torturar moderadamente y sin derramamiento de sangre… Si por estos medios no se avanza, se torturará al acusado de la forma tradicional, sin buscar nuevos suplicios… Si aun así no confiesa, se le mostrarán los instrumentos nuevos… Si el acusado, sometido a todas las torturas enumeradas, sigue sin confesar, se le dejará libre” –. Esto es ominoso – concluyó.

– Tengo miedo que descubran que tú colaboraste en el ocultamiento de bienes de los templarios.

– Yo también – dijo,  mientras tomaba las manos de su esposa y las besaba con mucha ternura.

 

 

Cuando Dante recibió la noticia de que Enrique VII había asaltado Florencia y derrotado a sus enemigos, se puso eufórico. Consideró que ese era el momento adecuado para volver a solicitar al emperador que se dignara recibirlo. Sus amigos en Florencia trataron de conseguirle una entrevista, pero todo fue en vano. Dante no perdió el entusiasmo y continuó escribiendo cartas a otras personalidades, donde expresaba su deseo de que Florencia se mantuviera lejos de la codicia del papa. Aunque el emperador se tardaba en expresarse sobre su petición, Dante no se desesperaba, porque sabía que cualquier día de estos, recibiría la invitación… Pero sus esperanzas se desvanecieron cuando recibió la noticia de que éste había muerto. Se le informó que en una expedición del emperador contra Roberto el Prudente, había muerto y que todo parecía indicar que había sido envenenado. En ese instante su mundo se vino abajo porque comprendió que jamás volvería a pisar la tierra que tanto amaba. Escribió a su amigo Cangrande della Scala, quien residía en Verona y le solicitó ayuda para acomodarse en esta ciudad.

 

Abril

– Este papa me está sacando de mis casillas – vociferó Felipe el Hermoso –; en el concilio de Viena, se ha atrevido a no reconocer la culpabilidad de los templarios…

– Clemente V está tratando de reconquistar al pueblo romano – aseguró el cardenal Vazart.

– Ahora la gente dice que yo me robé todo lo que pude de esos bandoleros – dijo Felipe IV –. Nos está obligando a tomar medidas contra él. Es bueno que se lo hagas saber.

– Si su majestad no hubiera aparecido súbitamente en la ciudad, Clemente V no se hubiera apresurado a anunciar la supresión de la Orden.

– Con eso cree que me contenta – dijo el rey –, pero el muy cabrón ha estipulado que los bienes confiscados a los templarios, sean pasados a los caballeros de San Juan de Jerusalén.. Creerá el muy pendejo que yo me voy a quedar sentado viendo cómo se llevan lo poco que conseguimos. Tenemos que actuar con energía contra esos herejes, porque mientras estén vivos, seguirán apareciendo ideas escabrosas, como esa de que un ejército de los templarios está listo para liberarlos, o esa otra de Clemente, que quiere condenarlos a cadena perpetua y que purguen esa pena en algunos monasterios…

 

Noviembre

– Han decretado cadena perpetua contra todos los dirigentes de la orden del Temple – dijo el señor Buridan.

– También escuché que la inquisición ahora se llamará La Santa Hermandad – le contestó su esposa.

– Clemente V ha reconocido públicamente que la labor que ha hecho hasta el momento La Hermandad de Toledo, es digna de alabanzas a pesar de las habladurías de los enemigos. No ha negado que en sus orígenes se cometieron errores, pero que bajo la dirección de sus predecesores y de él, todo ha sido encaminado por el sendero humano de la religión. El papa ha asegurado, que como la institución tiene un propósito más apegado a la realidad actual, ha decidido cambiarle el nombre.

– Y eso de llamarla de otra manera ¿mejorará las cosas? – preguntó ella.

– ¡Patrañas! – contestó su esposo –. Es una manera de engañar a los bobos. Ninguna institución, nación o persona, cambia con llamarse de otra manera. Para que la inquisición cambie, se necesita eliminar a todos esos sádicos que la han estado dirigiendo. Desde sus comienzos, la institución ha marchado mal, y en aquella época, su forma de actuar era la siguiente: apresaban al presunto delincuente, y sin ninguna prueba y sin ningún juicio, lo ataban a un palo y lo ajusticiaban mediante el uso de sus arcos y flechas. Y cuando el desdichado ya estaba muerto, se le sometía a un juicio donde se le declaraba culpable… Ahora no lo hacen así, ahora prefieren las hogueras, pero se sigue con las prácticas de juzgar sin derecho a la defensa.

– ¿Y es cierto que Clemente V está en problemas con Felipe IV?

– Es que el rey solo lo toma en cuenta cuando quiere aprobación de sus acciones. Roberto el Prudente tiene lazos familiares con el Hermoso y ahora que es senador romano, tiene más poder para presionar al papa y así lograr que actúe como Felipe IV desea. Con la muerte de Enrique VII, el papa tendrá que volver al redil, porque pasará mucho tiempo antes que los sucesores del emperador puedan ofrecerle apoyo.

– ¿Y quién heredará la corona de Alemania?

– No sé. La están peleando Luis IV de Baviera y Federico I de Austria – concluyó el señor Buridan.

 

1313

 

– ¿Has sabido algo de Dante? – preguntó Raoul a Pierre.

– Me dijeron que estaba en Verona. La última vez que lo vi, fue hace cerca de dos años y estaba contento con la invasión a Italia de Enrique VII de Luxemburgo. Para él eran buenos augurios. Pero ahora que el emperador ha muerto, no quiero ni imaginarme cómo se sentirá.

– Cuando la invasión comenzaba, intentó participar, pero las notas que envió al monarca, con este deseo, no le fueron contestadas – dijo Raoul –. Parece que ni sus antiguos camaradas le quisieron ayudar.

– Entiendo que las cartas anteriores, aquellas que dirigió a todo mundo y también las que escribió a sus enemigos, llegaron a manos del emperador, pero la posición política que en ellas expresaba, no fueron del agrado de Enrique VII.

– Aquello de separar la iglesia del Estado, supongo que sí le agradaba –, dijo Raoul.

– Eso no lo sé… De lo que sí me enteré, es que causó gran preocupación en ciertos círculos políticos italianos, pues le pedía al monarca, que en nombre de la ira de Dios, eliminase a todos sus enemigos.

– Es que Dante siempre fue un ingenuo en política. Su honestidad no encaja en ese mundo de intrigas y traiciones… El desarrollo de los acontecimientos le demostró que todos esos políticos, tanto gibelinos, como güelfos de cualquier color, solo buscaban su bienestar personal –, se lamentó Raoul –. Y su partido de personas honestas, fue un fracaso. La política siempre ha transformado a todo aquél que se mete en ella y termina aprovechándose de los pobres para enriquecerse a sí mismo; espero que Dante ya se haya convencido que no existen los políticos honestos como él.

– ¡Ojalá! – exclamó Pierre –. Y esperemos que en el futuro, las cosas le salgan mejor. En resumen, nunca tuvo a la mujer que más amó; no ha podido regresar a su bien amada ciudad; sus hijos están lejos; sus queridos conciudadanos, están más lejos aún, y tuvo que salir huyendo de Francia pues Clemente V ordenó su apresamiento.

– Así es, pero a mí me parece que ha sido Beatriz y Florencia quienes han marcado más su carácter, debido a ese algo en común que ambas tuvieron, y es el hecho de haberlas amado desmesuradamente y no poder estar con ellas.

– Creo que tienes razón. Yo estoy planeando ir a Italia. Deberías unirte al grupo.

– No puedo, pero si te enteras de algo más, me avisas, y si puedes visitarlo, dale mis saludos. Me imagino que debe estar muy decaído. Dile que estoy ansioso de leer su nuevo libro.

 

1314

Febrero

– Mantener prisioneros a los templarios, está acarreando serios problemas – aseguró el cardenal Vazart –. La  inquisición quiere liberar a aquellos que han confesado y que han demostrado su arrepentimiento.

– A mí no me importa que hayan confesado su culpa – vociferó el rey –. Habla con Clemente y dile que no quiero que los liberen. Esos cabrones siguen siendo una seria amenaza. Son herejes recalcitrantes… Son relapsos… A mí no me engañan…

– Hablaré con el papa. Él sabe que la nueva pena será la hoguera, y no sé si le agradará.

– Qué se deje de pavadas. Ni a él ni a mí, nos conviene que esos cabrones salgan libres. Jacques de Molay ya se retractó de lo que le hicimos confesar. Si otros de su calaña empiezan con lo mismo, sus defensores tomarán fuerza y luego no podremos callarlos. Necesito que lo visites y amenázalo si es necesario. Esa nota que salió de las mazmorras tiene revuelta a la gente.

– ¿A qué nota se refiere? Su Majestad – preguntó Vazart.

– A esta – y se la entregó. Léela…

– “¡No me siento capaz de soportar ni un momento más esta amarga prueba… Díganme de lo que van a acusarme, señores comisarios, que estoy dispuesto a confesarme autor de la muerte del mismo Jesucristo!” – terminó de leer –. Es preocupante… Si más notas como esta logran salir a la luz, se volverá difícil castigarlos. A mí me parece que sería bueno aprovechar la semana santa para castigar a estos herejes – sonrió Vazart.

– A mí no me desagrada tu idea. Dile a Clemente que quiero que  Molay sea quemado el mes próximo, el 19 de marzo para ser más exacto. No el del próximo año… este, este – recalcó -. No quiero más demoras. Ese día quiero que Molay sea quemado junto a otros diez… los más cercanos a él.

 

 

Marzo

 

El papa había pedido que se preparase un entarimado público, donde se leería la sentencia de los cuatro principales dirigentes de la orden del Temple. Cuando Clemente V subió al asiento que le tenían reservado, ya los acusados, estaban en sus respectivos lugares. El maestre Jacques de Moley estaba acompañado por el maestre de Normandía Geoffroy de Charney, el visitador de Francia Huges de Peraud, el maestre de Aquitania Geoffroy de Goneville y otros seis caballeros. Cuando el papa comenzó reafirmando que los “reconciliados y arrepentidos” serían confinados en monasterios y condenados a cadena perpetua, Jacques de Molay se levantó y gritó al pueblo:

– ¡Nos consideramos culpables, pero no de los delitos que se nos imputan, sino de nuestra cobardía al haber cometido la infamia de traicionar al Temple por salvar nuestras miserables vidas!

Los representantes de rey, así como los cardenales presentes, se sorprendieron, pero ante el alboroto de la gente, tuvieron temor y decidieron retirarse. Aquello amenazaba con terminar en un motín.

Felipe IV, al recibir la noticia, estalló en furia. Ordenó que los detenidos fueran llevados al islote del Sena conocido como Isla de los Judíos, y que fueran quemados de inmediato.

– Échenles fuego del bueno e inventen cualquier cosa para justificar esta acción. Pregonen que esos cabrones tienen pacto con el Diablo, hagan no importa qué, pero acaben con ellos hoy mismo – gritó el rey.

Los condenados fueron trasladados al sitio, que no estaba lejos, ordenado por el rey. Los gendarmes tuvieron que luchar para imponer el orden, pero desde los alrededores, la gente insultaba al rey y pedía la libertad de los condenados. Los gritos de unos y los murmullos de otros hacían ininteligibles las palabras. El pandemónium era total hasta que las llamas empezaron a rodear los cuerpos de los infortunados. En el repentino silencio, se escuchó la voz de Molay, que con dificultad dijo:

– Dios conoce que se nos ha traído al umbral de la muerte con gran injusticia. No tardará en venir una inmensa calamidad para aquellos que nos han condenado sin respetar la auténtica justicia – una tos ahogó la voz, pero pronto se volvió a escuchar –, Dios se encargará de tomar las represalias por nuestra muerte. Yo pereceré con esa seguridad… – la voz se cayó y el ruido del fuego comenzó a dominar el ambiente.

La gente estaba molesta. Los soldados del rey tuvieron que retroceder ante las piedras lanzadas por los manifestantes. Los realmente indignados trataron de sofocar el fuego, pero fue inútil. Otros trataron de expresar su impotencia, gritando frases contra el rey y unos pocos ladrones se dieron a la tarea de asaltar negocios y dañar todo lo que encontraba en su camino.

 

Abril

 

Clemente V hacía días que se venía sintiendo mal. Por consejo de sus médicos, se retiró a Roquemaure-sur-Rhone donde el clima y la tranquilidad, debían resultarle la mejor medicina.

La estadía no resultó provechosa. El papa empeoró y los feligreses que lo acompañaban en el jardín del palacio, rompieron en llanto cuando los médicos dieron la infausta noticia de que el papa había muerto.

– Anoche – dijo uno de sus médicos –, “tuvo un dolor insufrible que le mordía el vientre”. No pudimos hacer nada y murió a medianoche presa de horribles sufrimientos.

 

 

– Yo con tanto problema y esas cabronas haciendo pendejadas – dijo el rey.

– Sus nueras no tienen idea de la importancia de la legitimidad del trono – dijo Nogaret –. ¿Qué ordena Su Majestad?

– Sin saber lo que piensan mis hijos, no sé – dijo el rey –. Si mi esposa me hubiera puesto los cuernos, yo mismo la habría estrangulado.

– A ellas quizá no les podamos hacer nada, ¿pero a sus amantes? – preguntó.

– A esos los quiero presos – exclamó Felipe IV –. Procésalos y ejecútalos, pero antes, hay que hacerlos sufrir… – concluyó el rey.

 

 

El adulterio real era grave porque ponía en entredicho la descendencia monárquica de Felipe IV. La denuncia de Isabel de Francia contra las esposas de sus hermanos, conmocionó las esferas de poder. Felipe IV, quedó satisfecho ante el destino de Felipe y Gualterio d’Aunay, quienes fueron condenados por el crimen de lesa majestad y ejecutados en la plaza pública de Pontoise. Sus informantes le comunicaron que los amantes fueron despellejados vivos, sus genitales fueron cortados y tirados a los perros, y que antes de morir fueron decapitados, tras lo cual, sus cuerpos fueron arrastrados por la plaza para finalmente colgarlos por las axilas.

– Este es el pago que recibirá todo aquel que se atreva a poner en peligro la legitimidad de mi descendencia – afirmó el rey.

– A Margarita se le condenó a llevar la cabeza rapada y ha sido encarcelada en la cima de una celda abierta en el castillo Gaillard. Blanca también fue rapada, pero su pena fue menor porque no ponía en peligro la descendencia de la dinastía al ser la esposa de su hijo menor, quien se supone nunca será rey de Francia – dijo el consejero en asuntos políticos –. Se le ha condenado a estar encerrada en las celdas de un convento, sin derecho a ver la luz del sol durante siete años. Y a la hermana menor de éstas y esposa de Felipito, Juana de Borgoña, se le encerró en Dourdan, acusada de haber sido cómplice, ya que se cree que guardó el secreto de los amoríos de sus hermanas.

– Muy bien – dijo el rey – pero yo hubiera preferido que las condenaran a muerte. Lástima que por ser las esposas de mis hijos, no me pude involucrar como yo hubiera querido… – se lamentó Felipe IV.

 

Noviembre

Luis el Obstinado, recibió la noticia que su padre acababa de morir en los jardines de Fontainebleau. Se le informó que mientras cazaba, iba velozmente en su caballo y chocó contra la rama de un árbol, lo que le produjo una parálisis general y un derrame cerebral. La muerte de su padre lo entristeció sobremanera. Sentía que no estaba preparado para este momento, pero lo asumió con entereza. Solicitó que lo primero que se debía de hacer, era despedir al rey con los debidos honores póstumos que merecía y que una vez terminado el entierro, se preparase la coronación para que él pudiese continuar la tarea inconclusa que había dejado su padre.

 

Diciembre

– Mis primeras órdenes – dijo el nuevo rey a sus consejeros –, serán las siguientes… Tomen nota, que luego trataré cada asunto con cada uno de ustedes. Vamos a instaura órdenes fiscales severas. Sé que vamos a afectar a todos los grupos sociales, pero a los que más voy a cargar, será a la nobleza y al clero. Yo sé que a pesar de estas medidas, siempre es el pueblo el que más sufre, porque los estratos superiores logran pagar sus impuestos en base a las exigencias que imponen a la clase más baja.

– Su Majestad – dijo el consejero en asuntos sociales –, si el pueblo se siente muy acosado, habrá revueltas pues ya hay descontento  generalizado.

– Es necesario crear un sistema donde el pueblo pueda expresarse. Nombraremos comisionados en diferentes zonas para escuchar las quejas y ver si podemos encontrar soluciones que plazcan a la mayoría – afirmó el rey.

– Lo primero, dijo el consejero en asuntos políticos –, es lograr un gobierno estable. La gente sigue molesta y hay varios problemas que están agudizando la crisis.

– Iremos paso a paso. Organicen los asuntos y luego hablamos. Por ahora, déjenme con el Mariscal Robert Fayolle, que con él debo tratar asuntos de su competencia.

Una vez a solas con el consejero político, le dijo:

– De ti, necesito un favor urgente. Mi esposa Margarita se ha negado a darme el divorcio. Sabe que si deja de ser la reina, será fácil eliminarla. Pero quiero que pague su infidelidad. Encárgate de eso. A mi cuñada aléjala de aquí, mira dónde la metes, pero la quiero lejos.  Necesito que una vez concluida esta tarea, prepares mi boda con Clemencia de Hungría. Es necesario consolidar el reino y tener un heredero varón, pues ya sabes, a Juanita nunca la dejarían ser la cabeza del reinado. Francia nunca ha tenido una reina y menos ahora, pues con la traición de su madre, muchos dudan de que Juanita sea hija mía.

– Perfecto – dijo Robert –. Se hará como usted ordena.

– Cuando salgas, dile a mi tío Carlos, que entre.

Carlos de Valois fue recibido con muestras de gran alegría por su sobrino. Después de las historias familiares narradas por el tío y de ciertos problemas que había en su región, Luis lo condujo al balcón.

–Tío, te he mandado a llamar, porque necesito tu ayuda aquí en Paris. Olvídate de tu región… Déjasela a mi primo… En el reinado de mi padre, tú liberaste a los siervos de tu región, tienes mucha experiencia con eso. Necesito que me ayudes, aquí podrás utilizar mejor tu ingenio político. Debo confesarte que, cuando yo era rey de Navarra, los asuntos me agobiaban y ahora los problemas son mayores. Necesito a alguien de confianza a mi lado. Te dejaré tomar decisiones importantes. Robert Fayolle es un consejero muy sagaz y discreto. Ya lo conocerás. Será muy útil. Se entrega con su cuerpo y alma al servicio del rey.

– Bueno. Voy a hacer lo que quieras, querido sobrino, pero dame un mes para arreglar mis asuntos y dejar a mi primogénito con la tarea que allá he comenzado.

– Por mientras, estamos tratando de colocar un nuevo papa, pero los candidatos y sus respectivos seguidores no se ponen de acuerdo. Vamos a dejarlos deliberar un rato para ver qué pasa.

– Sé – dijo Carlos de Valois – que Roberto el Prudente, rey de Nápoles, apoya al vicario imperial de Italia, ese Cardenal Duèze que fue obispo de Aviñón.

– Sí. A mí me parece también, que ese es el candidato que debemos apoyar. Mi hermano Felipe me ha hablado bien de él. Pero los otros candidatos tienen el apoyo de ciertos grupos poderosos de la nobleza europea. La elección se está poniendo difícil.

– Roberto es muy poderoso, y en este momento está intentando recuperar Sicilia.

– Se ha metido en líos con Federico II. Eso es una olla caliente.

– Además necesito un aliado en la sede papal, pues quiero continuar la tarea que comenzó mi padre para liberar a los siervos.

– Tu padre lo hizo por razones económicas.

– Si lo sé, y yo lo hago por lo mismo. Mi padre ha dejado vacío el erario, y este asunto de liberar a los siervos es un recurso fácil para conseguir dinero. No creas que me he tragado eso de que el hombre nace libre por naturaleza. Eso solo es propaganda. Necesitamos dinero y si ponemos impuestos, la gente se sublevará como lo hicieron con mi padre. Es mejor darles la libertad a esos miles de siervos y que paguen por ella. Mi padre les pedía el 33.33 % del valor de sus bienes. Ese porcentaje me parece excesivo. Por esos muchos siervos no quieren la libertad, o al menos no quieren pagar por ella. Tenemos que bajar ese porcentaje a un valor que sea atractivo para ellos y beneficioso para nosotros. La guerra contra Flandes exige dinero. Otra fuente de ingreso puede ser que dejemos regresar a los judíos franceses que expulsó mi padre. Esos pueden pagar muy bien su retorno. Necesito tu ayuda en la recaudación de esos dineros.

– La liberación de los siervos tendrá mucha oposición de la nobleza y del clero.

– Por eso necesito que se elija pronto a Duèze como papa. A los nobles los combatiremos con sermones papales, donde se exalte esa liberación como una cuestión de piedad y de práctica cristiana. Hablemos de derechos humanos, de caridad, de que seremos bendecidos por nuestro Señor… Prometamos todo aunque al final demos muy poco. Maneras para obligarlos deben haber. Hagámosles creer que no son tontos y que con la libertad pueden llegar a ser parte de la nobleza.

–- Tu padre lo intentó y no lo logró, o al menos lo logró solo parcialmente

– Los tiempos cambian querido tío. Nuestra ofensiva al respecto debe ser audaz. Ya tenemos gente que trabaja en la propaganda y con tu experiencia lo lograremos.

 

1315

Enero

– La gente se inventa cosas – dijo la esposa al Sr. Buridan.

– ¿Qué dicen ahora?

– Que Jacques de Molay, mientras era quemado, emplazó al rey y al papa, para que antes de un año, comparecieran con él, ante el tribunal del cielo para responder por esta injusticia que se le hacía. Como el Papa Clemente V murió de disentería en abril y el Hermoso unos meses después, todo mundo anda revuelto y traen a colación aquel viejo presagio del finado Arnau de Villanova, quien dejó escrito en su Expositio super Apocalypsi, que el fin del mundo ocurrirá en 1368.

– Ese Villanova fue un farsante, como todos esos que cada año pregonan que el mundo se acaba. Eso del emplazamiento me recuerda otro gracioso, que dicen que le hicieron dos nobles hermanos acusados por el rey Fernando IV, de haber asesinado al mayordomo real, un tal Juan de Benavides. Se menciona que los dos hermanos fueron tirados a un barranco, pero que antes de ser arrojados al precipicio,  exclamaron que dado que eran inocentes, emplazaban al rey, para que en treinta días compareciese con ellos ante Dios, para responder por esa injusticia. El rey murió de tuberculosis treinta días después, lo que afianzó en la gente, esas absurdas creencias en brujerías, astrología, cartomancia, numerología y otras idioteces. Si esto fuera cierto, hace mucho tiempo le hubieran hecho brujería al difunto Felipe IV para evitar todos esos males que nos causó.

El Sr. Buridan preguntó por sus hijos y luego continuó:

– Ese proceso injusto que se realizó contra los templarios, fue respaldado no solo por el papa, sino que también por la clase poderosa francesa y ha terminado legitimando las técnicas de tortura de la santa inquisición. Se les acusó de brujería, magia, alquimia, necromancia y un montón de cosas más. Ahora, la mayoría de la gente ve como cosa buena, quemar en la hoguera a todo aquel que es acusado de tratos con el demonio. Solo basta que el acusador diga que lo vio conversando con el diablo, para que lo sentencien a muerte. Esto cada día va peor… Cada personaje que ocupa el trono, es casi una copia del anterior. Así que no esperemos nada de progreso con el  Obstinado, que así apodan al hijo del Hermoso.

– Te cuento – dijo la Sra. Buridan tratando de cambiar el tema –, que Claude dice que estudiará física y química. Pasa mezclando cosas y le fascina una idea que tiene Jean acerca del porqué del movimiento de las cosas. Parecen locos.

– Así es. Jean gusta eso también, pero creo que le atrae más la filosofía y las artes… Ojalá que les vaya bien y no se metan en problemas en este mundo de fanatismo, locura e ignorancia.

 

Febrero

Dante recibe una nota de Uguccione della Faggiuola, el militar que controla la ciudad de Florencia, en la cual le informa que está en la lista de exiliados que han sido perdonados. Lo que se le pide, además del pago de una multa, es que acepte que es un delincuente público, lo cual deberá ser expresado por él mismo, en una ceremonia religiosa que se celebrará a mediados de marzo en la iglesia de la Santa Croce.

– Estos idiotas creen que soy pendejo – exclamó Dante –. Una oferta tan vergonzosa quizás la acepte algún asesino o algún demente. Díganle a ese pendejo, que prefiero mantenerme en el exilio mientras no se me restauren los honores políticos que me han arrebatado.

 

 

Uggocione recibe la negativa de Dante, pero decide informarle, que a pesar de esa contestación tan arrogante, se ha procedido a eliminar la sentencia de pena de muerte que sobre él pesa, con la condición de que jamás vuelva a la ciudad, porque de hacerlo, no puede asegurar que sus enemigos no lo atacarán.

Dante vuelve a contestar que no le preocupan sus enemigos, y que algún día volverá a su tierra, no importa quién se lo prohíba.

Uggocione se molesta, y en un ataque de rabia, vuelve a imponerle la pena capital y se la hace extensiva a sus hijos.

Dante prefirió no contestar. En su fuero interno estaba seguro que llegaría el día, en el cual se le invitaría, de una manera honorable, a regresar a su terruño.

 

 

Duèze conversa con su consejero político:

– Dado que necesito el apoyo de muchos grupos, también visitaré a esos curas herejes. Explícame a quienes me enfrento.

– Ockham. William Ockham – dijo su consejero –, es un filósofo inglés; franciscano. Niega la existencia real de los conceptos universales. Se le puede acusar de herejía y aquí tengo algunas de sus frases.

– Léemelas – dijo Duèze.

– Esta es la más evidente: “Si un fenómeno se puede explicar sin suponer que un dios lo produce, no hay necesidad de suponer ese ente”.

– ¡Qué cabrón! – dijo Duèze.

– Lo más inaudito que ha dicho, es que la escolástica crea entes metafísicos para explicar la realidad cristiana. Escuche esta frase: “Dios ha hecho lo que se le ha venido en gana, con tanta libertad que si hubiera querido, hubiera hecho lo contrario. Por eso no hay orden, ni verdad, ni bien con valor absoluto. Todo está ligado a la voluntad caprichosa de Dios”. Y escuche esta otra: “El odio a Dios, el robo y el adulterio, son malos porque Dios así lo ha querido, pero serían cosas buenas si Dios así lo hubiera prescrito”. Y oiga estas otras: “Si Dios es omnipotente, le es lícito hacer todo lo que en las criaturas sería pecado, porque no hay nadie que lo prohíba”. “Los hechos no son buenos ni malos en sí mismos, sino porque arbitrariamente, así Dios lo ha decidido”. “Todo conocimiento puede ser engañoso y el mismo Dios puede engañar al hombre mostrando evidencias de cosas inexistentes”.

– Este Ockham está sembrando el germen de la no creencia en Dios – agregó Duèze.

– Efectivamente. Con respecto a esto, ha dicho – continuó el consejero –, que la existencia de Dios no se puede demostrar y que eso, solo es asunto de fe. Agrega que la fe y la razón son incompatibles y que cuando se les asigna verdades en común, lo que se hace es un acto monstruoso.

– Ese pendejo terminará sepultando la escolástica. Ya no me digas más de él… Con lo que tienes, ya tengo bastante motivos para perseguirlo si fuera necesario. Pasemos al otro.

– Marsilio de Padua es un filósofo italiano. Se las da también de político. Es muy versado en artes y fue nombrado rector de la Universidad de París en 1313. Fue exiliado de Italia junto con Giovanni Jardun que es otro que anda por el  mismo camino. Marsilo escribió un libro que se titula Defensor Pacis y que ha tenido mucha aceptación entre la juventud. En este libro asegura que la paz, es la base indispensable del Estado y la condición esencial para la actividad humana. Asegura que los ciudadanos son los que tienen el poder y que pueden tomarlo cuando quieran, pero que no logran comprender que han delegado ese poder, en un grupo de personas a quienes sólo les interesa su propio bienestar. Proclama que las leyes deben ser promulgadas por pequeños grupos de sabios, pero que es el pueblo quien debe aprobarlas o rechazarlas. El poder del pueblo es superior al del rey y por tanto lo pueden destituir cuando lo deseen. Dios queda relegado a un segundo plano, pues dice que es el hombre la causa principal de la asociación humana y de lo que se puede o no hacer.

– Con estas afirmaciones lo podemos perseguir – dijo Duèze.

– Dice que el hombre es un ser libre y consciente. Y asegura que el Estado no es más que un producto humano, al igual que el pecado que no es más que una idea teológica.

– ¡Otro cabrón! – dijo Duèze –. Y creo que es él, el que promueve la idea de que debe ser el Estado quien dicte las normas sacerdotales.

– Sí, él ha dicho: “el sacerdote debe ocuparse de asuntos espirituales. Los asuntos civiles y políticos, son del príncipe”. Y además niega la inmunidad sacerdotal y dice que la Iglesia no debería tener bienes materiales. Y cita unos versos bíblicos que asegura lo apoyan. Y lo que dice del poder del ciudadano con respecto al Estado, también lo dice con respecto a la iglesia. Dice que son los fieles los que deben tener el poder y no el papa, y que los fieles son los que tiene que nombrar a sus representantes, incluso al pontífice. Dice que es falso que Dios le ha otorgado el poder al papa, y que éste, cuando se mete en cuestiones de Estado, lo que hace es perturbar la paz. Y no solo eso… Ha llegado al punto de llamar a la Iglesia, corrupta y degenerada, y niega que Pedro haya sido el primer papa.

– Suficiente – Dijo Duèze –. Y de Miguel de Cesena, ¿qué averiguaste?

– Es un fraile menor que muchos quieren que sea el ministro general de la orden franciscana. Ha estado dando clases de teología en la Universidad de París de la cual es egresado. Es doctor en teología  y ha escrito muchos artículos sobre las Sagradas Escrituras, exponiendo su propia versión, la cual está muy alejada de la línea de la Santa Iglesia Católica.

– Los visitaremos… Necesito el apoyo de estos cabrones. Y si no lo consigo, que al menos no me obstaculicen el camino – concluyó Duèze.

 

Septiembre

 

La boda de Luis X con Clemencia, la hija de Carlos Martel, el difunto aspirante al trono de Hungría, y sobrina de Roberto el Prudente, se celebró con gran esplendor.

– Los rumores que se escuchan – dijo Fayolle –, es que usted asesinó a su esposa Margarita, para poder casarse con Clemencia.

– Me importan un bledo los rumores – dijo el rey –. Ignóralos. De todas maneras, veamos quién se atreve a pedirme cuentas. Mira, ahí viene mi tío –. Cuando Carlos de Valois se unió a la conversación,  Luis X continuó:  – Ahora dinos, cómo va ese asunto de las provincias.

– Los nobles están bien organizados. Será difícil no hacer lo que piden. Yo creo que ustedes – se dirigió al rey y a su tío –, deben ceder ante esas propuestas, pues de lo contrario podemos tener una rebelión. Esos caballeros se han organizado muy bien y saben lo que quieren. Me parece que tenemos que apaciguarlos.

– Yo creo – dijo Carlos de Valois –, que Robert tiene razón. Es mucho lo que podemos perder si no aceptamos esos pedidos de legalizar sus derechos y costumbres. En Flandes tuvimos una derrota y si permitimos otro fracaso, todo se puede convertir en un castillo de dominó que nos traerá problemas insolubles.

 

1316

 

– ¿Pero cómo? , sólo tenía 26 años – exclamó Felipe, al recibir la noticia de la muerte de su hermano Luis X.

– La gente murmura que pudo ser envenenado, pero la versión oficial es que fue a causa de una pleuresía.

– ¿Y qué putas es eso? – vociferó Felipe.

– Es una inflamación de unas membranas que tenemos en el pecho.

– ¿Y la causa?

– Estaba jugando ese deporte que tanto amaba, eso que algunos llaman tenis, y dicen que jugó hasta caer rendido. Luego pidió vino, el cual tomó en exceso. Dicen que eso lo mató.

– Y su esposa embarazada, ¿alguien sabe de ella?

– Se supone que ese hijo es el heredero al trono, y tú debes ser su regente. Es necesario que pronto salgas para París, pues si te demoras, tu tío Carlos se declarará regente y te dejará por fuera. En todo caso, después de tu sobrino, tú eres el siguiente en la sucesión monárquica.

– Cierto. Preparémonos y salgamos en una hora. Envía de inmediato a un mensajero, para que nuestros amigos me esperen mañana a mediodía. Los más importantes a quienes debes dirigirte son: el duque Gaucher de Chatillon y al general Amadio de Sabuya. Pero no olvides a: Godefroy Roussy, Benjamin Hervé, Nicolas Dutilleux ni a Frédréric Chollet. Y en cuanto a tus amigos, a todos los que consideres conveniente.

 

 

Felipe El Largo, llegó a París a mediodía, y fue recibido por una multitud expectante, entre los cuales, destacaban sus amigos acompañados por la mayor parte del ejército de su hermano. Carlos de Valois deseaba quedarse como regente, pero al ver el apoyo que recibía su sobrino prefirió abandonar el palacio. Los acontecimientos se desarrollaron con gran celeridad y esa misma tarde, Felipe fue nombrado regente, hasta que su sobrino, no nato, alcanzara la mayoría de edad.

 

 

Felipe llamó a Pierre Pagels, su consejero en asuntos monárquicos.

– Necesitamos pronto que alguien ocupe la silla papal. Cada día sin papa acarrea problemas políticos graves – dijo Felipe.

– Efectivamente – afirmó Pagels –, la falta de poder espiritual está afectando las relaciones entre las monarquías europeas. Los destroncamientos amenazan a todos, y Su Excelencia no está exento.

– Ya es hora de acabar con las intrigas que han estado practicando esos tres grupos de facinerosos. Dos años sin pontífice es suficiente… De los tres candidatos, yo conozco a Duèze, el que tiene el apoyo de los italianos… Me parece que por su edad, será provisional y fácil de manejar… De ese cardenal Fournier no tengo idea cómo puede resultar, pero a ese Benoit, no lo paso… Se autoproclama el defensor de los pobres y a la larga puede acarrearnos muchos problemas.

– Sí, creo que Benoit debe descartarse… Pondría en precaria nuestra ya deteriorada situación. Lo que él propone, es que se les dé educación a los siervos y además ha pedido que las monarquías no malgasten el dinero en grandes fiestas y comilonas. Fournier es más centrado, podría ser un buen papa. Duèze tiene muy mala fama y los viejos son muy testarudos…

– Pero no vivirá mucho. Creo que tiene 80 años – dijo Felipe.

– Tiene menos – corrigió Pagels –. Pero también me parece que no durará mucho. Digamos que si muere en el primer o segundo año de su nombramiento, tendremos chance de preparar a un buen candidato que se apegue a sus dictados. Creo que el obispo de Perpignan es un buen candidato, pues siempre se ha mostrado incondicional ante su majestad.

– ¿Has sabido algo de nuestros aliados? – preguntó Felipe.

– Las conversaciones que hemos tenido con Federico de Austria, Isabel de España, los nobles Clemente Burgos, Altamirano Ordoñez, Juan de la Roca, Phillipe Bonsanté, Maurice Chirac y Dominico Di Chiara, han sido provechosas. Tenemos el apoyo de los obispos de casi toda Francia, España e Italia, y el respaldo de muchas familias de Cerdeña, Luxemburgo, Polonia, Inglaterra y unas cuantas de Alemania. Todos apoyan su decisión de elegir a Duèze… Les pareció bien su plan de hacer una convocatoria para un concilio en la ciudad de Lyon, y así poner punto final a este impase.

– No vamos a escatimar esfuerzos – dijo Felipe –, y no me importan los medios que se tengan que usar, pero quiero a Duèze en el papado antes que termine este año.

– Le prometo que obstaculizaremos la venida de los cardenales opositores. Si ellos no llegan, el nombramiento es seguro. Su deseo se hará realidad… Antes que termine el año, Duèze será el papa.

– Habla con él. Dile que sigue teniendo mi apoyo, pero que necesito se comprometa a quedarse en Aviñón. No lo quiero en Italia. Lo necesito aquí en Francia. Dile que es por su bienestar. Dile que sabemos que tiene muchos enemigos y que creemos que su vida puede correr peligro. Inventa lo que quieras, pero lo quiero aquí. Así lo podré controlar más – concluyó Felipe.

– Bien. Hablaré con él.

 

 

Jacques Duèze, ahora estaba a un paso de convertirse en el próximo papa. Acababa de cumplir 71 años, pero se sentía con la energía de un hombre de 50. Los años no le habían logrado quitar la gallardía que había mostrado desde su juventud. Y al igual que durante toda su vida adulta, los libelos lo seguían acompañando, y ahora se le acusaba de haber despilfarrado los bienes confiscados a los templarios y de perseguir con saña y crueldad, a aquellos a quienes acusaba de herejía.

El trono papal pronto sería suyo. Jacques Duèze tenía el apoyo de muchos poderosos de Francia, así como el del ala radical de la Iglesia, y sobre todo el del regente don Felipe. Después de la muerte de Felipe el Hermoso, su poder se había acrecentado, sin embargo, sabía que era necesario acercarse a los sacerdotes considerados enemigos de Roma. Quizás no conseguiría mucho apoyo en ese grupo de herejes, pero con solo el hecho de que la gente supiera que había habido pláticas entre ellos, eso sería suficiente.

Había conseguido una reunión, para el día siguiente, en la Universidad de París, donde se encontraría con el rector Marsilio de Pádua y sus colegas William Ockham y Miguel de Cesena, quienes abiertamente propugnaban cambios radicales en el desenvolvimiento de la Iglesia.

 

 

La reunión comenzó con un aire tenso. Se le indicó a Duèze que tomara la palabra y que expresara el motivo de su visita.

– Quiero tener una charla dentro de los parámetros de la fe que compartimos. Ustedes me conocen y saben que no es el ansia de poder el que me mueve. Quiero ser papa para que la Iglesia vuelva a ser grande y poderosa, y donde todos nos sintamos a gusto – dijo Jacques.

– No hay nada más eficaz para corromper a un hombre, que el poder – dijo Ockham –, y por experiencia, sé que las promesas de las campañas se olvidan rápidamente al ocupar el puesto.

– Yo ya tengo poder y eso no ha trasformado mi forma de ser – refutó Jacques.

– A lo largo de la historia, tomar las riendas del poder político ha sido el anhelo vital de muchos, y algunos solo lo alcanzaron efímeramente, otros murieron en el intento y los pocos que lo consiguieron, se elevaron a la cúspide del envanecimiento y la soberbia – agregó Marsilio –. El que alcanza esos grandes puestos, luego trata de manejar las reglas que rigen las conductas humanas, utilizándolas a su antojo, distorsionándolas para conseguir un placer personal… Con el poder, se olvida de todo y solo le importa la pleitesía que recibe de parte de sus subordinados, con o sin consentimiento – concluyó.

– Ustedes son estudiosos de la teología y de las leyes, tanto como yo – dijo Jacques –, conocen el desarrollo de  los acontecimientos y son miembros del clero. Ustedes saben que si no retomamos el poder de la Santa Iglesia Católica, los enemigos, que son muchos, lograrán eliminarla. Yo comparto vuestra idea. La Iglesia debe luchar por los desamparados.

– El problema de la Iglesia está dentro de ella misma, y es que ha tenido dirigentes que al alcanzar las mieles del poder, se han olvidado de las normas, del pueblo y del mismo Dios… Usted mismo, desde los puestos que ha ocupado, se ha olvidado de esos desamparados que ahora le preocupan – dijo Ockham.

– El poder envilece a los mentecatos. Pero las almas grandes que deseamos el bienestar de la Iglesia estamos lejos de ese escenario – dijo Jacques –. Yo no me puedo olvidar de los desamparados porque yo provengo de una cuna humilde y sé lo que sufren los pobres. Ellos necesitan de un papa que los ame y los guie a través de la tortuosa senda de esta vida y los ayude a alcanzar los caminos hacia el paraíso. Ellos sufren no solo de miseria y enfermedades, ellos carecen de seguridad en sí mismos, tienen miedo…

– Esos miedos – interrumpió Marsilio – son ficticios, heredados o impuestos. Se le ha enseñado al pueblo a no ver sus propias potencialidades y a poner sus esperanzas en las manos de los que ostentan el poder, y a estos poderosos no le importan esos pobres, les importa solo el mantener sus prerrogativas y su autoridad. Lo que se dice de usted tras bambalinas, no es muy esperanzador.

– Todos los que alcanzamos algún puesto público estamos en la boca de los detractores. Las mentiras se inventan a granel. No me digan que creen en toda esa mierda. No he venido para defenderme de esas falsedades. Estoy aquí pues creo que ustedes pueden ayudar a crear una Iglesia fuerte, alejada de los pleitos de estos reyes que son los que la han mantenido sin cabeza desde hace casi dos años – dijo Jacques.

– No vamos a filosofar – dijo Ochkam -, pero no habiendo relación entre la fe y la razón, no debería haber relación entre el Estado y la Iglesia. Yo sigo pensando que usted, si se convierte en papa, no debería involucrarse con las monarquías.

– He leído sus teorías profesor Ochkam y sé que usted propone que siempre hay que elegir una explicación en términos del menor número posible de causas, factores o variables, y me extraña que diga eso. No podemos lograr una Iglesia grande si no nos involucramos. No podemos dejar que las monarquías hagan y deshagan. Dios guía nuestros caminos. Necesito que me apoyen… Solo deseo, al igual que ustedes, una iglesia grande según los designios del Creador.

– Pensaremos en la propuesta, pero hay tanto que cambiar en la Iglesia y creemos que no es usted quien podrá hacer los cambios que se requieren. Díganos, que piensa del movimiento de los franciscanos para una iglesia más austera, más humana.

– A ese respecto, la historia nos juzgará. Los franciscanos tienen mi apoyo. Yo he practicado la austeridad toda mi vida. Si ustedes no me apoyan, ¿cómo puedo demostrarles mi buena fe? Yo tengo muchos planes y sé que encontraremos un camino adecuado para lograr nuestros fines y los fines de aquellos que no están de acuerdo con nuestra política, pero el diálogo es importante. En mi papado, tendrán las puertas abiertas  para que dialoguemos sobre todas vuestras discrepancias. Les reitero que estoy en desacuerdo con eso de que la Iglesia no debe meterse en asuntos estatales. Si no lo hacemos, no tendremos una iglesia fuerte y cualquiera nos atacará, despreciará e incluso puede tratar de eliminarnos…

La conversación se prolongó una hora más, durante la cual, las hostilidades siguieron tratando de ocultarse en la cortesía mutua. Para Jacques, la propaganda referente a esta reunión, ya era un triunfo, mientras que para los catedráticos de la universidad de París, el hecho de tener a Duèze como papa, se presentaba como un nubarrón en el futuro.

– Ha sido una charla muy agradable – dijo Jacques mientras se despedía –. Sé que es difícil contar con vuestro apoyo, pero al menos permítanse un pequeño espacio para la duda. Espero tener, no otra ocasión, sino muchas, para charlar con ustedes con más detenimiento y tiempo…

 

Agosto

Solo 23 cardenales llegaron a Lyon para elegir al nuevo papa. La elección de Duèze fue rápida, así como lo fue su consagración. Una vez terminada la ceremonia, comunicó que su nombre pontifical sería Juan XXII e inmediatamente agradeció el apoyo recibido e informó que mantendría la sede papal en la ciudad de Aviñón.

– Quiero que sepan – dijo el nuevo papa -, que estoy al tanto de la situación conflictiva que vive Alemania, Flandes, Italia, España… y ruego a Dios para que me ilumine y así, saber cómo puedo ayudar para que estos conflictos terminen.

 

Noviembre

Nace Juan, el hijo de Luis X. La nobleza expresa su alegría por la continuidad de la dinastía de los Capeto. Pero esta algarabía no dura mucho, pues pocos días después se da la infausta noticia que el heredero al trono ha muerto. Las especulaciones no se dejan esperar. Algunos aseguran que murió envenenado. Las consecuencias de esta muerte prematura, traen al debate público, la decisión de nombrar a Juana, como la nueva reina de Francia. Los que están en contra son muchos, y alegan un posible matrimonio de ésta con algún extranjero, lo que vuelve la idea inviable. La ley es clara, y Juana debe ocupar el trono, pero las maniobras leguleyas comienzan a hacer efecto, y el regente Felipe es presionado por la nobleza, para que invalide las pretensiones de su sobrina y se declare rey.

Felipe acepta y es envestido como soberano ante el rechazo de buena parte de la población, que le acusa de haber envenenado a Juan I el Póstumo. Pasan algunos días y Felipe V toma sus responsabilidades con gran empeño. Sabía que no había dinero, pero conocía el asunto de la liberación de la servidumbre, y decidió seguir los planes de su padre y de su hermano, al respecto. Su esposa Juana de Borgoña sigue encerrada, pero ahora se ha convertido en la reina de Francia.

– Vamos a continuar con el asunto de la libertad de los siervos – dijo Felipe V –. Mi hermano lo organizó bien y consiguió muchos fondos con eso. Nosotros seguiremos su obra bajo la consigna de que es un derecho humano.

– La Iglesia sigue oponiéndose – dijo el consejero económico –, alegando que abolir la servidumbre es trastocar el orden establecido. No quieren que se altere el statu quo, y han logrado que el parlamento anule las peticiones reales al respecto.

– La libertad de los siervos no solo es un buen negocio para mí, también lo es para los nobles. A los curas opositores hay que atacarlos con eso de que el otorgamiento de la libertad, es una obra buena a los ojos de Dios. Hay que hablar de piedad, de salvación del alma, de los deseos del mismo Señor Jesucristo… Disfracemos el asunto y pregonemos que la libertad se consigue a cambio de donaciones gratuitas, de ofrendas, de regalías reales… No sé… Pongan a trabajar vuestra inventiva. Recalquemos ideas antiguas. Busquen frases de personajes antiguos que nos ayuden y apoyen en la propaganda.

– Lo estamos haciendo. Hemos colocado unos avisos donde aparece lo que dijo el filósofo griego Ulpiano: “por derecho natural, todos los hombres nacen libres”.

– Perfecto – dijo el rey –. Combatamos a los curas con esas ideas antiguas que ellos han mantenido encerradas en las bibliotecas de sus monasterios. Llegó el momento de sacarlas a la luz. Es hora de callarlos con su misma medicina y sacar a relucir toda esa verborrea que siempre los acompaña, diciendo que  todos somos iguales, pero que nunca ponen en práctica. Dicen que hace 150 años, el Papa Alejandro III quiso emancipar a los siervos. Averigüen si eso es cierto, y en caso de que lo sea, aprovechemos sus discursos.

– Los curas no tiene cura – dijo el asesor en asuntos políticos –. Volverán a justificar la servidumbre como consecuencias del pecado original…

– La Iglesia es capaz de justificar hasta una alianza con Satanás – interrumpió Felipe V.

 

Diciembre

Juan XXII había tomado su nuevo cargo con mucho entusiasmo. En dos meses había reorganizado el personal y tenía una agenda detallada de todo lo que era urgente tratar. Estaba consciente del apoyo que recibió por parte de Felipe V, Roberto el Prudente y otros, pero no se dejaría influenciar por ningún monarca. Para él, lo importante era hacer más grande a La Iglesia.

“Los planes de la monarquía me importan un bledo” pensó. “Yo haré las cosas en beneficio de la Iglesia. Clemente era un títere. Conmigo no van a jugar. Vamos a colaborar con los reyes para beneficio mutuo”. Entre los puntos primeros de su agenda, estaba el lograr que las posesiones de los obispos, pasaran al poder del papado cuando estos murieran. Otro asunto urgente, era que los impuestos pagados por aquellos que alquilaban propiedades de la Iglesia, se regularan. Su bula Si grautier advertitis solo necesitaba unos pequeños retoques. Lo otro que no podía esperar, era el asunto del sudario de Cristo. También debía preparar una excusa para no asistir a la boda del hijo de Roberto el Prudente con la hermana del duque Federico I de Austria, que aunque también lo había apoyado, no era un momento adecuado, pues la boda era en Nápoles, muy lejos, y había asuntos urgentes que necesitaban su presencia. Con lo de la libertad a los siervos, ya se había comprometido, con Felipe V, a aceptarla, y meditando sobre el asunto, creía que podría sacar buenas ganancias de esto, aunque al principio habría que sacrificarse un poco.

 

SEGUNDA PARTE

 

1317

Febrero

Juan XXII nombra cardenal-obispo de Porto a su amigo Castenet, y luego de la ceremonia se reúne a puerta cerrada con él y con el inquisidor Bernard Gui.

– Todos tenemos claro que lo que vamos a hacer será estrictamente secreto, por ello, no habrá ni documentos, ni cartas, y todo será tratado de manera verbal entre nosotros… Incluso todo gasto se hará en efectivo… Es obvio que tenemos que involucrar a otras personas, pero éstas, estarán bajo vuestras órdenes y bajo vuestra vigilancia, y ninguno debe saber que yo estoy involucrado. Gui tendrá bajo su mando a las personas encargadas del traslado de los herejes, y el personal que se involucrará en los experimentos estarán a cargo de Castenet – dijo el papa –.  Todo lo haremos en Toulouse, donde Gui ha reservado toda una ala del palacio episcopal para el desarrollo de nuestro trabajo. Esta zona está muy aislada del resto de las construcciones y nadie puede entrar ahí, sin permiso. Castenet tendrá que viajar entre Córcega y Toulouse como incognito, pues nadie debe saber que ha salido de la isla, y menos que se ha encontrado con el inquisidor Gui. Entiendo que ya tienes dos candidatos que ejecutarán lo planeado – le preguntó a Castenet.

– Sí. Tengo dos ayudantes que son incondicionales y mudos como una roca – dijo Castenet.

– Perfecto – dijo Juan XXII –. Ahora solo tenemos que conseguir la colaboración de Claude Buridan – continuó el papa -, y el por qué de esto, es debido a que él es la persona que más conoce de óptica y química en toda Francia. Él no debe saber lo que pretendemos, pero podemos obligarlo a realizar ciertos experimentos que nos ayudarán a lograr nuestra meta. En estos documentos, encontrarás motivos para presionarlo – le entregó a Gui, un legajo de papeles…

–  Es el hermano de Jean Buridan, el joven que ha sido nombrado rector de la universidad de París y que ha protegido a sus enemigos:  Ockham, de Padua, Cesena y Louis Plassac – dijo Gui al papa -. ¿No cree que involucrarlo, es muy arriesgado? – preguntó.

–  No tenemos opción – concluyó Juan XXII.

 

Marzo

Jean recibió a su hermano Claude en la rectoría.

– En enero, cuando coronaron a Felipe V, nuestro padre perdió las esperanzas de devolver los pergaminos que le fueron confiados… Él decidió, en esa fecha, entregármelos y desde entonces he estado estudiándolos – explicó Claude –.

– ¿Y qué has encontrado? – preguntó Jean.

– Hay un manuscrito que se titula “La caja del unicornio” – dijo Claude -, es realmente fascinante.

– Cómo no va a ser fascinante si habla de ese animal – dijo Jean en tono sarcástico –. Bueno, todavía hay gente que cree que existieron y defienden sus creencias con versículos de la Biblia.

– Lo interesante – dijo Claude -, es que ese manuscrito fue escrito en el siglo XI, por un alquimista árabe llamado adojuhr, quien vivió en España durante el reinado de Abbad III. Dice que basándose en experimentos realizados 500 años atrás por el médico y alquimista árabe Abd-el-Kamir, él logró diseñar la caja del unicornio, con la cual podía “aprehender espíritus malignos”. La creencia antigua y que perdura todavía, es que capturar la imagen de alguien, es un asunto diabólico, pues en ese acto se puede poner en peligro el alma del retratado. El mencionar al unicornio, fue solamente un acto cauteloso para esconder la captación de imágenes. Cuando al poder llegan ignorantes, una simple verdad puede desestabilizarlos, y para evitar esto, son capaces de eliminar a cualquiera. Por eso, a través de la historia, muchos divulgaron sus descubrimientos basándose en creencias populares, como en este caso, o jugando con el sentido de las palabras, o apoyándose en símbolos. En siglos anteriores, hablar de plasmar imágenes, significaba una sentencia de muerte, por eso, algunos investigadores y los amantes de la química, escribían a escondidas sobre sus descubrimientos. Algunos, incluso, escribían bajo seudónimos… De esa forma podían escapar de los fanatismos religiosos de la época.  Este Abd-el-Kamir, basándose en descubrimientos anteriores de un inglés de apellido Talbot y de un chino de nombre Tzung Ching Pung, parece que descubrió un ungüento sensible a la luz, que reproducía la imagen a la cual se le exponía. Lamentablemente, el documento completo de Adojuhr no aparece, y no se sabe nada de su utilización… Hace falta información, pero creo que estoy en el camino correcto y que pronto lo descubriré.

– Debes actuar con cautela – Dijo Jean.

– Lo hago, pero ya que lo mencionas y por si acaso, explícame en qué versículos se basan los defensores de los unicornios.

– La versión de la Biblia aprobada por la santa sede, no menciona unicornios, sino bueyes salvajes. Pero existen versiones prohibidas de las Santas Escrituras que los mencionan. Hay una palabra hebrea: “reym”, cuyo verdadero significado ha sido motivo de debates, pero se cree, que se refiere a un animal de un solo cuerno. De ahí, la palabra unicornio. Algunos piensan que se refiere a un  búfalo, otros al antílope blanco a quienes los árabes llaman oryx. Hay alguien que trae a colación los escritos de Julius César, que en “Guerra de las Galias” habla de los uros, a quienes describe como “más pequeños que los elefantes, y de aspecto, color y forma del toro. Tienen gran fuerza y gran velocidad, y no dejan de atacar ni al hombre ni al animal una vez que los ha visto… Su cornamenta es muy diferente de los cuernos de nuestros bueyes… y cuando se consiguen, son usados como vasos de lujo en los grandes festines…”

– Si la Biblia los menciona, podré mencionarlos en mis experimentos con confianza – sonrió Claude.

– No te burles. Dudar de la Biblia, es un delito, así que no juegues con fuego. Pero para tu información, los que no cuestionan nada de lo escrito en ella, creen que el unicornio es un animal real. Se menciona en varios libros: Job 39: 9-12, Salmos 22:21, Isaías 34:7, Números 23:22 y Deuteronomio 33:17. En la Biblia latina, el salmo 92:11 dice: Exaltabis sicut unicornis cornu meum, perfusus sum oleo uberi. Pero en Job 39:9 dice: Numquid volet rinoceros serviré tibi, aut morabitur ad praesepe tuum? Así que puedes ver, que a veces se usa la palabra unicornio y a veces la palabra rinoceronte. Pero no te tomes las cosas a la ligera. Con esos experimentos deben andar con cuidado.

4 respuestas para “Título aún no definido”

  1. Rodrigo Julio

    Grasias por compartir está lectura, necesitamos más de este tipo de artículos para despertar las mentes nubladas de los hijos de dios.

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  2. Kevin Pineda

    Hola. Muy intesante lectura maestro. Como siempre se a manipulado a la muchedumbre y hoy en día todavía se manipulan igual. Sólo consultarle, si es el libro completo o aún falta algo más.

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    • Gustavo Adolfo

      Hola. Eso que leyó, es la primera parte. Casi tiene un 80% de historia y un 20% de invención. La segunda parte es la que estoy trabajando y tendrá un 20% de historia y un 80% de invención. Como he comenzado a dar clases en la Universidad José Cecilio del Valle, tengo ya un mes que no he podido seguir arreglando la segunda parte. Siempre espero poder terminarla este año. Ya le avisaré al tenerla. Gracias por su comentario.

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